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Viernes, 28 de noviembre de 2003

DEBATES

En busca del camino perdido

Enmascarado por sus editores locales tras un título que suena a autoayuda para solos y solas –”Hombres/mujeres, cómo salir del camino equivocado”–, el nuevo libro de Elizabeth Badinter critica el feminismo francés por no haber logrado más que una victimización plana y “una vuelta a casa” de las mujeres después de haber luchado penosamente por el espacio público. Aunque cuestionable desde muchos aspectos –el más obvio: estar fuera de contexto en un país donde se habla de posfeminismo antes de la primera etapa–, la publicación es una oportunidad para el debate.

Por Maria Moreno

La palabra “hombres” al lado de la palabra “mujeres” atrae a todo público. Si va seguida de la frase “cómo salir del camino equivocado”, siembra la misma lucecita de esperanza con que creyente, o no, se busca cada mañana en el diario el horóscopo del día. Pero –Hombres/Mujeres, cómo salir del camino equivocado de Elizabeth Badinter, editado por Fondo de Cultura Económica, es en realidad un libro crítico del feminismo francés mientras se diría, y esto es un lugar común, opone el feminismo a las mujeres. Lo primero que sorprende es que Badinter se ocupe de una polémica que tiene veinte años y la remoce para hostigar al feminismo francés acusándolo de que, bajo la tardía importación del feminismo angloamericano, ha favorecido una enorme regresión política. Badinter, que ya había alimentado a las furias femeninas cuando se opuso al cupo en las bancas francesas, retoma un debate ocurrido en Barnard College en 1982 y donde se encendiera la mecha para que dos brillantes feministas, las profesionales Catharine Mackinnon y Andrea Dworkin, iniciaran una carrera donde, partiendo de una crítica a la pornografía, se terminaba homologándola a la violencia efectiva contra las mujeres. Según ellas, que llegaron a proponer una ley antipornográfica, la pornografía era un material de análisis fundamental a la hora de presentar una teoría sexual de la desigualdad genérica. Al despersonalizar a través de sus representaciones obscenas las relaciones personales, éstas nada tienen que ver con el sexo sino con la violencia ejercida contra las mujeres, y se le atribuye el poder de incitar a la violencia efectiva. Las tesis del dúo terminaban retomando el abandonado esencialismo, instalando sólo un plus sobre las diferencias biológicas para adjudicar violencia a los hombres y a las mujeres, una inocencia que sólo podía convertirlas en víctimas. Esa tajante diferenciación entre los sexos, y esta confusión entre representaciones y acciones precisas, entre fantasía y violencia real, fueron discutidas en su momento por notorias figuras del feminismo mientras que las luego llamadas feministas antiporno eran apoyadas por las huestes de Ronald Reagan. Badinter, amén de usar esa bibliografía vencida cuyos efectos en Francia se abstiene de detallar, sostiene la capciosa idea de que el feminismo de la diferencia –ese que a través de figuras como Luce Irigaray o Antoinette Fouque abrevó en una relectura del psicoanálisis para redefinir la posición de las mujeres en el contrato simbólico al mismo tiempo que cuestionaba el valor que la femineidad tenía en las teorías dominantes– habría contribuido a que las mujeres emprendieran, luego de la penosa conquista del espacio público, la vuelta a casa. Badinter se ensaña con la especie de juridicofilia que atacó a las norteamericanas que llegaron a llevar a los tribunales la acusación de que un varón de cinco había besado a una de seis sin su consentimiento. Utiliza además un capítulo entero, haciendo gala de lo que podría llamarse un relativismo acusador, para denunciar la violencia de las mujeres a fin de desangelizarlas: Fueron el 10 por ciento de los efectivos de los SS; de 120.000 acusados de genocidio en Ruanda, 3564 eran mujeres. Si bien las cifras se dan en nombre de la buena fe, huelen a teoría de los dos demonios sólo que los dos demonios parecerían ser las feministas y los hombres con poder. Sin embargo el libro de Badinter podría ser ocasión para pensar hacia dónde va el feminismo en la Argentina, cómo reformular eso que parece sintetizarse en un “ya fue”.
Badinter, aunque no aclara cómo el feminismo de la diferencia con su edificación de la potencialidad maternal y de la soberanía femenina ha podido incidir directamente en las políticas de Estado, califica de “regresión” al salario maternal adjetivado como “asignación parental por escolaridad” por reducir a media jornada el trabajo fuera de casa, naturalizar que el cuidado de los niños correspondería a las mujeres, condenándolas a los trabajos menos calificados y a permanecer en la esfera doméstica en “la casa del padre”. Este conflicto en un país donde las jefas de hogar han aumentado de manera alarmante equivale a reemplazar un tratamiento de diálisis por un diamante. Aunque los sucesos de 2001 hayan sacado a la esfera pública gran número de polleras combativas e incansables.
