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Viernes, 17 de octubre de 2014

RESCATES

Yo sé que estoy piantada

María Esther Gamas (1911-2006)

 Por Marisa Avigliano

“Ay, qué lindo, ¿me lo regalás?”, decía María Esther mientras daba vuelta una cigarrera, miraba un reloj y se llevaba el pañuelo de seda de Rodolfo Bebán en la remake de Los muchachos de antes no usaban gomina, un canon cliché de 1969 donde los guapos eran los “perros hambrientos” y las mujeres las “salchichas”. La escena casi en el final de la película es muy breve, una aparición fugaz, una ofrenda a sus años de revista para que María Esther se luciera como comediante y anunciara el presente descangallado de la Rubia Mireya (Susana Campos), la protagonista de la historia. Con la gracia del oficio bien hecho, el sketch de la copera se convirtió en slogan, un deschave para los tacaños y un atajo para aquellos que no saben regalar y obligan al otro a elegir el regalo convirtiéndolo en una especie de rehén de sus indecisiones. María Esther Gamas había vuelto a ser –y por un rato– una de las figuritas del álbum. Nació en Rosario pero cambió de río muy chica cuando una traición (“le hicieron una trastada a mi viejo, pobrecito mío, se quedaron con todo”) mudó a la familia a Buenos Aires. Con los bolsillos rotos se instalaron en un conventillo que su madre odiaba, no salía ni a hacer los mandados. A los diez años, la Negrita que alentada por su padre bailaba entre los fuentones de ropa del patio debutó en el Teatro Coliseo (que estaba en Bernardo de Irigoyen y Venezuela) temblando flamenco con un nene, un vecino del conventillo que había aprendido a bailar con ella. Las presentaciones de Los pequeños rosarinos eran tan frecuentes como la falta de dinero lo exigiera. Cinco años después del tablado infantil, María Esther era una de las chicas del coro en el Maipo. Piernas levantadas hasta la perpendicularidad deseada y ombligos destapados en la rebelión de las miradas armaron la coreografía con la que cruzó el Atlántico y llegó a París para filmar con Gardel Luces de Buenos Aires –la acompañó su madre, que hasta tuvo su propio cameo en la película–. Bajita y delgada, no parecía tener cuerpo para ser la vedette principal, aunque le sobraba talento, gracia y despertaba iguales pasiones (una vez Tito Cossa contó que a sus dieciocho iba enamorado a verla a la revista con un amigo que prefería a la Roca, la Venus de la calle Corrientes). La bataclana que hizo cine mudo (Consejo de tango, un corto de Moglia Barth de 1932), la “notable vedette cómica”, el payaso que araña si algo no le gusta –como ella se bautizaba– estallaba en el escenario y podía reemplazar a cualquiera de sus compañeras, incluso a Gloria Guzmán, estrella de la gira europea. La Gamita tenía oído para todo, quizá por eso compartió silencios con Josephine Baker y Miguel de Molina y se reía de las reinas que no sabían cantar ni bailar ni hacer un “corno frito”. Después de más de cincuenta años en los teatros y veinte películas (Cuando canta el corazón, Adiós pampa mía, Mi noche triste) se retiró a fines de los años setenta, cuando no quiso saber nada más de las cosas que ya su garganta no le dejaba hacer. Había vivido algunos años con Roberto Fugazot, cantante y músico tanguero, padre de su hija, la actriz María Rosa Fugazot. A fines de los ’90 la abuela canosa con melena de oro intentaba recordar con bonhomía aquellos años de la revista porteña pero la liviandad insulsa por suerte desaparecía cuando era el barrio reo el que ganaba la pulseada “Fuiste cuna y serás tumba/ de mis líricas tristezas” y entonces sí cruzaban la memoria desconcentrada de la Gamita las escenas de maldad de Tita Merello, las peleas con Dringue Farías o las verdaderas razones del reinado de Nélida Roca. “Nunca fue una reina, lo que pasa es que era un pedazo de mina que se la comían con agua aunque más no sea.” Después, como un paso más de comedia, como un chiste para la platea, avisaba que temía perder, la vergüenza porque estaba “bastante piantada, hablando castellano antiguo”.

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