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Viernes, 2 de enero de 2015

CRONICAS

El desierto soy yo

Erika y Florencia son dos de las ocho mujeres que trabajan junto a cincuenta operarios en la planta de YPF de Sierra Barrosa, un territorio patagónico donde “las mujeres del petróleo” más conocidas son las esposas de los petroleros, hasta hace cinco años, cuando empezaron a llegar chicas para desempeñarse en áreas históricamente reservadas a los varones. Mientras que Erika es la única inspectora de obra de todo el sector, todavía quedan algunos que no le creen a Florencia cuando dice que es ingeniera: los prejuicios y una cultura machista enquistada en la región marcan la cotidianidad, aunque ambas aseguren que es cuestión de llevar la situación porque “son hombres, y eso no lo van a perder nunca”. Cómo viven y qué piensan de esa aridez que las rodea, no sólo por la geografía sino por un tratamiento sexista, sobre todo de los más veteranos de la planta, que se traduce en bromas permanentes, acoso y cosificación.

 Por Rosario Marina

Un par de tetas. Para los operarios del petróleo, para los hombres rudos que pasan quince días seguidos directo en el pozo, las mujeres que entran a trabajar con ellos son, al principio, un par de tetas. “A mí no me creían que yo era ingeniera”, dice Erika, mendocina de huesos grandes, 30 años, ingeniera en proyecto por la UTN (Universidad Tecnológica Nacional). Trabaja, junto con Florencia, en la planta de Sierra Barrosa de YPF, a casi dos horas de Neuquén. En ese lugar son ocho las mujeres que están en el campo; los otros cincuenta son hombres. Ellas los llaman “los viejitos”, los operarios, los que hacen el trabajo de campo (pueden ser pintores, soldadores, albañiles), los que ejecutan el trabajo que Erika pensó y que Florencia dirige.

En la Patagonia, las “mujeres del petróleo” más conocidas son las esposas oficiales de los petroleros. Pero desde hace cinco años empezaron a aparecer cada vez más chicas, primero en Seguridad e Higiene, después algunas que manejaban los camiones, las hidrogrúas, las retroexcavadoras, y ahora se imponen las ingenieras y geólogas. “Para trabajar ahí tenés que tener carácter”, dice Florencia, 32 años, única inspectora de obra mujer de YPF. Cuando recién empezó se sentía menos capacitada que ellos, era nueva en un ambiente de hombres. Ahora dice que se convirtieron en sus hermanos mayores, y no hace otra cosa que dedicarse a su gato y al petróleo.

Los viejitos

El Yacimiento de Zona Central queda a una hora cuarenta y cinco minutos de Neuquén. Después de dos kilómetros de camino de ripio ya se está dentro del yacimiento. Cuarenta y cinco kilómetros más y se llega al oasis: un parque con césped cuidado, verde, fresco, árboles, y un edificio con un cartel gigante de YPF: Aguada Toledo Sierra Barrosa.

Cuando Erika entró, supo que estaban hablando de ella. El chusmerío entre hombres no es algo tan raro como creen las publicidades de toallitas. Se enteró de que se la estaban sorteando, como un premio, para ver quién la invitaba a salir. Averiguó el nombre del que había empezado la bola y lo enfrentó: “¿Sabías que lo que dicen de mí lo podrían estar diciendo de tu hermana, tu mujer o tu mamá?”. Ese juego terminó ahí. Pero hubo otros.

Erika estaba subida a una estructura con un operario. El le dijo: “No, no, yo bajo primero, así vos bajás y te veo el culo”. Ella contestó: “Uh, me hubieras avisado y me venía en calza”. “Es cuestión de llevarlo”, dice. Las dos dicen que es cuestión de saber llevar la situación, que los tipos después se ubican. Si ante todo lo que les hablan los viejitos ellas se ríen, entonces las pueden empezar a tomar como uno más y eso es un riesgo: las catalogarían de “ligeritas”.