–Y si este crecimiento es notable también significa un marcador de la crisis argentina –dice Ana Amado, profesora de Cine en la UBA y codirectora de la colección Género de Paidós–. Nunca la Argentina vivió una realidad como la que se reveló a través de esas cifras que la igualan con Ecuador, Colombia y Venezuela.
Y esas mujeres para las que Badinter reclama guarderías no son las que volvieron a casa con media jornada para cuidar a sus hijos luego de unos triunfantes años sesenta que les dieron el derecho a la anticoncepción y al aborto sino que nunca ingresaron al espacio laboral más que como mucamas.
“En los ochenta la salida de las mujeres al espacio público que se produce no casualmente en momentos de retracción de las políticas del Estado –dice Josefina Fernández, del grupo feminista Ají de pollo– produjo entre las feministas dos posiciones que podrían dividirse entre un fatalismo escéptico y un optimismo gradualista. Estaban quienes pensaban que esa salida al espacio –en realidad era más comunitario que político– iba a permitir gradualmente impugnar el principio masculino de ordenamiento del mundo. Las escépticas y fatalistas, en cambio, consideraban que lejos de ser una punta de lanza para la politización eso era el reforzamiento del principio masculino por el hecho de que ellas estuvieran ocupando espacios comunitarios pero reproduciendo la división sexual del trabajo. Entonces no se trataba de ninguna instancia emancipatoria. Porque muchas de estas mujeres organizaban ollas populares, comedores o sistemas de salud comunitarios”.
–De alimentar a los hijos a organizar un comedor, el paso es significativo.
–Hay una activista peruana que define esa salida como sólo útil para convertir esos ámbitos comunitarios en escuelas donde las mujeres aprenden a hablar. A mí ésta me parece una apreciación no sólo dura sino equivocada porque, aun cuando sirva sólo para aprender a hablar no es poca cosa. Es cierto que no siempre la salida conduce a la toma de conciencia de la subordinación de género, pero eso está sujeto a cosas que tienen que ver con la subjetividad, con la experiencia de vida y con coyunturas políticas concretas. O sea que intervienen una serie de variables que habría que tomarse el trabajo de ver una por una para ver qué peso relativo tienen en el conjunto. Una compañera activista muy capaz trabajaba con mujeres de un asentamiento en Quilmes que al principio se autodenominaban “Asociación Madres del Barrio Tal” y, luego de un trabajo colectivo muy interesante y detallista, el grupo decide llamarse “Club de Mujeres del Barrio Tal”. Y la justificación que hacen es que la idea de club era mucho más divertida que la idea de Asociación de Madres, lo cual fue un salto cualitativo: agregarle al nombre del grupo una connotación que tenía que ver con algo que no estaba previsto y era esa idea de que trabajar en comunidad era además “divertido”.
–Usted diferencia las prácticas feministas del principio de la dictadura como diferentes en el ámbito porteño y el de más allá de la Capital.
–En los ochenta en la provincia de Buenos Aires hubo una buena cantidad de feministas que nos insertamos en el movimiento social de mujeres en trabajos comunitarios. Yo viví durante toda esa época en Quilmes, en la zona sur. Allí armamos una organización que se llamaba Casa de la Mujer María Luisa Martínez, que era el nombre de una desaparecida de la zona y que trabajó muy vinculada con las villas. En Rosario había organizaciones mixtas que trabajaban insertas en el movimiento popular de mujeres. Pero mientras las organizaciones porteñas tenían cierta visibilidad en los medios, la nuestra no. La única visibilidad que tuvo impacto en esa época fue una convocatoria que hubo para sacar a un violador de un barrio. Hicimos una caminata desde el centro de Quilmes, 200 personas, hombres y mujeres, jóvenes y viejos y el tipo se tuvo que ir del barrio.
–Un escrache precursor.
–Ahí se veía que esa salida de las mujeres al espacio público era una instancia de politización mucho más grande aun cuando fuera cierto, como es cierto ahora, que esta salida se produce en espacios que no están jerarquizados, ligados a la nutrición, salud, cuidados. Lo que yo llamo posición escéptica me parece fundamentalmente porteña.
–También el feminismo tardó en insertarse en la temática de derechos humanos. María Helena Odone, a comienzos de la democracia, elaboró un documento donde prácticamente separaba a las Madres de Plaza de Mayo del movimiento feminista.
–Pero hubo muchas críticas en el interior del movimiento mientras creo que el feminismo sigue sin ver qué significa la salida de las mujeres al espacio público. La Ley de Cupos, por ejemplo, dividió aguas hasta que se sancionó la ley. A mí me gusta mucho algo que dice Celia Amorós y es que el hecho de que haya mujeres en las áreas de poder, si bien no garantiza que esto favorezca a las mujeres en general, aunque sea en el orden simbólico permite consolidar de alguna manera que existe la posibilidad de que ellas estén en esos espacios.

