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Viernes, 16 de enero de 2004

HOMBRES

solos y solos

Entre los muchos talleres que dieron vida al encuentro Enero Autónomo, el de feminismo para hombres fue uno de los que despertó cierta polémica: porque no se dejaba entrar a las mujeres, porque muchos no lo consideraban necesario y porque la mayoría no quiso (o no pudo) hacerse cargo de las palabras del coordinador, un sueco feminista confeso que llamó a descubrir las prácticas opresivas de los asistentes.

Por Natalia Páez

–No sé si podrás participar del taller.
–¿Por qué?
–Porque es exclusivo para hombres.
Difícil de creer. Se suponía que hablarían de antisexismo en el “Taller de feminismo para hombres” y me estaban dejando afuera por ser mujer. Era el clímax de una comedia de enredos.
El rubio Herman Geider, from Suecia, fue quien dijo que debía consultar con los participantes de su taller si yo podía estar entre ellos, como oyente. Ok, le dije. Y me senté a esperar una negativa mascullando todo lo que les gritaría cuando salieran de su incoherente homoencierro.
“¿Este es el taller de solos y solas?”, pregunta Juan. Fue el primero de una serie de chistes y justificaciones de por qué estaban allí. Los más puntuales fueron los participantes extranjeros. Estados Unidos, Suecia, Uruguay y Brasil. Luego estudiantes, asambleístas y piqueteros argentinos. Los había desde mayores de 60 hasta menores de 20. Padres, esposos, amantes, compañeros de militancia, novios, compañeros de estudio, hermanos, hijos. Hombres. Todos querían compartir sus experiencias, desde los múltiples roles en los que interactúan en la vida con las mujeres.

Tímidamente ingresé al lugar. Casi cuarenta pares de ojos se movieron para apuntarme. Era la única y ellos, los reyes de la selva, lo habían notado. “¿Qué tal?”, dije, y me dispuse en un rincón a cerrar la boca. Luego Herman me pidió que a viva voz preguntara a todos si podía compartir el taller. Y así lo hice. Tuve que justificar mi presencia femenina argumentando que, además de mujer, era periodista. Ellos entonces aceptaron y yo guardé los insultos.
El de “Feminismo para hombres” fue uno de los talleres más exitosos de Enero Autónomo, un encuentro de reflexión de grupos sociales sobre autonomía y antiglobalización que se realizó en una ex fábrica abandonada en Monte Chingolo, Lanús, hasta donde llegaron 800 personas de 16 países entre el jueves 8 y el domingo 11.

Herman, de 25 años –feminista confeso–, se acomoda sus largas rastas amarillas y blanquecinas, y arranca su taller en inglés, con la ayuda de un traductor: “Igual que el capitalismo, el patriarcado atraviesa todas las relaciones sociales. Nosotros, hombres, tenemos gran responsabilidad en esto. No somos afectados de la misma forma que las mujeres por las conductas patriarcales cotidianas. No conocemos la experiencia de ser subordinados y cumplimos un papel activo dentro de esta estructura. Y así como los capitalistas no tienden a verse a sí mismos como opresores, nosotros, hombres, no queremos ver que nuestras acciones son opresivas”.
Uno en un rincón lo miraba con el ceño fruncido. O no entendía, o no le gustaba quedar atrapado en el nosotros inclusivo que usaba el orador. Otro, tras la sombra que le proporcionaba la espalda de un compañero,descansaba con los ojos cerrados de su día agotador. Pero la mayoría, atenta, escuchaba.

