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Viernes, 14 de febrero de 2014

RESISTENCIAS

El aire de la calle

Son mujeres que decidieron dejar de ser “las de atrás” en las largas colas frente a la cárcel, cargadas de bolsas para hijos o maridos presos, sometidas a requisas humillantes, ninguneadas en juzgados y ministerios por no entender la jerga jurídica. Juntas armaron una asociación y con el apoyo de criminólogas, médicos y sociólogas están presentes en los penales federales e intentan torcerle el brazo a la Justicia clasista y a la indiferencia social.

 Por Noemí Ciollaro

Como primer intento de romper con el sufrimiento y la soledad mandaron una carta a organizaciones y organismos de Derechos Humanos pidiendo apoyo para afrontar situaciones planteadas en los penales federales. Todos respondieron que no era su tema o que sólo se ocupaban de presos políticos, y les sugirieron armar una organización no gubernamental (ONG) que se ocupara de presos comunes.

“Nosotras no sabíamos qué era una ONG, la única que nos contestó fue Claudia Cesaroni, criminóloga del Cepoc (Centro de Estudios de Políticas Criminales y Derechos Humanos) y propuso juntarnos en un bar. Al principio no entendíamos nada, nos pidió que escribiéramos nuestras experiencias y problemas”, relata Andrea, una de las integrantes de la Asociación Civil de Familiares de Detenidos en Cárceles Federales (Acifad).

“Primero armamos un proyecto de política pública, pero nadie nos dio bolilla. Igual no nos rendimos, estamos acostumbradas a luchar contra el ninguneo y el ‘no se puede’, y en este caso teníamos la orientación de Claudia y de todo el Cepoc, que le pidió a Graciela Draguicevich –ex presa política y presidenta de la Mutual Sentimiento– que nos cediera un espacio ahí, y así armamos la Acifad. Desde entonces nos reunimos en el local de la Mutual todos los martes. Lo que hicimos inmediatamente fue dar nuestros propios teléfonos para que los presos y sus familias pudieran contactarse con nosotras”, cuentan.

Andrea visitaba a su hijo de 18 años, detenido por robar cuatro empanadas, y así conoció a un preso con años de encierro que actualmente es su marido: “Y bueno, él con su experiencia me dio una mano cuando mi pibe estaba castigado, y tanta visita..., al final nos casamos en la cárcel y tenemos un hijo de ocho años...”, dice mientras le hacen chistes y le recomiendan que se prepare, porque él está punto de salir en libertad.

Como siempre que hay un puñado de mujeres luchando por una causa común, hay alegría, por difíciles que sean las situaciones que atraviesan. Llevan varios años juntas, comparten risas y lágrimas, nacimientos, casamientos y cumpleaños. Son barulleras, hablan todas juntas, fuman y convidan masitas y gaseosas.

Estela tiene preso a su hijo, igual que Verónica, Mónica y Guillermina. Patricia, Andrea y María de los Angeles, a sus maridos. Y siguen llegando mujeres con niños de todas las edades. Claudia Cesaroni –autora del libro Masacre en el Pabellón 7º, investigación sobre el motín ocurrido en la cárcel de Devoto en 1978, en plena dictadura militar, donde fueron asesinados 65 detenidos– es una más del grupo.

“Claudia nos decía que nosotras podemos y que tenemos derechos, que debíamos dejar de ser ‘las de atrás’, como nos dicen en la cárcel, que la usáramos, y gracias a ella y a invocar su nombre ahora nos abren las puertas en todas las dependencias en las que tenemos que tramitar cuestiones de nuestros familiares, y nos defendemos como gatas panza arriba con los instrumentos que nos da la gente del Cepoc”, comenta Guillermina.

A poco de repartir sus teléfonos en las colas de los penales, empezó el desborde: las mujeres llamaban y encontraban que alguien atendía a cualquier hora. Cuando llegaban al local de Chacarita llorando las tranquilizaban y les compartían su experiencia. “Es que a nosotras nadie nos cree, venís sola y desesperada y alguien te dice ‘a mí me pasó lo mismo’ y te cree y te ayuda a pensar cómo ir resolviendo con todo el apoyo jurídico. Sentís que te cambia la vida. Las primeras reuniones fueron catárticas... contar, llorar, vomitar la angustia que arrastrás hace años”, dice Patricia emocionada.

María de los Angeles lagrimea, es su primera vez y sin dudarlo las chicas la metieron en la reunión. “Así te enterás de todo lo que hacemos”, le dijeron; trae un niño pequeño y su marido está preso; su angustia se mezcla con la sorpresa, los mates, los chistes y las preguntas de la cronista.

La larga marcha

Contradiciendo aquello de que “entran por una puerta y salen por la otra”, en la mayoría de los casos estas mujeres tienen hace años a sus familiares presos.

