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Viernes, 9 de junio de 2006

TALK SHOW

Progenie

 Por Moira Soto

No hay espectador/a que pueda no sentirse concernido/a por Los hijos de los hijos, la divertida y emocionante pieza con dramaturgia de Inés Saavedra –a su vez directora, con la creativa complicidad de Damián Dreizik– que se representa en La Maravillosa. Y no sólo porque en la Argentina casi todo el mundo desciende, en línea más larga o más corta, de inmigrantes (porque ya sabemos lo que pasó con los nativos de estas latitudes a manos de los primeros inmigrantes, o con los hijos de los hijos de los hijos... hasta llegar a la actualidad), sino porque la cuestión de los exiliados forzados, de los refugiados, de aquellos que huyen del hambre, el maltrato o el dominio de invasores, se ha agudizado y globalizado en los últimos años. “El extranjero aislado de sus compatriotas y su familia debería ser objeto del mayor amor por parte de los hombres y los dioses”, escribió allá lejos y hace rato Platón, según una cita de la revista Refugiados (Nº 120, de 2003). Pero lamentablemente aquí y en España, así como en muchas naciones de Occidente (por no meternos con Oriente), lo del crisol de razas, el mosaico multicultural, la intolerancia y la integración han quedado, siguen quedando, con harta frecuencia, en los papeles, en la mitología escolar, en la pura presunción en tanto que perviven los apartheids, los guetos, el prejuicio discriminador e insolidario.

En Los hijos de los hijos –es decir, los nietos de la gente que se vino a estos pagos australes con la esperanza de recomenzar, o más bien de empezar una nueva vida– se narran detalles menudos de la historia sin relieve de gente que resistió la adversidad y se aventuró, se desgarró, de descendientes que resisten en el presente como pueden, sin mayores éxitos. Laburantes que en algunas ocasiones se transfiguran –con trajes de luces y gaitas que hacen sonar de verdad– en artistas que bailarán y harán música de la tierra de sus ancestros. Así, después de diálogos de una cotidianidad –dicho sea a favor– abrumadora, de postales de un pasado que gracias a unos pases de magia puramente teatral se acoplan al relato central y lo profundizan y enriquecen integrando otras dos vertientes de la inmigración como los judíos y los italianos, los gallegos –nietos de gallegos– Amparo, Alfonso y Cándido, en esa trastienda apeñuscada y poco hospitalaria de un restaurante de la colectividad, se engalanan para hacer su número.

A través de ese ritual de vestirse y preparar las gaitas que tiene un toque de mística, los dos hombres y la mujer levantan vuelo por encima de las minucias prosaicas, de la vulgaridad. Ya son [email protected] antes de abandonar ese depósito que se convirtió en barco, en campo de una batalla de la Guerra Civil y en pantano ruso helado, y salir a escena en el Centro Lalín, rastro histórico de una localidad de Pontevedra, donde se celebra la fiesta de San Pedro Golada (ligada, como toda la zona gallega de la obra, a la novela familiar de Saavedra), con un menú que incluye matambre con rusa y pulpo a la gallega... A quién le puede importar que los trajes de baile tradicionales gallegos no lleven lentejuelas, cuando lo que está en juego en ese momento para Amparo, Cándido y Alfonso es algo más esencial, más medular.

A riesgo de redundar sobre lo que ya dijo la crítica, vale remarcar que para las actuaciones de Susana Pampín, Ricardo Merkin y Marcelo Xicarts sólo cabe la admiración agradecida por la plasticidad para las transiciones, la diversidad de recursos, la verosimilitud que logran en perfecta armonía, bajo la conducción de Saavedra y Dreizik, con las luces tan inspiradas de Eli Sirlin, la música en escena de César Rojas, la banda sonora creada por Leonardo Iruzubieta, que materializa en forma casi palpable los sonidos del comedero.

Los hijos de los hijos, viernes a las 20, sábados a las 20 y a las 22, y domingos a las 18, a $ 20, en La Maravillosa, Medrano 1360, 4862-5458.

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