“Son hombres, eso no lo van a perder nunca. El doble sentido siempre va a estar, vos tenés que saber cómo manejar eso. A mí me ha pasado de estar en un asado y decir: me das un pedazo de carne. ‘Oh, un pedazo’, escuchás al otro que está en el fondo. Tenés que saber cómo hablar. Eso es natural. Te acostumbrás”, dice Florencia.

Ella es la única inspectora de obra de todo YPF. Erika, la única ingeniera de la zona. Son logros. “Además de que podemos hacer muchas cosas a la vez, la mujer es mucho más puntillosa en algunas cosas. Presta mayor atención a cosas que al hombre se le escapan”, dice Erika.

En el pozo sólo hay hombres y ellas creen que está bien; la perforación, dicen, no es un ambiente de mujer. “Es para inspeccionar y volverte. Quedarte ahí con 50 tipos no me sigue pareciendo seguro”, insiste Florencia. “El trabajo es muy demandante. Nuestro sector rezonga pero, si nos tenemos que quedar, nos quedamos, no nos importa nada. Los días que tenemos paro de planta para hacer modificaciones que aumentan la capacidad los hombres se han quedado a dormir.” Ellas no.

Las dos tienen en sus celulares fotos del campo, del oasis y los caños. Por trabajo y porque les gusta. Erika muestra una donde aparece sentada en un caño con el mameluco y el casco puestos. “Para mostrarle a mi mamá.” Hace unos años vivía con ella en Maipú, Mendoza. La plata no les alcanzaba y ella sentía la obligación de empezar a devolver. Nunca había pensado en irse de su casa, estaba cómoda, pero necesitaba dinero y lo conseguiría quedando efectiva. Para eso debía irse a vivir a Buenos Aires. Además, ella siempre quiso trabajar en YPF, por esa razón –y no otra– había estudiado ingeniería. No tenía otra expectativa. La mandaron, entonces, a Buenos Aires a “vivir para siempre”. Fue a hacer una maestría en Gestión de proyectos y construcciones, un año cursando y un año haciendo prácticas.

Después pidió estar en la parte de obra y la mandaron a La Plata a ser inspectora en una refinería de Ensenada. “Yo estaba feliz. Me encantaba. Vivía en San Telmo y viajaba a La Plata todos los días; trabajaba entre diez y doce horas.” Ahí vio algo que le sorprendió: una ingeniera civil. Eran sólo ellas dos, las únicas mujeres ingenieras del lugar. A ella le parecía rara la otra, porque –dice– la mayoría de los ingenieros civiles son hombres. En el curso de Erika, cuando estudió en Mendoza, eran cuarenta compañeros. De esos cuarenta, sólo dos eran mujeres.

Ahora, hace dos años, la mandaron a Neuquén, a “vivir para siempre”.

Machos o nenes

Neuquén es una provincia por y para el petróleo. Gran parte de su paisaje es un desierto lleno de camionetas con logos de petroleras. Los precios se ajustan a los sueldos del petróleo. Florencia siempre vivió en la capital de esta provincia, tiene un gato que trata como a un hijo y se siente orgullosa de haberse ido a vivir sola, de ser independiente. Cuando iba a la primaria decía que quería ser paleontóloga, en la secundaria geóloga. A los 18 años lo pensó bien y dijo que no le gustaba Buenos Aires, le daba miedo, entonces se quedó a estudiar Ingeniería en petróleo en su ciudad. Después de varios pasos en la universidad, se anotó en Seguridad e Higiene.

Florencia explica la tarea de seguridad: es como retar a un nene. A un nene que se cree macho, macho petrolero que está a la intemperie y no le pasa nada. Ponete el casco, usá un arnés seguro, ponete la máscara para soldar son algunas de las frases típicas que les dicen “las de seguridad” a los machos. El año pasado un hombre se resbaló a 30 metros de altura porque al arnés que estaba usando le faltaba un gancho. Murió. Si hubiera tenido un arnés seguro habría quedado colgando, vivo.

–Ah, sabés las veces que he caminado arriba de los caños y no me ha pasado nada. ¿Vos cuántos años tenés? –le dijo una vez un “viejito”.

