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Viernes, 30 de enero de 2015

VISTO Y LEíDO

La observadora del mundo

Operaciones narrativas que oscilan entre sueños, anécdotas y cartas, la pluma de Lydia Davis vuelve a acertar en No quiero ni puedo, con traducción de Inés Garland.

 Por Malena Rey

No importa la extensión: las historias más fascinantes pueden encapsularse en pocas líneas y tratar de un hecho que a primera vista parece insignificante, o demorarse unas cuantas páginas y dejarnos con la sensación de que estamos ante algo completamente nuevo, aunque ya lo conozcamos. Lydia Davis es en gran medida una escritora responsable de que la tan transitada realidad adquiera vetas, matices literarios, apuntalados por una curiosa y radiante mirada sobre la vida cotidiana, no exenta de desazón ni de neurosis. Y consigue altos puntos de lucidez en sus escritos, y genera grandes momentos de empatía con sus lectoras. Así que la noticia de la reciente publicación de No quiero ni puedo, la traducción “al argentino” de Can’t and Won’t, de 2014 realizada por Inés Garland, es un motivo de celebración atinado.

Davis, además de producir breves textos híbridos que hacen estallar los géneros literarios (¿son prosas poéticas?, ¿cuentos conceptuales?, ¿fábulas?, ¿aforismos?), es también novelista, traductora (de Proust y de Flaubert al inglés) y docente, oficio que le vale varias reflexiones en este volumen. En el rejunte de distintas clases de textos –que fueron publicados en revistas, periódicos o antologías– insisten algunas series, persistencias en las que Lydia encuentra un hilo conductor para echar luz sobre su relación siempre inmediata con lo que la rodea. Puede tratarse de lxs ocupantes ocasionales de los medios de transporte, o de los sueños, esa materia maleable en la que el mundo se trastrueca hasta volverse casi irreconocible, o los llamados relatos de Flaubert, que se inmiscuyen en el volumen apenas reescritos para arrastrarnos a otras épocas y sus formas de vida, textos que condensan alguna anécdota irreverente, como la pluma de uno de los eximios observadores de las costumbres francesas del siglo XIX. Otra de estas series es la alimentada por las lucidísimas “cartas”, género en desuso que la buena de Davis recupera para dirigirse a excéntricos destinatarios: con cierto despecho y a la vez un gran sentido de la pertinencia lo mismo puede escribirle a un fabricante de arvejas congeladas (“le estamos escribiendo porque usted está representando sus arvejas como menos atractivas de lo que realmente son”) como al gerente de un hotel o a la fundación que le otorga una beca. Davis redacta cartas como si fueran las armas de una batalla que se da en lo más microscópico, y que a la vez tienen la potencia de señalar en la minucia las conductas más deleznables de las sociedades de consumo, llenas de falsas apariencias.

Lo interesante es que, en sus operaciones narrativas de distinto calibre, Lydia Davis esgrime una primera persona que no es complaciente ni con sus sentimientos más delicados, y hasta incomoda en su rol de burguesa acomodada, de intelectual siempre un poco insatisfecha y quejosa –mucho peor sería que ni se hiciera cargo–. Estos perfiles aparecen en textos como “Estoy cómoda, pero podría estar un poco más cómoda”, o en “Las espantosas mucamas”, dedicado con bastante agresividad y desprecio a dos mujeres bolivianas con las que libra una guerra silenciosa, a la vez patética y desopilante, sin un ápice de cinismo o culpa de clase.

“¿Qué escritor no querría deslizarse por la superficie de las cosas sin dejar de calar hondo, descubrir una historia en cualquier parte, atender a las voces de los otros y al rumor del pensamiento, depurar la lengua, afinar el foco, burlar los límites de las formas hasta dar con la que habla por su tiempo?”, se preguntaba la ensayista Graciela Speranza en La carrera paciente de Lydia Davis, publicado en Otra Parte. En esa enumeración se superponen los rasgos más generales y los más particulares que florecen en la original voz de Lydia, la mujer observadora del mundo, capaz de expresar con gracia su versión femenina de lo que nos rodea y nos agobia, a riesgo de que la entendamos demasiado.

Lydia Davis
No quiero ni puedo

(Eterna Cadencia). Traducción de Inés Garland

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