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Viernes, 24 de enero de 2014

MONDO FISHION

Mucho más que una mala pasada

 Por Victoria Lescano

Por un lado, la zapatilla como hilo conductor entre los 64 looks presentados por Karl Lagerfeld y como complemento de los conjuntos de tailleur remozados, los vestidos y los pantalones de Chanel. Por otro, los experimentos con textiles y calados para trazar la línea A venerada por Dior, ideados por el belga Raf Simona y, por último, una colección de Versace inspirada en los modismos de Grace Jones... Todos ellos se erigieron en los primeros indicadores de estilos pregonados para la colección de alta costura primavera 2014 que transcurrió en París.

Pero la presentación en pasarela de Schiaparelli –la histórica firma con anclaje en el surrealismo cuyo legado y etiqueta fuesen adquiridas hace cinco años por el holding Diego della Valle y que aún no había tenido presentación formal– fue la que disparó más expectativas entre los seguidores de la moda. El diseñador a cargo de semejante desafío (homenajear y adaptar a los usos y costumbres de 2014 las prédicas de moda de la revolucionaria Schiap) se llama Marco Zanini y tuvo un notable desempeño en la firma Rochas. Consultado acerca de sus conocimientos de la firma, advirtió que uno de los libros favoritos de su adolescencia fue Shocking Life, la autobiografía de Elsa Schiaparelli. Y agregó que “Schiaparelli fue punk antes del punk y fue pop antes del pop”.

En la primera fila se pudo ver a Jean Paul Gaultier, a los diseñadores de Valentino, a Carla Bruni y a Inés de la Fressange. La primera pasada estuvo a cargo de la modelo inglesa Stella Tennant, con el pelo pintado de azul y un sombrero que parecía emular el mítico sombrero zapato ideado por Elsa junto a Dalí pero en materiales más dúctiles. Lució además un vestido con azulinos, rico en grafismos pintados a mano. Le siguieron un traje de pantalón y chaqueta negros y de corte masculino contrastado con una camisa blanca rica en frufrús, variaciones sobre largos vestidos strapless en sedas y mangas abuchonadas, ya con lunares en tonos pastel o un simulacro de toga. Schiaparelli, según Zanini, en su acotada colección de veinte prendas, admitió como máximas extravagancias un vestido a rayas multicolores y estilo glam matizado con maxi peluca afro y rojiza, un sombrero pagoda en yute negro, como complemento de pantalón con grafismos de tribu africana. Tal vez el modelo más sorprendente fue el traje de pantalón y blazer celestes con mangas baloon en negro. Del lado de la alta costura más clásica asomó un camisero cuyas estampas de polkda dots en blanco y rosa mutaban en falda exquisita y con plisados y algunos trajes con bordados en color oro. La prensa especializada lo celebró y elogió, pero de mi paneo por el venerado sitio style.com que difunde los desfiles de moda instantánea y las réplicas en las revistas de moda, no por purista ni por resistencia a los nuevos modos, la colección me resultó un híbrido. Ese desfile de nuevas excéntricas con pelos pintados, simulacros de maquillaje kabuki a falsas campesinas y bohemias, sandalias con supuestas reproducciones de insectos presentes en la colección está muy lejos del legado de Schiap y tampoco sorprende como nuevo abordaje de moda. Si nos remitimos a la vida y obra de Elsa Schiaparelli (1890-1973) no se puede omitir que cursó estudios de filosofía y que fue la autora del libro de poemas Arethsa. Su biografía ostenta un anecdotario extravagante: estuvo casada con el conde de Kerlor tan sólo después de conocerlo en una conferencia en Londres, el célebre modisto Paul Poiret le regaló un abrigo largo de terciopelo y a rayas que ella no podía pagar, Man Ray la retrató en una toma que devino una de sus fotografías más difundidas –vestido con túnica de seda plisada plus una capita con plumas y el pelo cortísimo, pues predicó una variante del garçonne–. Sus primeros diseños remiten a la innovación en tricots con lazos, cuya primera usuaria fue Anita Loos, la autora de Los caballeros las prefieren rubias y luego consumieron e intentaron popularizar unos almacenes norteamericanos; tales suéteres devinieron su prenda más democrática y campo para la experimentación, ya que sumaron cierres a la vista y en colores fuertes. Es célebre un modelo en rosa shocking que popularizó (y que tuvo un perfume homónimo y provocador puesto que el frasco tomó como disparador y referencia las curvas de Mae West). En 1935 se refirió a la indumentaria como “ropa de trabajo de calidad”, una categoría estética y ética mientras que en colecciones posteriores homenajeó al “circo” y trazó mariposas para la colección Música. Fueron célebres sus colaboraciones con Dalí: del mítico sombrero zapato del cual ella fue la principal usuaria, las ironías alrededor del tailleur mediante el “traje escritorio”, con profusión de bolsillos y herrajes que simulaban cajoncitos. Su aporte y revolución al apartado accesorios surgió como consecuencia de su repulsión por los clásicos botones, de ahí que Schiap idease parafernalia encantadora para reemplazarlos e innovara en la bijou. Como provocación a las perlas de Chanel propuso collares de plástico que admitieron insectos de colores y los llamó modelo Bug.

Los accesorios que el nuevo diseñador en la casa Schiap aplicó tanto en los brazaletes, las mangas de chaquetas y de vestidos como en las alas de los sombreros tampoco resultaron cautivantes ni innovadores.

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