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Viernes, 10 de octubre de 2003

INTERNACIONALES

buscando pistas en el norte

Patricia Verdugo es una periodista chilena que investigó, en Washington, en los archivos abiertos de la CIA, hasta qué punto estuvo esa central de inteligencia vinculada con el golpe de septiembre de 1973 en su país. Quiso el destino que el 11 de septiembre de 2001 ella se encontrara trabajando en su libro a unas cuadras de las Torres Gemelas.

Por Mercedes Lopez San Miguel

El 11 de septiembre de 2001 los caminos del destino llevaron a Nueva York a la escritora y periodista chilena Patricia Verdugo. Una fecha con peso dramático para Chile. “Los chilenos nos acostamos sabiendo que al otro día viene el aniversario del golpe”, dice la periodista y recuerda que “cuando ese día me despiertan y segundos antes que viera las imágenes en la pantalla pensé: golpe de Estado de nuevo en Chile. Porque además era un día martes 11 de septiembre”. Continúa describiendo ese momento: “No era Chile, era ahí, a 30 cuadras desde donde yo estaba durmiendo. Fui a la calle a compartir esa historia con los neoyorquinos. Hacia las últimas horas de estar en Nueva York empecé a preguntarles a los norteamericanos si ellos sabían de mi martes 11, que su gobierno había sido el elemento clave para que en mi país se produjera una tragedia”.
Verdugo cuenta que “los más viejos no tenían ni idea que con sus impuestos se habían pagado las operaciones de la CIA para hacer que Chile se desestabilizara, llegara el golpe militar y tuviera las consecuencias dolorosas y sangrientas que tuvo”. Esa elipsis en la memoria, explica Verdugo, fue la disparadora de su libro: Salvador Allende. Cómo la Casa Blanca provocó su muerte (Editorial El Ateneo). Para ese mismo momento estaba en proceso la desclasificación de los documentos de la agencia de inteligencia norteamericana, que había comenzado en el año 1999 cuando el presidente Bill Clinton dijera que los chilenos debían saber qué les había pasado. Son más de 17 mil documentos que permitieron hacer el mapa de ruta del escrito de Verdugo, dejando las pruebas de cómo la Casa Blanca durante la gestión de Richard Nixon y su ladero Henry Kissinger, junto a la CIA, digitaron el golpe a través de más de 50 operaciones encubiertas. “Ambos decidieron que el proyecto de socialismo democrático era peligroso, porque podía contagiarse a América latina y tener eco en Italia y Francia. Por eso quisieron abortarlo”, enfatiza esta mujer de habla pausada.
–¿Estuvo presente en tu libro la reparación de su propia historia personal?
–Primeramente, viví la historia de mi país. Como periodista, activista política y también por el asesinato de mi padre, que fue en julio del 76. Esto me permitió potenciar la comunicación: no hice ningún esfuerzo en ponerme en los zapatos de las víctimas.
–Hay un reclamo de los familiares de las víctimas a la reconciliación nacional que propone el actual presidente Ricardo Lagos. ¿Qué opina?
–Lagos está proponiendo una nueva ley de reparación. La clave en el tema de los derechos humanos es que es necesario justicia, verdad y reparación. Y eso empieza a discutirse en el Congreso, ahora. El problema es que llevamos 13 años de transición y hemos avanzado poco, porque durante los ocho primeros años tuvimos al mismo general, Augusto Pinochet, como jefe de las fuerzas armadas, con la ametralladora encima de la mesa de negociación. Sólo su arresto en Londres (octubre de 1998) lo obliga a salir del escenario político que para obtener su impunidad debe declararse demente y silenciarse. El gobierno del socialista Lagos –un socialismo diferente al de Salvador Allende, ya no hay Guerra Fría, estamos en otro escenario, de economía de mercado– ha mostrado gestos de comunicación.
–¿Cuáles?
–Son cuatro guiños políticos que nos ayudan a eliminar el terror: primero, permitir que la ciudadanía pueda transitar libremente por el medio del palacio presidencial (La Moneda) como era antes; el segundo fue instalar una estatua del presidente Allende frente al Palacio de la Moneda; el tercero, nombrar a una socialista mujer, torturada, hija de un general asesinado por la dictadura como ministra de Defensa (Michelle Bachelet): para que las patriarcales fuerzas armadas la obedezcan. El último gesto lo acaba de tener en septiembre cuando Lagos abrió la puerta en el ala oriental de presidencia, por la que el presidente entraba y salía. Pinochet, cuando reconstruyó el palacio (después de bombardearlo), cerró esa puerta. Durante muchos años nosotros recordamos a Allende y protestamos contra la dictadura poniendo ofrendas florales en esa pared, símbolo de lo que habíamos perdido. Lagos instaló de nuevo una puerta.
–¿Qué pasa con la Constitución, herencia del pinochetismo?
–La Constitución de Pinochet estableció altísimo quórum para hacer los cambios constitucionales, que no lo consiguen la concertación por sí misma con sus votos y hay que lograr que la derecha acepte esos cambios -–durante 13 años no lo ha hecho–. Habría que eliminar a los senadores designados, para que sean elegidos por el pueblo. Pero no conseguimos que la derecha acuerde.
–¿Cómo se vivió este 11 de septiembre los 30 años del golpe?
–Ocurrió un fenómeno diferente. Es que Pinochet está fuera del escenario. El hizo su aparición en su casa, pero no podía hablar. Salvador Allende todos estos años había sido una suerte de afiche inmóvil y silencioso y después del 2000 un monumento frente a La Moneda. Pero para este año, los canales de televisión pusieron a Allende en tres dimensiones, con voz y con discurso. Así era él, así hablaba y se veía. Fue el hombre que buscó la unidad de la izquierda.

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