Hombres como mujeres
En la era de la globalización, pensar en términos como primero y tercer mundo puede resultar tan simplista como las antipornógrafas norteamericanas que oponen hombre violento a mujer pasiva y homologan heterosexualidad a violación. La socióloga Silvia Chejter intenta desplazar la lógica binaria que sitúa la existencia de rostros femeninos entre los que hoy encarnan la lucha popular visible en el paisaje de la comuna porteña y que podría incluir tanto a (la travesti) Lohana Berkins sentada en un banco de la escuela normal, como a Celia González (obrera de Brukman) encontrando nuevos frentes luego de que se parara junto a sus compañeras frente a las topadoras de la Villa 21 en tiempos del erradicador Cacciatore.
–Las mujeres que estaban en el mercado de trabajo en puestos formales disminuyeron y aumentó la cantidad en lo que se llama sector informal de la economía, pero no sólo en los países latinoamericanos. Yo creo que esta etapa de intensificación del capitalismo global ha generado en todo el mundo una restructuración en la dinámica público/privado. Y cuando decimos dinámica público/privado no pensamos sólo en la familia y tampoco porque cambiaron las relaciones de poder entre varones y mujeres. De hecho las mujeres en los últimos cuarenta años han ganado en autonomía y si están peor en términos generales es porque se han empobrecido muchos sectores de la sociedad. O sea, se ha deteriorado la vida de todo el mundo. Acá todavía la desocupación masculina se incrementa menos que la femenina. Si ves la tasa de desocupación, las mujeres tienen trabajos más precarios, peor pagos, etc. Pero acabo de leer un estudio que habla de una masculinización de la fuerza de trabajo, sobre todo en México. Uno de los fenómenos novedosos de los cambios estructurales es la introducción de la maquila, una nueva unidad productiva donde la mayoría de las trabajadoras son mujeres jóvenes sin calificación, campesinas. Del ochenta hasta ahora el crecimiento ha sido en mujeres y en los últimos tres o cuatro años empezaron a incorporar hombres, pero hombres igual que mujeres, campesinos, incalificados. Es decir que ya hay una marca del género en estos cambios del mercado de trabajo. Entonces hoy hablar de las relaciones de género exige un proceso complejo. Los hombres están teniendo en la economía lugares clásicamente descriptos para las mujeres.
–En los sectores intelectuales, y no solamente, apareció una suerte de nuevo romanticismo que se fascina con la aparición de las mujeres luchando en los piquetes, en las fábricas tomadas, en las ollas populares. En lugar de pensar en un avance político, ¿no ocupa eso el lugar de la política? Ellas hacen las tareas más duras, más prácticas, pero siguen sin estar en lugares de decisión.
–En este proceso que señalaste se han generado cosas nuevas. El hecho de que las mujeres salgan al espacio público aun cuando sostengan actividades propias del género crea solidaridad, organización, etc. Hay que analizar esos nuevos procesos y ver qué pasa. Yo creo que tienen un techo. Y el techo va más allá de la voluntad de todos los deseos. Es una crisis real que se está viviendo a nivel mundial por las características que va asumiendo el proceso económico capitalista. Hay que tener en cuenta las macroestructuras. Pero en esas macroestructuras las mujeres tienen roles muy nuevos y todo el mundo lo señala. Incluso las características del movimiento migratorio hoy en día son diferentes. Hoy migran primero las mujeres.
–A comienzos de siglo era clásica la llegada del hombre que, cuando se asentaba, mandaba el pasaje.
–Ahora viajan ellas. Pero ¿dónde van? A cuidar ancianos, a trabajar en el servicio doméstico. Pero esperate diez años y los tipos van a estar cuidando niños. El yerno de una amiga que se fue a EE.UU. está cuidando viejos en EE.UU. y es un varón psicoanalista. La desocupación es también un gran tema en los EE.UU. La incorporación de tecnologías que restan valor al trabajo humano es un tema mundial.

