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Viernes, 31 de julio de 2015

ENTREVISTA

Arriba las chicas

En el libro Tiempo de chicas, de la colección “Las juventudes argentinas hoy”, la investigadora Silvia Elizalde radiografía la diversidad de miradas y prejuicios que cruzan a las adolescentes hoy. Percibidas según su clase, su etnia y también sus elecciones, ellas son tanto el elixir de los medios y la mirada masculina; como pobres, víctimas y vulnerables o esas putitas de uso y descarte. Sin embargo, aunque al feminismo le cueste acomodar la mirada a una generación que ya crece con derechos adquiridos y que se desmarca de la genealogía del patriarcado, ellas reutilizan parte de las consignas y conquistas del feminismo para construir feminidades múltiples.

 Por Luciana Peker

“Hay una construcción de la mujer joven que es el signo paradigmático de la belleza, el éxito, la seducción que es la imagen prototípica que emplea la industria del entretenimiento y la publicidad. Esa imagen de mujer joven, sensual, sexualmente liberada es típica de clase media y es una imagen construida en la industria cultural de masas de una sexualidad apolítica que confirma el lugar de las mujeres como objeto de deseo masculino. Son las chicas de tapa aparentemente libres, pero para el ojo masculino. Sin embargo, el feminismo tiene que preguntarse si son solamente la recurrencia del patriarcado. Las chicas desarrollan otras prácticas de resistencia sin tener memoria histórica del movimiento de mujeres porque viven un clima de época que las encuentra siendo niñas y adolescentes rodeadas de leyes de salud sexual y reproductiva, de matrimonio igualitario, de identidad de género, contra la violencia hacía las mujeres. No estuvieron en las calles bregando por esos derechos, pero gozan de ese margen de acción y libertad que permiten esas transformaciones legislativas y culturales”, señala Silvia Elizalde, la investigadora que más mira a esas nuevas generaciones de chicas apartadas de los corsets fácilmente descifrables y, muchas veces, apuntadas por prejuicios múltiples. Y de acá. En el mundo hay investigaciones sobre la girl culture. Pero las pibas argentinas, cruzadas por las diferencias de clase, de género y de edad, son tan múltiples como potentes y diferentes de los otros y entre ellas.

Tener calle o hacerse la linda, ser un cachivache o la novia oficial, ser una nena cumbiera o una it girl mediática. Son todos calificativos externos o propios de las jóvenes diversas y diferenciadas por la clase social y las miradas sociales entrevistadas por Silvia Elizalde en el libro Tiempo de chicas. Identidad, cultura y poder, que integra los primeros seis títulos de la colección “Las juventudes argentinas hoy: tendencias, perspectivas, debates”, del Grupo Editor Universitario.

Silvia Elizalde es licenciada en Comunicación Social, con una Maestría en Sociología y un Doctorado en Antropología. Es investigadora del Conicet con sede en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. También es docente en la Universidad de La Plata. Y una de las coordinadoras del Programa de Actualización en Comunicación, Géneros y Sexualidades de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

Silvia es mamá de Sofía (7) y Julia (5). Nació en la Ciudad de Buenos Aires, pero se crió en La Pampa en una familia de cuatro hijas mujeres y se desmarcó de los mandatos eligiendo a Olavarria como lugar de estudio. En el momento en que el siglo dio la posibilidad, en el 2000, de empezar de cero ella también empezó a trabajar con las mujeres que se asomaban a la adolescencia. Las letras se salen del molde con los talleres de género y derechos que da en las villas 1 11 14, del Bajo Flores –con un grupo autobautizado Las Feas del Bajo–, y de Ciudad Oculta, en Mataderos, con Las Desocultas. “Es una preocupación que la producción académica sea también parte de la producción cívica y de un ejercicio de la ciudadanía”, resalta. Y pone la tinta sobre esas chicas que nacieron en los noventa y que tienen mucho más que una década ganada.

¿Qué te cambió cuando empezaste a trabajar con chicas?

–La experiencia de trabajar semanalmente con mujeres jóvenes de sectores populares me mostró su deseo de construir una voz propia y lo importante que significaba para ellas contar con espacios para poder narrarse, construir una femineidad colectiva o plural donde es posible pasar del relato de la intimidad a preocupaciones sobre el barrio y que todo tuviera que ver con un continuim sin recibir sanción sobre que contenido es trivial y que contenido es importante. Las chicas ponen a prueba mis lecturas de feminismo clásico.A mí me interesa como se constituyen las femineidades como una experiencia vital y como están atravesadas por la etnia, la edad, la generación, la orientación sexual y la clase. Pero hay pocas preguntas sobre esa especificad. No se puede englobar en un mismo colectivo homogéneo el conjunto de prácticas que atraviesan a chicas de distintas clases y geografías.