–Acá no es cuestión de edad. Acá está tu vida en juego, vos te llegás a resbalar ahí y yo me tengo que hacer cargo –le respondió Florencia.

En el campo, Erika y Florencia se visten así: mameluco, casco y zapatos de seguridad con punta metálica. La campera dice YPF, los mamelucos son ignífugos. “Vos tenés que entrar a la planta y no podés generar chispa con la ropa ni con nada, porque hay mezclas explosivas que podés volar, ése es otro de los riesgos que tenemos”. Morir prendida fuego.

Erika es la única ingeniera mujer de la zona de La Lata, y la más chica. Se recibió a los 25. Durante la carrera fue niñera, trabajó en un videoclub, en colonia de vacaciones en verano, de profesora particular, de moza y de becaria: limpiaba todos los tubos de ensayo en el laboratorio, y con esa plata pagaba el abono del colectivo y las fotocopias, y le cargaba diez pesos al celular.

Florencia se recibió en 2010 de Seguridad e Higiene en un instituto de Neuquén. En febrero de 2011 trabajaba de secretaria en un consultorio médico, salía y se iba a hacer un servicio, ése fue su primer trabajo de seguridad. La primera vez que la contrataron de una empresa y la llevaron a la obra en una trafic no paraba de mirar por la ventana. Pensaba: “La puta, cómo me gusta el campo, cómo me gusta la Patagonia, acá es donde yo quería estar”.

Erika conoció a su ex novio en el yacimiento. Ahora que no está en pareja, deja los platos sucios en la mesa los días que quiere. Apenas llegó a Neuquén hizo lo mismo que había hecho en Buenos Aires: buscó un club y se puso a jugar al hockey. “Tu vida es el trabajo, pero también tenés que generar vida social, y ésa la cubro con el hockey”.

No quiere planificar, que venga lo que sea. Si tiene familia podría plantearse pasar a ser una ingeniera de gabinete, aunque no es lo que la apasiona. A ella le gusta el campo, ir al yacimiento, la vida de yacimiento, las relaciones con la gente. A veces no hace falta que esté ahí, pero ella quiere salir del oasis, de su trailer oficina a ver cómo va quedando lo que ordenó. “A mí me gusta estar en el campo, no me gusta ser una ingeniera de escritorio. Si tengo que modificar una USP quiero ir a ver cómo se va haciendo. Por ahí de chusma.”

Para ir a inspeccionar un pozo, Florencia agarra la camioneta y hace dos o tres kilómetros en el paisaje desértico de la Patagonia. Antes iba como agachándose, ahora no. Ahora levanta la vista, ya no va escondida, sabe que la miran pero no le importa. “Me parecía que venía una mujer, yo veía que todos giraban la cabeza”, le dijo una vez el Company man que la recibió en el pozo.

Si entran a un trailer, en el televisor va a haber mujeres desnudas cogiendo con hombres desnudos. A plena luz del día, cuando los operarios no tienen nada que hacer, miran porno.

“Tenés el que se quiere hacer el vivo enfrente de todos y vos le seguís el juego o lo hacés quedar mal. A mí me ha pasado de tirarte un doble sentido estando solos, que sabés que va para otro lado, y tener que parar el carro y decirle: ‘No te desubiques’. Sos mujer y estás ahí, pero eso no quiere decir que seas una rapidita ni nada por el estilo”, dice Florencia.

La rutina empieza a las 6.30 de la mañana y termina 19.30, trece horas después. Si le quedan ganas, Florencia va al gimnasio, pero prefiere quedarse en su casa. Algunos días Erika baja del yacimiento, va directo a Cipolletti, la ciudad vecina, a jugar al hockey y llega a su casa a las once de la noche; otros días va al gimnasio. Los sábados duerme y los domingos juega.

Todas las mujeres petroleras son jóvenes, todas están debajo de los 40. En otras plantas hay chicas camioneras, mujeres que operan hidrogrúas y retroexcavadoras, y soldadoras. Ellas son operarias.

En su planta el año pasado eran cuatro, más una pasante. Este año son ocho, la mayoría geólogas, que son las que van al campo a chequear que el pozo que van a perforar tenga realmente producción, es una especie de electrocardiograma del pozo.