La victima vende
De su crítica tramposa al feminismo antiporno y con la víctima como santo grial, Badinter extrajo un cuestionario que podía servir para detectar en qué medida se vive con un ser potencialmente violento y por eso potencialmente convicto. Incluía preguntas como éstas: “¿Le ha impedido encontrarse o hablar con amigos o miembros de su familia? ¿Ha hecho comentarios desagradables sobre su apariencia física? ¿Ha dejado de hablarle, se ha negado a toda discusión? ¿Le ha impuesto maneras de vestirse, peinarse o comportarse en público?”. ¿Qué amante beatífico, algo pasional y celoso, podría pasar esta ingenua prueba? La mala fe de Badinter la induce a magnificar los efectos del feminismo antiporno, pero sólo tiene en cuenta a uno de sus dos polos y no a sus críticos, no reconstruye relatos de resistencia, hace guiños a los hombres sugiriendo que los besos robados de las películas de François Truffau podrían tener sentencia aunque carece del humor suficiente como para imaginar la entrada de Romeo por la ventana de Julieta como merecedora de un escrache organizado por las mujeres de Ravena. Pero en la Argentina, aun en los medios más progresistas, la víctima vende más y no necesariamente por un correlato entre prensa y justicia. “El infortunio es el equivalente de una elección, ennoblece a quien lo sufre y reivindicarlo es cortar con la humanidad ordinaria, convertir su superación en gloria (...) Sufro, luego valgo”, cita Badinter de un texto de Pascal Bruckner. Y luego concluye que no sólo porque la víctima siempre tiene razón sino también por una conmiseración simétrica al odio sin piedad que una dispensa a su verdugo.
–Creo que aquí el feminismo sigue atrapado en ese discurso victimista –dice Fernández–. Se consiguió la Ley de Cupo, se sancionaron leyes de igualdad de oportunidades en el mercado laboral y el movimiento prácticamente ya no existe. Queda el tema aborto y una vez que lo concedan –y no creo honestamente que sea por la lucha feminista sino debido en gran parte a políticas demográficas de los centros de poder–, ¿qué quedará? Porque todo el trabajo que está concentrado en el derecho al aborto es ya motivo de discusión en el Banco Mundial, en los organismos de Cooperación Bilateral para América latina. Este tema que tomó fuerza todos estos años podría atravesarse o insertarse más allá de la salud reproductiva. Por ejemplo en el plano de la sexualidad y de las identidades sexuales. Porque en el plano de la política pública lo que interviene son las estadísticas, el perfil socioeconómico de las mujeres que abortan. En cuanto al espacio del derecho, ya en EE.UU. durante los setenta había evidencias de que ese debate tenía que incorporar, por ejemplo, el tema de las identidades. Mientras las negras no se unían a la lucha de las feministas blancas progresistas, las blancas decían que era porque todavía no les había llegado la conciencia de género. Angela Davis, activista negra, contaba hace poco: “En realidad no nos sentimos convocadas porque nosotras veníamos de una historia de prácticas eugenésicas impulsadas por el gobierno estadounidense, de prácticas aborto autoprovocado resultado de una violación”.