¿Cómo es la relación entre las jóvenes y el feminismo?

–Estas experiencias de chicas comunes heterosexuales están recreando muchas posibilidades, no necesariamente en una clave feminista, pero sí en una clave que a los adultos nos cuesta entender con las formas de entender el amor. Se puede advertir un conjunto de negociaciones como no acordar con todos los mandatos del amor romántico: no están de acuerdo sobre que los tipos las celen y las controlen u opinen sobre sus gustos, pero no están dispuestas a que no las cortejen o no las inviten y les paguen o no quieran tener una relación comprometida emocionalmente. No son hijas del patriarcado y de la subyugación del amor romántico, pero construyen afectividades y una vida sexual mucho más rica que las de sus madres. No es esta la experiencia de todas las chicas, pero sí de muchas. También hay mucha mayor permeabilidad en los sectores medios en pensar la orientación sexual como una posibilidad habitable.

Tenés una mirada positiva sobre las chicas. ¿Por qué la mirada social es tan despectiva con ellas?

–Está la denuncia del feminismo sobre la cosificación y las chicas están totalmente cosificadas desde los medios. Pero esas imágenes son modelos de femineidad con los que las chicas pueden coquetear y reinventar los propios. Reutilizan parte de las consignas y conquistas del feminismo para construir femineidades múltiples, para nada homogéneas. Sí se advierte una mirada crítica respecto del sexismo, el machismo y la homofobia. Las chicas responden claramente que los varones no tienen porque ser violentos. Hubo miles de chicas en la marcha del Ni Una Menos. No están por fuera de esa interpelación social. Pero hay que correrse de la dicotomía de pensar determinadas experiencias de mujeres jóvenes como una discontinuidad del feminismo, aunque negocien con ciertos discursos masculinos y tengan una búsqueda del reconocimiento de la mirada masculina de tener atractivo sexual. Por otro lado, hay que asumir que ya nacer y socializarse en un clima de época muy distinto al de sus madres supone que no están informadas de las luchas. No necesariamente van a reivindicar a todas las mujeres que salieron a la plaza para decirle a un chico que si no usa preservativo no se acuestan o por las que tienen la píldora del día después.

¿Qué les pasa a los chicos con una generación de chicas que ya no tienen que ser vírgenes sino que van al frente con sus deseos amorosos y sexuales?

–No pasa algo muy diferente respecto a la generación adulta. Los varones jóvenes están más permeables a un discurso que ha horadado la virilidad dominante. Pero hay muchas modulaciones de clase. Por supuesto que especificar la mirada en las mujeres jóvenes no significa olvidar que los géneros se construyen relacionalmente en las dinámicas sociales y que, por lo tanto, las prácticas y experiencias de los varones tienen mucho para decirnos sobre los vínculos intergeneracionales e, incluso, sobre las brechas que los separan de los adultos. Al respecto, me interesa observar estos procesos en las interacciones que los y las chicas establecen entre sí a través de ciertos entornos digitales en procura de relacionamientos erótico-afectivos, porque allí se juegan sugerentes pistas sobre los nuevos contratos sexuales y amorosos entre la juventud. Y también me parece clave avanzar en una comparación con lo que ocurre en las generaciones más grandes.

¿Qué pasa, por ejemplo, con el miedo masculino al deseo femenino que se trasluce en redes sociales como Tinder?

–Mientras que los sitios de citas por Internet, que suponen completar largas listas con datos personales y cierto despliegue discursivo para la presentación de sí, se concentran en las personas de entre 35 y 55 años (por ser el nicho promedio de mayor capacidad de consumo de bienes y servicios asociados) Tinder hace furor entre personas de todas las edades. Se trata de una aplicación para celular basada en una suerte de book casi infinito de fotos de posibles contactos o parejas sexuales en el radio geográfico que se desee con sólo clickear el ícono de un corazón y en la posibilidad de chatear al instante con quien a su vez dio ok a nuestro perfil visual. El famoso “speed dating”. Allí casi nadie pone por escrito más de uno o dos renglones, con suerte, pese a que hay excepciones, que me resultan de lo más interesantes. En una entrevista para un trabajo mayor sobre este tema “Tendencias. Claves sobre la cultura argentina hoy”, que saldrá publicado en una compilación organizada por el sociólogo Alberto Quevedo, una chica, de 20 años, me dijo: “Yo conocí un montón de pibes y pibas por Tinder, y con dos me encontré para tener sexo. Es más directo, tipo: “¿Qué buscás?”, y ahí vas viendo. Se supone que es para eso, pero también conocí chicos y chicas que son buena onda, pero no pasó nada. Está bueno”. La recursividad de la orientación del deseo sexual es algo mucho más frecuente entre las chicas de lo que se cree o presupone. La mayoría entra varias veces al día, le da ok a muchas personas y luego evalúa con más calma si efectivamente tiene ganas de entrar en contacto. En ese caso, rápidamente, se pasan al Facebook y siguen por Whatsapp. También, admiten, al tiempo se aburren de “matchear” personas, desinstalan la aplicación y, recurrentemente, vuelven a instalarla, para que la rueda vuelva a girar. “¿Qué buscás?” es una pregunta directísima, que borra de un plumazo la insinuación velada del cortejo, volviéndolo obsoleto. Por lo que registré en las entrevistas que hice esto no significa que no se esté buscando, también, aunque no siempre, un encuentro donde la sexualidad tenga alguna base emocional de mayor calado. La misma chica me contó “Yo he tenido unos orgasmos geniales con gente que nada que ver, pero igual, en general, además de que me guste trato de estar con un chico o una chica con la que me pueda cagar de risa, pasarla bien y no sólo coger”.

