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Viernes, 1 de agosto de 2014

ARTE

Tu cara me suena

Una de las ciudades más grandes del mundo intervenida por fotografías a gran escala. De qué se trata Giganto: el proyecto enorme de la artista Raquel Brust que trasciende fronteras e identidades.

 Por Cristina Civale

En las periferias del icónico festival madrileño de fotografía que se hace cada año en Madrid, PhotoEspaña (PHE), nos encontramos en una de las salas de la Casa de América con un registro de video de la obra de la brasileña Raquel Brust, Giganto.

Giganto tuvo lugar el año pasado en San Pablo y se trató de la instalación de veinte fotografías de siete metros instaladas en las columnas de una autopista que parte la ciudad en dos: ricos y pobres, los que comen y los que apenas, los que suben a la autopista en coche y los que la asaltan caminando. Raquel Brust quiso instalar los rostros de uno y otro lado de ese mastodonte de cemento, también un monumento a la atrocidad del planeamiento urbano paulista hecho para coches y no para personas, en el corazón de ese espacio, con rostros que no diferenciarían su procedencia, rompiendo las barreras de los barrios diferenciados y de los anclajes económicos y sobre todo rompiendo las paredes de la galería y del museo, espacios por los que se transita poco y mucho menos lo que ella llama “pueblo”. De ese estallido surgió esta obra que puede apreciarse en su registro más exacto en el marco de la sección off del festival madrileño que tiene lugar por estos días en Madrid y que, como obra palpitante, tuvo su apogeo el año pasado cuando PHE abrió una sucursal en San Pablo. Como dice Brust, estas obras aún permanecen no sólo en la memoria de los paulistas, muchas esquivaron por olvido o desidia de las autoridades ser arrancadas en el momento en que se había pautado. Así Giganto es aún un proyecto vivo en la ciudad más tumultuosa de Brasil. Brust está dispuesta a exportar esta idea a otras ciudades del mundo. De esto y de muchas más cosas conversó con Las 12.

¿Cuáles fueron los proyectos previos a Giganto que te llevaron a hacer esta gran muestra en la calle?

–Giganto es un proyecto que empezó en 2008 y en cada exposición hay un tema diferente. Siempre estuve muy atenta al movimiento de street art. Mi primera exposición individual se llamo Olho do muro y fue sobre la mirada de estos personajes pintados en las paredes. Tenía ganas de hacer algo en la calle pues veía las intervenciones ganando fuerza, cambiando el paisaje urbano y afectando lo público y su relación con la ciudad. Me parecía una solución muy democrática para una exposición.

¿Cuándo empezaste a sentir, a partir de qué muestra o hecho concreto, que la galería te quedaba chica para mostrar tus fotografías?

–Galerías y museos son lugares para personas que ya están en contacto con el mundo del arte. Sentía que en mi ciudad, San Pablo, había mucha gente que no tenía acceso a la cultura y tenía ganas de hacer algo que fuera más democrático y que involucrase a personas de todos los tipos. Además, aun aquellos que tienen más contacto con la cultura, a veces no tienen tiempo de buscar esas instituciones donde se exhiben las obras porque están demasiado ocupados con su trabajo. Así pensé que insertar un poco de poesía visual en la calle también ayuda a aliviar las presiones de lo cotidiano.

¿Cuánto tiempo te tomó montar Giganto? Se nota una importante infraestructura e ingeniería, ¿cómo fuiste encontrando los espónsores y apoyos para realizarlo?

–Giganto empezó con un premio de la Secretaría de Cultura del estado de San Pablo en 2008. El desafío fue encontrar los espacios para poner las obras porque SP es una ciudad muy saturada, llena de información visual y muy viva, o sea, está en cambio constante. Después de esa primera etapa, surgieron invitaciones y que las exposiciones de Giganto fueran financiadas en cada edición o a cada participación por distintos espónsores. El Giganto de PhotoEspaña Brasil fue realizado a lo largo de dos meses. El montaje fue realizado en una semana: todos los días desde la mañana temprano hasta la noche, con un equipo de diez personas. Fue un período muy intenso pues el lugar es muy ruidoso, hay tránsito constante y para trabajar era un poco tenso.

¿Cuántas fotografías gigantes componen la muestra y cómo elegiste las zonas de la ciudad para montarlas?

