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Viernes, 28 de noviembre de 2014

ENTREVISTA

Lo primero es la familia

La irrupción poderosa de lo doméstico y lo femenino en el relato oficial de la Argentina del siglo XIX es el eje central de El hogar como problema y solución, libro de la investigadora Paula Lucía Aguilar, que descubre el rol de la mujer en el porvenir de la Nación y la estrategia del hogar como lugar político.

 Por María Mansilla

Paula Lucía Aguilar quería investigar otra cosa. Pero los documentos que iba leyendo más los comentarios de sus amigas y colegas la fueron llevando, cómplices del tema que venía a buscarla.

Así nació El hogar como problema y solución (Colección Historias del Presente), investigación que compila de qué manera el relato oficial de las primeras décadas del siglo XIX polinizó el imaginario social sobre el rol de la mujer y las consecuencias (fatales) que un mal paso podría generar en el porvenir nacional. Resulta que los funcionarios argentinos sintieron el desafío de encaminar a una población integrada por migrantes internos y exiliados extranjeros. Había gente llegada de todos los lugares posibles, formas de vivir distintas, leyes laborales cero, trabajos precarios, pisos compartidos. “Frente a esta mezcla, había necesidad de separar y reordenar una multitud que, como estaba, potenciaba el riesgo de la organización política y del estallido”, cuenta Aguilar.

La socióloga analizó los debates parlamentarios que hacían un diagnóstico en busca de respuestas. Le llamó la atención cómo lo doméstico –y lo femenino– aparecía en esas instancias, cuando en teoría se discutía otra cosa. Detectó la creación de unos Manuales de Economía Doméstica destinados a divulgar los nuevos conocimientos científicos que, aplicados a lo cotidiano, contribuirían a hacer prevención en salud.

Esta tendencia también aplicaba en Europa y Estados Unidos. Era el momento estrella del capitalismo industrial. En la Argentina, hasta Cecilia Grierson se involucró en los contenidos. La misión por la “educación técnica de la mujer” no terminaba ahí. “Había una fuerte carga moral en ese rol, y la idea de que en esas cosas nimias estaba en juego el orden social”, subraya la investigadora del Centro Cultural de la Cooperación.

El trabajo femenino de los sectores populares –salvo en servicio doméstico y costura– estaba desacreditado como “abandono de hogar” (en 1869 el 40 por ciento de las mujeres trabajaba; en 1914, sólo el 21 por ciento). Los mandatos se transmitían a las clases altas tanto como a los hogares obreros a través de sociedades de beneficencia; manuales escolares, a través de otras mujeres. Discursos que, cien años después, siguen resonando en la conciencia de muchas y muchos, incluso de quienes diseñan políticas sociales y toman decisiones estructurales.

Si ellas lo hacen bien, la familia está salvada. Orden doméstico igual a orden social. Y viceversa. Algo así como que lo político es personal.

“El reloj tiene que ser el confesor del ama de casa. Distribución del día. 1, levantarse temprano. 2, limpieza y ventilación de casas, ropas y personas. 3, preparación y toma del desayuno. 4, compra diaria de comestibles y su inspección. 5, preparación y toma del almuerzo. Descanso. 6, quehaceres de composturas, remiendos, etcétera. 7, atenciones domésticas y sociales. 8, preparación y toma de la cena. 9, descanso. 10, lecturas y conversaciones útiles y recreativas. 11, arreglo de cuentas de los gastos hechos durante el día. 12, revisión de habitaciones. Reposo.” (Tomado del Manual de Economía Doméstica destinado a niñas de escuela primaria, 1902.)

En ese contexto surge la estrategia del hogar como lugar político.

–Como espacio material y simbólico, un lugar que construye roles, excede lo físico, plantea cuál es la diferencia entre hogar y casa. La tensión está en cómo algo tan supuestamente natural requiere tanto esfuerzo, por qué el mero afecto y el mero espacio no alcanzan.

La reforma desacredita la vida en el conventillo, laboratorio de la organización política y también de la maternidad social.

–Aparece en los debates sobre la infancia la preocupación por “los niños sueltos en la calle”. Desde la normativa se ve que la familia nuclear debe habitar viviendas con cuartos separados, sin ambiente extra que se pueda subalquilar ni la posibilidad de establecer un comercio. También entró en escena “la casita de las afueras” que tenía “aire, luz y sol” –términos que seguimos usando para hablar de los countries–, aunque no fuera más higiénica. Y entra en debate el deber ser de la vivienda ideal.

La mujer, según la económica doméstica, es la ministra de Economía de la gobernación del hogar. Suena poderoso, aunque considerando la precarización del salario obrero...

–En los manuales aparece que la administración cotidiana del salario es una tarea femenina porque ella conoce las reales necesidades. Y porque se teme que el varón lo gaste en juego y alcohol. Otra vez la idea de la mujermadre, responsable de lo económico y de la moral de esa unidad. Por otra parte, la apelación al ahorro hace que el salario dure más y permite mantener salarios bajos. Incluso se plantean definiciones de lo que sería necesario consumir para una familia obrera. Por otro lado, también los ingresos femeninos y los infantiles aparecen como complementarios. Esto blanquea que un sueldo no cubre todas las necesidades.

En los años ’30 la mujer es una pieza clave en el fomento del ahorro. Hoy, por su decisión de compra, es el blanco de la sociedad de consumo.

–Es interesante seguir el trayecto de las agencias domésticas. En Estados Unidos, la Home Economics, las Ciencias Domésticas, devinieron en Ciencias del Consumo. Muchas economistas especializadas, en esa época, empezaron a trabajar con sus colegas varones, que se dieron cuenta de que ellas eran las que sabían qué sucedía al interior de las casas.

Decís que abordaste el archivo con preguntas contemporáneas. Y que algunos críticos señalan que la “feminización” de los planes sociales “refuerza la desigualdad de género”.

–Planteo que existen presupuestos acerca de lo doméstico que resuenan en el diseño de políticas públicas hasta hoy. Hay cierta idea de formas familiares, de responsabilidades a cumplir y demás. Son sentidos estables en el tiempo. Ya en el ’39 Alfredo Palacios decía que la ayuda social la debía recibir y administrar la madre por su eficiencia y control del expendio.

Recién en los ’70 el feminismo nombró al trabajo invisible y la implosión que genera. ¿Hay registro de ese malestar en aquella época?

–No, aunque no quiere decir que en ese período no hubiera denuncias de la opresión familiar desde sectores más radicales, como el de las anarquistas. Algo que me llamó la atención fue la acción de las mujeres durante la guerra de inquilinos, al enfrentar a los caseros. También me impresionó eso del manejo del tiempo y la idea de postergación en el tiempo. Hay investigaciones actuales que hablan de una nueva vuelta al espacio doméstico como refugio, pero para sectores medios. Tiene que ver con tejer al crochet, recuperar lo casero, la artesanía, la extensión de la cocina como hobby, pero al mismo tiempo como una resignificación de esas prácticas. ¿Si es una propuesta conservadora? Habría que ver los efectos y qué extensión tiene ese proceso en términos culturales.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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