“El primer momento horrible –opina Andrea– es cuando te enterás de que cayó preso. Cambia todo, la estructura familiar, qué les decís a los chicos, en tu trabajo, cómo te enfrentás con la cárcel si es la primera vez, cómo cruzás esa puerta, qué ropa te ponés, cómo lo vas a encontrar, aunque eso si sos novata no lo pensás porque suponés que es un lugar del que no lo dejan salir y nada más, pero después te enterás de que les pegan, que no tienen para comer... La primera vez vas dormida, ¿viste? Y empezás a perseguir al abogado y te pide mucha plata y promete que mañana te lo saca, o pensás que el defensor oficial te miente porque te trata mal y te dice: ‘Bueno, señora, ¡espere!’, o te habla con palabras que no entendés, porque vos estabas acostumbrada a mirar el boletín de tu hijo y la lista de los mandados. Después viene el momento en que lo liberan o queda condenado, y vos ya te adaptaste a vivir sola, trabajás, te organizaste y a ellos los trasladan a penales lejos de Capital; los condenados van a Chaco, a Rawson o a Neuquén, y vos quedás acá, sin plata para esos viajes donde ni tenés dónde hospedarte, no sabés a quién dejarles los chicos. La mayoría somos pobres y a gatas si alguna vez fuimos a Mar del Plata, ¿entendés?”

Claudia Cesaroni opina que las dificultades de las familias de detenidos “en el fondo son un problema de clase: ese desconocimiento, el no entender, también tiene que ver con que la Justicia es clasista y la mayoría de los familiares no tiene dinero para afrontar estas cuestiones. Las cosas básicas las tienen que proveer ellas: ropa, zapatillas, sábanas, comida, es un gasto enorme y hay que llevarlas semanalmente, o mandarlas por encomienda, que es costoso, más la tarjeta telefónica, que si están lejos es la única manera de mantener el vínculo”.

¡Hay un señor en mi casa!

Las chicas dicen que la Acifad es un matriarcado y aplauden cuando llegan Mauricio, de Médicos del Mundo, y Pablo, abogado, colaboradores de la asociación.

El tema es que así van pasando los años, las rutinas, los sobresaltos vinculados con las causas penales y los que tienen que ver con momentos difíciles que pasan los detenidos en las cárceles. Contrariamente a lo que se puede pensar, el momento de salir en libertad es un trance muy complejo tanto para la familia como para quien estuvo preso. Las mujeres hablan de esas circunstancias y mezclan risas con lágrimas, ironías con temores.

“Y cuando ellos están lejos, vos ya te acostumbraste; los chicos están ordenados; trabajás, te hiciste independiente, ¡y tu familiar vuelve! Después de diez años... por ejemplo, y vos decís: ‘¿Qué hago con este señor en mi casa?’... Y está difícil la cosa, la nena cuando él cayó tenía 5 años y ahora tiene 15 y quiere ir a bailar, y el que volvió es tu marido, y el tipo quiere ocupar el rol de padre y vos le decís: ‘Pero si yo fui padre y madre hasta ahora, vos no te metas, che...’, pero por otro lado le reprochás que no se ocupa de sus hijos. Se hace todo muy difícil, en el caso de los hijos también”, explican Patricia y Andrea.

O el caso de Luce, una de las madres que se suma a la charla. Su hijo salió una noche y le dejó una notita que decía: “Mamá, en un rato vuelvo”, tenía 18 años y cayó preso, salió y tiene 32. “Es muy difícil el encuentro, a veces es casi un extraño, la única seguridad que tenés es que es tu hijo”, afirma.

“Aun habiendo mantenido un contacto permanente –explica Guillermina–, porque ellos con los años de encierro se convierten en otra persona, tienen otras emociones, pierden un montón de sensibilidad para poder sobrevivir, se acostumbran a esa cosa fría, a la represión, a estar a la defensiva siempre, desconfían de todo, ni siquiera confían en la propia familia.”

En este punto Cesaroni afirma que “es el tema de la pérdida de autonomía, no hay nada que ellos puedan hacer por propia voluntad, están todo el tiempo en un lugar donde la puerta se abre o se cierra más allá de que ellos quieran, todo lo manejan otros, no hay nada que ellos puedan decidir, entonces son adultos que fueron infantilizados. Y eso, a su vez, los enoja”.

La sociedad y madres, hijos o esposas les exigen otro comportamiento, muchas dicen: “Bueno, ya está, ya estuvo preso ahí y ya aprendió la lección”, y se sienten incapaces de compatibilizar sus emociones con esa persona que afuera parece un desconocido.