¿Los hombres ponen resistencias o fobias frente a las mujeres que van en busca de su orgasmo?

–Es muy interesante contrastar estas situaciones con ciertos modos de presentación de la masculinidad en varones más grandes. Un tipo de 39 años, por ejemplo, escribió en su perfil de Tinder: “Me dijo el Príncipe Azul que me ocupe de vos, que él no puede con todas” y otro, de 38 retomó la misma figura mítica patriarcal para escribir “La única manera de que consigas un Príncipe Azul es asfixiándolo”. Muchos de los hombres de esta otra generación, que son 15 o 20 años mayores que los y las jóvenes, usan el humor para exorcizar fantasmas. Recuerdo otro que se presentó así: “padre, buen compañero y amigo. Además lavo, plancho, cocino, coso botones, hago ruedo de pantalones, limpio la casa y hasta tiendo la cama, hago las compras, lavo mi auto y no solo eso, además bajo la tapa del inodoro! Llame ya! Solo para entendidas”. Claro que no faltan los que se quejan de las mujeres que se muestran abiertamente como seres deseantes. Uno de 40, lo decía así en su perfil “estoy harto de las mujeres que quieren sexo casual. Si digo no, es no. Yo elijo también. Soy soltero y no estoy para piratear. Solo mujeres con fines serios!”. Lamentablemente, no faltan tampoco los comentarios misóginos o sexistas, del tipo “Calladita te ves más bonita”. Son apenas un par de ejemplos al azar que jamás podrían pretender un conocimiento, por demás poco factible, del océano incalculable de perfiles y narraciones que habitan en este tipo de aplicaciones, pero son pistas interesantes para reflexionar sobre ciertas nuevas formas de organización cultural de la libido entre las generaciones jóvenes y las más grandes.

¿Qué significa que Esperanza mía, con una monja como protagonista en la piel de Lali Espósito, ahora sea un icono adolescente erótico?

–Cuando se sobresexualiza se vuelve a la condición virginal como un lugar deseable que se puede vivir con alegría y plenitud. Eso tiene el visto bueno de la legitimidad mediática. El mensaje clarísimo para las chicas es que tienen que ser bellas a cualquier costo. Pero hay mucha resistencia.

¿Cuál es la diferencia en los prejuicios sociales entre la it girl (cantante, hija de famoso, modelo o monarca) y la putita o la vulnerable de sectores populares?

–La estigmatización de la sexualidad de las chicas de sectores populares cae rápidamente en la puta o la putita, de las chicas fáciles. Por eso, en el libro cuento cómo es demonizada (en mayo de 2012) la victima de abuso sexual por parte de un wachiturro. No importó que, efectivamente, la chica haya sido abusada. Sobre ella cayó la condena social con la pregunta: “¿Qué hacía una chica de 13 años arriba de la combi de su músico favorito?”. Ahí aparece el peso enorme de una moral sexual conservadora que ve como inadmisible cierta demostración del deseo de parte de los jóvenes.

Los prejuicios sobre Melina Romero y Lola Chomnalez en los medios fueron distintos por su clase social. Pero a las dos y a sus familias se les cuestionó que hayan ido a bailar o a leer a la playa solas. ¿La cobertura mediática de femicidios presiona para que se le corte la libertad y autonomía a las adolescentes?

–Aparecen ansiedades de parte de los adultos que interpelan las formas de pensar los cuidados o de formación en una ciudadanía en género y aparece el temor que no salgan, que es un temor que está refrendado por los datos de femicidios. Es innegable que se genera una figura de una peligrosidad inherente a la condición femenina. Si sos mujer estás en riesgo. Hay un vacío generacional en las formas de construir un discurso honesto y de cuidado acorde a las nuevas claves.

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Imagen: constanza niscovolos
 
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