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Viernes, 9 de abril de 2004

YO, PECADORA

Temor del dios Todos

No puedo decir que me arrepiento, pero sí aventurar el veredicto de culpable. No puedo estar segura de que el Dios que promete vomitar a los tibios existe, pero temo terminar, junto a [email protected] [email protected], expulsada de sus fauces. Podría pasarle a cualquiera en estos días en los que parece que no firmar el petitorio que confeccionó, de buena fe, el padre de Axel Blumberg es poco menos que un pecado capital. Como es también un pecado, a juzgar por lo conmovedor del asunto, decir que no, que todos no podemos ser Axel, que Todos no somos el padre de Axel. Y eso que es claro y notorio. No pueden ser Axel los pibes que año a año son acribillados ya no por el gatillo fácil sino por balas que llevaban su nombre porque estos mismos pibes habían servido a la policía que los mata. No pueden ser Axel, no nos conmueven como Axel porque estamos tan acostumbrados a perderlos en el camino que no nos estremecen sus cuerpos torturados. No son Axel los chicos que hace un año nos estremecían por la exposición de sus huesos en cuerpos desnutridos y que no merecieron marchas tan masivas. Es mi culpa, mi gran culpa pecar de obvia, hacer este recuento de obviedades que resulta pecaminoso nombrar a riesgo de ser tildada de desalmada. Me admito brutal pecadora por no entender de qué se trata el nosotros que se dice tan fácil para designar a sectores de la clase media; mientras que los otros son los delincuentes –ni siquiera los que delinquen, sino los que adquieren una identidad estanca, inamovible, casi un sello o un estigma–, los que no trabajan –en oposición a ese nosotros de “personas trabajadoras”–, ni siquiera estudian o no mandan los chicos a estudiar. Temo el castigo que podría tocarme por seguir convencida de que alambrar en torno del “nosotros”, levantar muros –como el que se puede ver en San Isidro en torno de La Cava–, militarizar barrios enteros, convertir containers en cárceles y anular la posibilidad de que quienes estuvieron presos se reintegren paulatinamente a la vida en libertad no salvará a nuestros hijos e hijas de la violencia; máxime cuando la violencia es el lenguaje que mejor hablan las instituciones. He pecado sí, de ingenuidad por esperar que los medios en general y los audiovisuales en particular no se sumen como mansos corderos al grito de sus consumidores, que piensen que no hay necesidad de poner mesas para firmar un petitorio que la mayoría de los que estuvieron en la plaza la semana pasada apenas sabe de qué se trata. Peco por no cumplir con el temor a ese “nosotros” que se ha ungido en dios y al que parece tan luctuoso contradecir.

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