Que queda, que falta

La metáfora del camino siempre ha sido fecunda, en principio para Caperucita. Luego para el Dr. Freud que imaginó para el Edipo femenino un camino retorcido, intrincado a fin de que la heterosexualización obligatoria dirigiera sus pasos al padre. El feminismo, a pesar de sus prejuicios hacia la publicidad, levantó aquello de “Has recorrido un largo camino, muchacha”. Y hoy podría decirse que en todo camino cortado por un piquete y donde seguramente hay una olla popular hay mujeres que, como hemos visto, invitan a las activistas de los feminismos a romper sus libros. Si bien Elisabeth Badinter no levanta la crítica más radical del Bernard Collage, lo que ahí cayó como una bomba fue el anuncio hecho por Gail Rubin de que el feminismo no había sido capaz de construir una teoría radical del sexo.
–El debate comenzado en Barnard College –según Josefina Fernández–puso en claro que el feminismo no tiene una teoría radical sobre la sexualidad femenina, pero abrió la puerta para todo lo que después fueron los estudios gays-lésbicos y finalmente los estudios queer. Para el feminismo lo que tiene que ver con sexualidad siempre estuvo como arrastrado y perdido dentro del tema de la subordinación de género. El aporte de los estudios queer es que separan género de sexualidad y le atribuyen a la sexualidad todo un sistema de jerarquización que el feminismo no había advertido. Propuso trabajar el tema sexualidad en forma autónoma del tema género y eso para mí fue la punta de lanza para los estudios gay-lésbicos que no casualmente aparecen en la época del sida en los países centrales. En esa alianza ente varones gays y mujeres lésbicas que después terminan constituyendo los estudios queer, el eje es la heterosexualización y la sexualidad por sobre el género. Aquí los activistas de los Estudios Queer establecen alianzas estratégicas con sectores de clase, desocupados e identidades diversas. Por eso tiene un valor potencial que para mí no tiene otro movimiento. Es una política de articulación y otra forma de hacer política.
¿Qué queda? Leyes sobre violencia doméstica, la reforma del Código Penal que ha reemplazado por términos más acertados los ataques a la honestidad aunque al introducir la noción de avenencia convirtió –según Silvia Chejter– la violación en un conflicto. Ley de Salud Reproductiva, Visibilidad lésbica, Unión Civil, cientos de organizaciones de mujeres y un camino que, lejos de ser equivocado o constituir una encrucijada, aún hay que abrir.