El 12 de julio del año 2000 murió Alejandra Rubbo. Tenía 29 años y estaba volviendo a su casa en Catriel –a diez minutos de Neuquén– desde el yacimiento de Señal Picada, donde trabajaba. Por ella es que se presentó un proyecto de ley en la Legislatura rionegrina para que esa fecha fuera considerada Día Provincial de la Mujer Petrolera. Este año, con ese proyecto ya aprobado, la senadora Silvina García Larraburu propuso que se declarara el Día Nacional de la Mujer Petrolera. El objetivo es que el Congreso de la Nación reconozca a todas las mujeres que dedican su vida a una de las actividades económicas fundamentales del país.

En el proyecto que planteó la creación de este día se lee: “Este homenaje es extensivo a todas las mujeres que trabajan o han trabajado en la industria petrolera, y también a aquellas cuyo cónyuge trabaja en la industria petrolera, mientras ellas sostienen el hogar y la unidad familiar. No es una fiesta, es una conmemoración”. Ni Florencia ni Erika sabían de la existencia de ese día que las “conmemora”. Pero cuentan que cuando están en el yacimiento el Día de la Mujer –no petrolera, sólo mujer– les preparan un desayuno y el gerente va a tomar el té con ellas.

Ojos y oídos

Erika hace la visualización: le traen el problema y visualiza qué es lo que se puede hacer, ve si las instalaciones alcanzan o hay que agregar algo. Después la conceptualización: piensa varias ideas, las analiza técnica y económicamente, y descarta hasta que llega a dos. Trabaja sobre esas dos, descarta y se queda con una. Esa es la que desarrolla.

Cuando empieza la ejecución, empieza el trabajo de Florencia: controla que lo que se ha pedido se haga y se cumpla todo siguiendo las normativas de YPF. Una vez que está elegida la empresa de servicios, montan un obrador con varios trailers en el lugar que ella les diga. El campamento se arma con trailers móviles que actuarán de comedores, baños y oficinas.

Cuando se hace la perforación se monta una ciudad alrededor del pozo. El hueco es de 4 pulgadas de ancho y 2 km y medio de largo, para abajo. Se arman, además, unas torres gigantes, que son las torres de perforación. Eso es lo que manejan los Company man, ellos son los que viven quince días en esa ciudad montada, y quince días en su casa.

Cuando termina la perforación, cierran y se van. Queda todo desmalezado, sin flora, sin fauna. La locación es un cuadrado sin vegetación que se ve por Google Earth como punto blanco. Todo el gas que se produce en zona central viaja para alimentar Bahía Blanca, Buenos Aires, y lo que sobra se manda nuevamente a la Patagonia.

En el campo, en esa aridez, cuando hace frío hace frío, cuando hay viento hay viento. Florencia dice que para hacer eso te tiene que gustar el trabajo y sonríe: “A mí me gusta”.

Cuando trabajaba en Seguridad, Florencia almorzaba o se sentaba a tomar mate con “los viejitos”. Ahora, como inspectora, tiene más responsabilidad y menos tiempo para eso. Nunca terminó la Ingeniería en petróleo y no pudo dedicarse a eso, pero le gusta que le enseñen –todos los días aprende algo nuevo: de hormigón, de soldadura, de proceso, de cómo funciona una máquina–. Los viejitos del campo también le enseñaron. Algunos. Otros no, porque tienen miedo de que les saquen el trabajo. La mayoría no fue a la universidad, algunos tampoco terminaron el secundario pero han trabajado en eso toda la vida: tienen el oficio.

El primer sueldo de boca de pozo, sin experiencia, es de más de 30 mil pesos. Su trabajo es estar en el medio de la nada, un trabajo físico, desgastante, en el que se está en riesgo todo el tiempo. “Cuando el tipo llegó a la casa el hijo ya empezó a caminar, ya dice mamá. Tienen un montón de plata pero no la disfrutan en realidad”, dice Erika. Ellas están lejos de esos sueldos.

