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Viernes, 24 de abril de 2015

URBANIDADES

El disciplinamiento

 Por Marta Dillon

“Fue a bailar, tomó un taxi, se quedó dormida y terminó violada”, la frase está tomada del zócalo de un canal de noticias que se sostuvo intermitente a lo largo de por lo menos el último martes. Después ya no volví a ese canal de noticias aunque el control remoto me llevó de paseo por otros, en busca de un registro, la constatación de qué se está diciendo cada vez que la violencia de género se convierte en noticia. ¿Por qué el relato que encierra la frase tiene como sujeto tácito a la víctima? ¿a quién le importa qué hizo antes de tomarse el taxi? ¿y por qué esa palabrita, insidiosa como un dedo que señala directo al escote, así como se señalan los escotes que no cumplen con el conteo de botones y vergüenzas: “terminó”? ¿Será que la chica debería haber estado despierta? ¿Que no debería haber ido a bailar? ¿Que algo tuvo que ver en el modo en que “terminó”? ¿Qué clase de advertencia están emitiendo desde el zócalo de un canal de noticias? Son doce palabras, ni más ni menos, pero capaces de encerrar la cultura de la violación con un poder de síntesis que si no generara tanto espanto como hartazgo sería digno de admiración. Es ella la que se puso a disposición –se quedó dormida–, es ella la que desafió los peligros de la noche, ella la que trazó la cartografía su suerte y por eso su suerte sirve de advertencia: Cuidado, bella durmiente, los hombres pueden tentarse, a solas en la cabina de un auto ¿cómo pretendías terminar? Del agresor nada se dice, al menos no en ese zócalo. Se dirá que es taxista en los informes que transmiten a la vez desde cuatro sitios diferentes, privilegiando sobre todo el frente del boliche en el que la joven estuvo con sus amigas. Se llama “Mamita” y un calor parecido a la náusea sube a la garganta con la insistencia, mamita, mamita, cuántas veces se escucha esa palabra en la calle, cuántas veces para minimizar, para alardear de lo que podrían hacerte. Los otros sitios de donde se transmite dicen menos, la esquina donde la joven fue abandonada y la puerta de la comisaría donde radicó la denuncia, como si valiera la pena sostener ahí una guardia para ver si se puede dar con la víctima. El agresor todavía es desconocido, pero habrá un canal –canal 13– que se dedicará a él a su modo: entrevistando a otros taxistas, exculpándolos, que hagan su descargo porque por uno manchan a todos. Es gracioso, los violadores actúan para su comunidad de pares, son amparados por ellos que alientan y suscriben el guión de la compulsión, lo irrefrenable de sus impulsos, la necesidad de disciplinar a quienes los provocan; no lo harán sin media lengua, al fin y al cabo no necesitan más, se entienden en las miradas cómplices que cruzan después de pegarle los ojos en el culo de una mujer, en el modo en que dicen “gato” para referirse a alguna otra que no es su hermana ni su madre ni su mujer, porque si así fuera, si así fuera podría desatar su ira. Y ya sabemos cómo eso termina, nos lo cuentan a diario: la semana pasada, una maestra jardinera indefensa frente a sus alumnxs, la esposa de un policía en coma después de un tiro con el arma reglamentaria del uniformado, otra atravesando el peor de los duelos: un hijo muerto, el otro apenas colgado de un hilo de la vida. Pero el canal del solcito se siente en la obligación de separar al monstruo de la comunidad de los taxistas. E insiste, insiste hasta que da con la voz de la víctima a la que se le pregunta, por qué tomó el taxi, cómo es que se quedó dormida, se hace un silencio recoleto cuando ella admite que había bebido. En definitiva, he ahí la lección para aprender, así fue, así terminó. Y como si no bastara para completar el guión del disciplinamiento, para que no se diga que esta columna peca de odio hacia los hombres –¿hace falta explicarlo? ¿somos las feminazis las únicas que carecemos de humor?–, la advertencia de una mujer, María Elena Leuzzi, titular de la Asociación Víctimas de Violación: “Cuidado, ya no hay lugares seguros, a esta niña, este degenerado le arruinó la vida, tomó un taxi por su seguridad y se encontró con un monstruo”. ¿Entonces qué, señora?, ¿dejamos de salir?, ¿encerramos a nuestras hijas?, ¿renunciamos a la calle? De esto también se trata la cultura de la violación, de aleccionar hasta que se arrepientan las mujeres de su propia autonomía. Aunque la violencia se ensañe, es demasiado tarde. Bajo estos discursos dominantes también circulan otros, soplando el miedo con la potencia del huracán suceden otras acciones, solidarias, organizadas, a veces espontáneas, hijas de la misma indignación que dice que aquí no hay monstruos si no hijos sanos del patriarcado. Que aquí no hay una joven arruinada de por vida sino una sobreviviente. Que el camino para dar vuelta esta cultura puede ser largo, pero estamos caminando.

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