“Ellos tienen que aprender todo de nuevo, que hay tarjeta SUBE, Internet, no tienen noción del dinero, ni que con las mujeres se habla de otra manera que con los varones, no tienen idea de cómo está la vida en la calle, los amigos que tenían ya no están, o ya no existe la casa que tenían cuando cayeron. Y nadie acompaña estos procesos. Cómo se puede pensar que una persona encerrada 15 o 20 años regresa y se va a comportar como si hubiera estado en libertad. Sobre todo los jóvenes, porque entre los 18 y los 30 un chico estudió, probó trabajos, se recibió o no, tuvo novias, pero si cayó muy pibe y empieza a vivir todo eso después de los 30, está desfasado, y de eso no se da cuenta nadie. Entonces se habla de la puerta giratoria, los patronatos, las transitorias, los jueces, y nadie contempla que estos procesos tienen que ser acompañados, porque el encierro en sí mismo es lo que daña”, aseguran.

Tanto Andrea como Verónica, con marido e hijo presos, coinciden en que la desorientación al salir del encierro es tal que muchos vuelven a delinquir no por necesidad sino porque la cárcel es el único lugar donde inconscientemente se sienten identificados, contenidos, y la vida, aunque terrible, es previsible.

“A mi marido le falta poquito para salir y me dice: ‘Vos entendés que yo estoy complicado, yo esta vez estoy dejando mi nombre, dejo todo acá’. Está hace 15 años, tiene 52, está claro que no va a volver, incluso lo asusta la posibilidad de saber que no puede volver”, explica Andrea.

Controladoras y diosas

¿Y ustedes tienen algún tipo de ayuda para afrontar todo esto una vez que ellos quedan en libertad. ¿Qué sienten, qué les pasa?

–Y... lo que tenemos es la experiencia de la otra, lo que nos vamos transmitiendo entre nosotras. Porque es eso de “¡Ay! Ya sale, ya viene...”, una novela rosa, y les tenés que decir: “Aguantá que no va a ser tan fácil...”.

Pero a ustedes, después de años de ir a verlos a la cárcel, de sostener la mayoría de las cosas, ¿qué les pasa cuando ellos salen?

–Y la verdad es que también nosotras tenemos ciertas características –dicen mirándose entre cómplices y avergonzadas–, somos muy controladoras, muy madrazas, lo podemos todo. Porque para el que está preso somos las diosas. Sí, somos el aire de la calle... Y salen y acá afuera tenés competencia, hay otra más flaca, más linda, más joven, y hay que entender, ceder espacio. De golpe él te empieza a opinar sobre cómo criar a los chicos y adónde hay que poner el florero, o te pregunta adónde vas cuando vos te moviste diez años sola. No, no es fácil, para nosotras tampoco es fácil. La convivencia es muy difícil.

“Yo en su momento lo aguanté tres meses y lo eché, es mi hijo, pero estar juntos era insoportable”, cuenta Mónica.

“Con el marido pasa que tratamos de conversar para que se integre y él de pronto te dice: ‘Sí, todo este planteo será así, pero sabés qué, ¡me hinchaste las pelotas!, me voy a la esquina y chau’, y vos te quedás con culpa y con miedo de que le pase algo, porque que ande por ahí te da miedo, pero bueno, la decisión al final es del otro, si puede, puede y si no...”, asegura Andrea.

Al respecto Cesaroni afirma que “cuando el detenido sale en libertad no tiene ningún acompañamiento psicológico, todo es pura experiencia. Y hay un problema: los psicólogos que trabajan en la cárcel son los mismos que después le firman al preso un informe positivo o negativo, no hay posibilidad de que haya confianza ni de establecer un vínculo paciente-terapeuta como cuando uno va a un consultorio privado y habla con su analista y le puede decir las cosas más horribles. Podés decirle ‘quiero matar a mi mujer’, ¿pero alguien le diría eso al psicólogo de la cárcel? Y afuera nadie les da apoyo, ni al que sale ni a su familia, no hay nada previsto, y en eso estamos trabajando nosotras”.

¿Hay familiares de mujeres presas en la Asociación?

–En algún momento hubo, pero los familiares de las mujeres van mucho menos a visitarlas. Las madres de las detenidas se quedan a cuidar y mantener a los nietos; los maridos desaparecen. El ser familiar de presos es un colectivo absolutamente feminizado; las filas de visita en las cárceles de mujeres y de varones son de mujeres. Quizás una de las cosas que logramos acá es que una va a Marcos Paz, otra a Devoto, otra a Ezeiza y eso nos da un pantallazo de lo que pasa en todos lados. Con todo eso vamos a los jueces de ejecución que ya nos conocen porque les damos información importante, y la Acidaf está siendo tomada en cuenta. Pasa mismo con la Procuvin, con la Procuración Penitenciaria, con las defensorías, vamos teniendo una escucha más respetuosa que antes no existía y que se logró a través de la insistencia, la presencia y proveyendo información que a ellos les resulta útil.

Acifad Tel. 2010 9228; 011 15 5620 0703; 011 15 6946 0928. Reuniones: martes 15.00 hs., en Federico Lacroze 4181. CABA.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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