Misoginia e importacion

El atraso del libro de Badinter no deja de ser sospechoso. Hablar de él como si no se hubiera hablado antes, no es novedoso. Entre La tercera mujer de Giles Lipovetsky y La dominación masculina de Pierre Bourdieu han existido innumerables y polémicas producciones teóricas de los feminismos cuyos debates incluían desde intereses nacionales hasta políticas universitarias, pasando por herencias de la discusión entre psicoanálisis y marxismo que refutaron de maneras convincentes las hipótesis del llamado feminismo antiporno y antihombre. Sólo que esos trabajos no figuraban ni en los pies de página de los textos de los maestros revelados en su condición de pertenecientes al megasexo ni en los de Badinter. Claro que si utilizamos por unas líneas ese relativimo acusador que usa Badinter para enumerar las violencias femeninas, podemos decir que esa idea de haberse autoengendrado como autor al igual que un paramecio también existe en el feminismo local.
–En este país no hay memoria ni historia. Se está atento a lo último de la teoría, pero sin tener la mínima idea del trayecto histórico de lo propio –dice Ana Amado–. Ni entre las feministas existe lo que se llama genealogías. Entonces todos aparecen como pensamientos inaugurales.
La contracara de la desmemoria de las feministas respecto de sus precursoras –y en esto habría que excluir por lo menos los rescates de Mabel Bellucci– y de los autores del primer mundo que intentan oponer feminismo a mujeres es el desinterés de los lectores varones por aquellos textos que incluyen la cuestión de género. Amado dice que en la colección que codirige en Paidós vale la pena rescatar la trilogía sobre El genio femenino de Julia Kristeva que incluye tres tomos dedicados a Hanna Arendt, Melanie Klein y Colette. Y el interés se concentra en el de Hanna Arendt. ¿Reticencia de machos vernáculos aferrados como náufragos a los troncos sustanciales de los grandes relatos, a las tablas de la ley textuales de padres como Borges o Perón?
–Nada que ver. Eso es común en el campo del conocimiento, donde los temas legítimos pasan por un carril donde nunca entró el género. Sin embargo en EE.UU. puede que alguien como Adam Philips le reclame a Judith Butler la precisión en el uso de un término.
–Pero no deja de ser un reajuste escolástico.
–Pero es algo. Durante la presentación del libro sobre Hanna Arendt, Nicolás Casullo sólo en la penúltima línea de una exposición de veinte minutos mencionó la cuestión femenina. (Nicolás Casullo es su marido.)
Será por eso que Hombres y mujeres... que originariamente se llamaba algo así como Ruta falsa debe ponerle un cebo al varón con el subtítulo Cómo salir del camino equivocado, cambiando la idea de ruta falsa por la idea falsa –pero vendible– de que se trata de un libro de autoayuda para solos y solas.
Atenuantes: es cierto que Badinter no se equivoca cuando advierte que tras la reivindicación de un derecho a la diferencia se perfila la de una diferencia de derechos. Tampoco cuando vuelve al antiguo reclamo de equidad bajo un modelo de las luces que quizás sea necesario no perder del todo de vista. Y recuerda esa reivindicación antigua ya que al parecer sigue sin generar un armisticio: la igualdad en las tareas domésticas y el cuidado de los niños.
–Las cosas que tuvo que hacer el gobierno de Suecia para conseguir que los varones optaran por quedarse en la casa para cuidar a sus hijos –se ríe Josefina Fernández–. Primero se planteó la licencia tanto para varones como para mujeres y el tiempo fueron seis meses. Después se aceleraron los procesos de promoción laboral para los varones que se quedaran en la casa. No obstante, siguieron las mujeres mayoritariamente ocupándose de eso. En este sentido las que yo llamo feministas “escépticas” dicen algo interesante y es que el trabajo más importante tiene que estar dado en el orden de la cultura y no sólo a través de las leyes.
Así estamos. Mientras algunas mujeres sufren el efecto de la desigualdad en el cuidado de los niños, otras están dispuestas o bien tienen el privilegio de no querer un partenaire para discutir temas tan pedestres como quién va a la reunión de padres o prepara la mochila: Badinter no deja de ser sensata –no habría que atribuirle adjetivos mayores– cuando lanza su advertencia ética a las mujeres que hoy podrían hacer despótico su dominio en la reproducción, al poder recurrir a un frasquito y no a un patriarca. Aunque su potente libro ¿Existe el amor maternal? que atravesaba el sesgo de la historia sobre la palabra instinto no parecía dar cuenta del concepto de inconsciente –y fue refutada por Françoise Dolto, quien criticó los peligros de una interpretación literal que amenazara la causa de los niños–, en Hombres y mujeres, Elisabeth Badinter reivindica la ambigüedad del amor, su difícil reducción a un domesticado pacto de dos y explica sin dejar ninguna duda que no está hablando de violadores y violadas: Pero la atmósfera del texto no se priva de repetir la frase de póster “hay que luchar por la igualdad con los hombres, pero no contra ellos”.
La Argentina es un país con varias singularidades en cruces de género, pero que lo sacude y lo interroga: Las Madres de Plaza de Mayo, La rama femenina y la enorme cantidad de psicólogas y psicoanalistas; mujeres de clase media que se insertaron en el campo laboral para buscar en la subjetividad femenina y curar sus padecimientos, pero bajo la forma de una por una. No hubo excesos feministas ni ninguna mujer logró ganar un juicio por el discurso procaz vertido desde una obra en construcción o en el colchón de una cama trotadora. Hay victimismo, pero sobre todo hay víctimas y, como bien señala Badinter, los hombres lastimados por los avances de las mujeres en el campo social no largan ni así ni un centímetro de sus espacios. El peligro –más bien el peligrito– es que Chiche Gelblung u Oscar González Oro agarren este libro para demostrar que lo que nunca vino del todo ya fue.

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