Una de sus compañeras tiene dos hijos. El marido trabaja en la ciudad, entonces él los cuida. Cuando entró a YPF ya tenía sus hijos. Desde que entró, no tuvo más. Las mujeres que quedan embarazadas dejan de ir al yacimiento; el viaje es largo y hay mucho traqueteo.

Si fuese madre, Florencia no seguiría con este trabajo, al menos no con este ritmo. Le gustaría compartir los primeros años de vida con su hijo. Por esto, dice, no es tan feminista, en algunas cosas se considera machista. “Pero me mantengo sola”, dice y se ríe.

La puertas estrechas

Buscan incorporar más mujeres al sector petrolero decían hace más de un año los medios de la Patagonia. La Comisión de Trabajo y Previsión Social de la Cámara de Senadores había recibido a empresarios y a petroleras. Querían saber qué opinaban sobre el proyecto de lograr un 30 por ciento de mujeres en el sector.

A Ernesto López Anadón, titular del Instituto Argentino del Petróleo y del Gas, no le gustó mucho la idea. Dijo que había pocas profesionales disponibles, que sólo existía un 20 por ciento de mujeres recibidas en las carreras que eran necesarias, pero que para él “sería una bendición si las mujeres pudieran aportar a mejorar la industria de la energía”.

En la misma reunión, Ema Santana, que trabaja manejando una topadora, contó lo complicado que es para ellas conseguir trabajo en la Patagonia, que muchas son madres solteras o víctimas de violencia de género y sus patrones las discriminan. “Para las mujeres, las puertas y las posibilidades en esta industria son estrechas.” Contó de sus compañeras soldadoras que no consiguen trabajo y dijo que la idea de que no existan mujeres capacitadas es falsa.

El 13 de noviembre de 2013 el proyecto de ley, impulsado por la senadora del Frente para la Victoria de Neuquén, Nanci Parrilli, logró la media sanción en Senadores. Ahora esperan el veredicto de la Cámara de Diputados.

“El petróleo también es cosa de mujeres”, dicen en el ambiente. Dicen, también, que no hay estadísticas sobre cuántas son las que trabajan en la industria de hidrocarburos en el sur del país. Algunos creen que son cerca del 8 por ciento, dependiendo la empresa.

En el caso de Sierra Barrosa, a un año de la media sanción del proyecto de ley, el porcentaje es de un 16 por ciento. Florencia y Erika no saben si hay estadísticas sobre ellas, creen que serán un 80 contra 20, siendo muy generosas. Cuentan con los dedos a sus compañeras: son ocho. Cuatro se incorporaron en el 2014. Ninguna de las dos sabía del proyecto para incorporar más mujeres. Se ríen, se miran: “Capaz por eso ahora somos más”.

A Florencia le gusta ser petrolera, le gusta el campo, ser inspectora, aprender de los “viejitos”. Sabe que el día de mañana va a poder elegir si quiere seguir con esa rutina de vida. Lo dice y sin pausa agrega: “Seguramente no sea así, pero voy a tener la capacidad de decidir dónde trabajar”.

En Argentina, en su desierto, se siguen encontrando pozos con petróleo. Nuestro país lo exporta y lo consume no sólo en la nafta sino también en la ropa, en las ruedas de las bicicletas, en la luz, en los zapatos.

En el sur del país decir petróleo es palabra santa. Hay pueblos que fueron fundados por y para el petróleo. El trabajo de la mayoría de la población lo toca de alguna manera. Todos tienen un tío, primo, amigo o hermano que se gana la vida en el pozo.

Vaca Muerta –el yacimiento de hidrocarburos no convencional más importante de América latina– hará renacer uno de esos pueblos: Añelo. Ahí ya hay hombres esperando ser contratados para convertirse en esos “viejitos” con los que Erika y Florencia comparten sus días. En los alrededores de Añelo, sobre todo a 100 km de ahí, en Neuquén capital, pero también en el resto del país, ya hay Erikas y Florencias apasionadas, esperando ser contratadas. Saben que al principio serán un par de tetas, pero después ya no. Después serán mucho más.

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Imagen: Leonardo García
 
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