Hugo llegó tarde. Sus ojotas de plástico sonaban apuradas trepando escaleras. Venía con un pañuelo triangular anudado en la espalda que cumplía la función de porta-bebés. Sobre su pecho sujetaba a Daniela, de 5 meses. Otro le hizo un lugar para que se sentara. “La nena no puede entrar”, bromearon. Luego del discurso del moderador, los hombres se dividieron en 5 grupos, dos bilingües, tres en castellano. Y comenzaron a pasarse unas preguntas para comentar. “¿Qué forma de desigualdad de sexos puedes ver en tu agrupación política?”, decía la primera. Armando, del MTD Guernica, arrancó con la respuesta: “En nuestro movimiento la mayoría son mujeres. Todos hacemos de todo. Hay algunas que cortan leña. Yo, por ejemplo, doy apoyo escolar, que es una tarea tradicionalmente femenina. Y hasta hay mujeres que agarran la cuchara de albañil”. Alejandro, de la Asamblea de Corrientes y Medrano, dijo que en el merendero las mujeres espontáneamente se hacen cargo de tareas consideradas femeninas, como hacer la comida. Pero que nadie tenía problema de cocinar y que cuestionaban toda actitud antisexista. Por su parte, un estudiante de la Facultad de Antropología dijo que no había ninguna diferencia entre sus compañeros y compañeras de militancia y que no se había sentido identificado con las palabras de Herman.

“Mis pertenencias como sujeto tienen que ver con estructuras sexistas —dijo Hugo mientras se mecía de pie para hacer dormir a su hija–. En la asamblea a la que voy, en Colegiales, el uso de la palabra es mayoritariamente masculino. Y en casa creo que soy machista.” Se hizo un silencio en el grupo. Fue el único que confesó abiertamente tener conductas sexistas. Dijo que si bien él cambiaba dos veces por día los pañales de su hija, su mujer lo hacía cinco. Y confesó que le costaba a veces identificar esas prácticas. “Llevamos mucho en la mochila, tenemos incorporadas costumbres que nos vienen con la educación, de las que no somos conscientes. Ni nos damos cuenta.” A su testimonio de sinceramiento le siguieron otros. Alguien dijo que para él no era lo mismo que un hombre dijera una pavada en una asamblea, a que la dijera una mujer. Siempre el comentario iba a ser más descalificador hacia la “minita”.
Hacia el final todos compartieron sus conclusiones. Tomó la palabra José, del Colectivo Autónomo Benavídez: “Nosotros tuvimos un problema en el grupo. Discutimos si dejábamos o no participar a la compañera”. Y señaló hacia atrás. Allí estaba ella. Una chica que quiso hacer el taller. Ahora, contando al bebé, las invasoras éramos tres.

En Suecia, un país donde el primer ministro dice “soy feminista”, lo habitual es que los hombres dominen los grupos militantes. Los más radicales, son siempre hombres. Y las reuniones políticas están manejadas por ellos. “Eso crea un ambiente en el cual las mujeres no se sienten valoradas”, dice Herman G. En su tesis para la Universidad de Uppsala sobre las asambleas y movimientos piqueteros argentinos de 2002, concluyó que el 80 por ciento de las personas que tomaban la palabra eran hombres y que se interrumpía más a la mujer que quería aportar ideas.
Alguien dijo que no se había sentido cómodo con el discurso de tono moralizante de Herman. Pidió que se encarara la “lucha feminista masculina” desde la presión que sienten algunos hombres por el peso que les significa el sistema patriarcal. Se les obliga a ser fuertes, proveedores, invencibles. “Que hable más fuerte”, gritó uno que no escuchaba, desde el fondo. “¡Hablá a lo macho!”, remató otro. Otra vez Herman tomó la palabra y contó que cuando anunció que daría un tallersobre feminismo para hombres muchos hacían chistes. “Podemos perder beneficios en la lucha antisexista, como la comodidad del machismo o del patriarcado. Pero no podemos llevar adelante algunas luchas antiopresivas y otras no.”

Antes de irme le pregunté a Herman por qué el taller era exclusivo para hombres. A lo que él respondió: “Porque la lucha la llevamos adelante por separado, en cada ámbito en el que la cultura nos separa. Hay baños para hombres y baños para mujeres, hay incluso colegios divididos por género. Además, porque hablar de nuestro rol como opresores es más fácil si no están ustedes presentes.”

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