–Son 20 fotografías de seis o siete metros de altura pegadas en las columnas de soporte del Elevado Costa e Silva en San Pablo, que está cerca del Sesc Consolaçao, donde estaba montado todo el PhotoEspaña Brasil. Esta estructura es muy controvertida, ya que es una construcción agresiva y fea que tampoco es una solución efectiva para el tráfico. Además fue construida en un gobierno sospechoso. Los bellos edificios antiguos de la ciudad se vieron muy afectados por su construcción y las familias tienen que vivir con la autopista muy cerca de sus ventanas. Por las noches y los domingos, el ruido hace que la gente no pueda descansar. Esta autopista es una obra muy emblemática para San Pablo porque es el símbolo del escaso planeamiento urbano. Lo que pasa también es que la autopista ha generado una división social muy grande. De un lado están los barrios más ricos, con viviendas bonitas, comercios, plazas y calles bien cuidadas; y del otro, el centro, con mucha gente, con alta concentración de drogadictos, indigentes y con una vida nocturna de prostitución muy activa.

¿Cómo fue el casting de los retratados, qué rostros particulares buscabas retratar?

–La idea era aproximar los dos lados de esta frontera de concreto, haciendo retratos cerrados en las expresiones, y sin dejar claro quiénes eran las personas, dónde vivían, lo que hacen o a cuál clase social pertenecen. A lo largo de dos meses estuve en la región de la instalación buscando personajes que representasen las diferentes posibilidades de la región. La investigación fue toda hecha en la calle. Buscaba personas con expresiones marcadas por la vida, por la ciudad y que, de hecho, tuviesen una conexión con el espacio. Me interesa la fuerza de las miradas y cómo se puede sentir la presencia del alma en el rostro.

¿De qué modo va interactuando el público con las fotografías? ¿Las miran, las intervienen, las rompen? ¿Qué hacen ante ellas?

–Como hice esta instalación en un lugar muy polémico pero muy característico para los paulistas, la gente ya en el montaje estaba muy contenta con el cambio en el paisaje. Las reacciones fueron muy positivas, las personas venían a hablarnos, a felicitarnos por el trabajo y a sacar fotos. Venían de todas partes de la ciudad a visitar esa calle como si fuera una galería, mirando y hablando sobre las imágenes. La prensa se volvió loca y el trabajo fue nota para todos los periódicos, para muchos programas en la tele, revistas, Internet, y fue muy diseminada en las redes sociales. El trabajo se tornó muy conocido en todo Brasil precisamente porque cambiaba la relación que las personas tenían con la autopista y porque las obras hablan de la gente, de la vida, de la valorización del individuo. Pero, claro, en una región tan poco cuidada de la ciudad y muy conocida por las intervenciones urbanas, al poco tiempo fueron surgiendo alteraciones en las fotos. Es un desgaste natural de la imagen y hace parte del proceso del trabajo. El público es parte de la obra, los sonidos, la contaminación, las señales de tránsito y las reacciones también.

¿Hay propuestas para llevar este proyecto a otras ciudades de Brasil o del mundo?

–Sí, tengo muchas ganas de seguir con el proyecto. Como te dije, en cada edición nuevas ideas y nuevos temas son creados, entonces hay infinitas posibilidades de ocupaciones. Giganto fue creado por una reacción que tuve cuando empecé a vivir en San Pablo, vi a la gente sin rostro en una masa poblacional sin identidad, sin individualidad, una ciudad con muchas estructuras urbanas que asustan y hecha sólo para los coches. Pero veo que en muchos lugares existe la misma relación de desafecto con partes de la ciudad. Hay muchas vidas olvidadas y tantas otras cuestiones que podrían ser abordadas. Tengo ganas de hacer una acción nacional de Giganto, en cinco ciudades al mismo tiempo, y tengo ganas de explorar nuevos territorios. Estoy muy abierta para propuestas e invitaciones.

¿Hasta cuándo estará montado en San Pablo: hasta que el tiempo lo corroa o hasta que vos decidas?

–En San Pablo, la mayor parte de las fotos fue retirada por el Ayuntamiento al final de PhotoEspaña Brasil. Algunas fueron olvidadas y están expuestas aún. Para mí, lo ideal es que la imagen se desgaste por el tiempo, pero muchas veces no hay autorización para dejarlas así.

¿Qué es lo más importante que te deja como artista haber realizado esta obra enorme?

–Lo importante es la relación que desarrollo con el espacio y con las personas que son fotografiadas. Son experiencias que elevan mi espiritualidad y que me hacen feliz, pues veo que estoy alterando la ciudad y haciendo que el público tenga momentos inesperados de contacto con el arte y que por pocos instantes estén lejos de los problemas de la vida cotidiana para reflexionar sobre lo que hay en la pared, lo que esta imagen está diciendo en un diálogo creado con el espacio.

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