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Viernes, 8 de agosto de 2003

Bajo un mismo techo

Pocos son los lugares en donde las distintas clases sociales se juntan. Difícilmente pobres y ricos vivan bajo un mismo techo a excepción del binomio mucama-patrón. Pero la mucama no sólo se desempeña como limpiadora profesional, también es confidente, niñera, tema de discusión entre mujeres cuyas vidas parecieran depender enormemente de la eficiencia de ellas, iniciadora sexual de los jovencitos patrones e incluso... mucama”, describe Marcelo Mosenson, en la introducción a su documental Bajo un mismo techo, dedicado a hurgar sobre esta particular convivencia.
“Mi hora de descanso jamás me la respetan. Aunque la señora esté al lado del teléfono, me tengo que levantar yo. Y si suena el timbre, lo tengo que atender yo”, se queja Norma. “La señora quería que sirva por la derecha. Y cuando me equivocaba, me retaba delante de un montón de gente por cómo había puesto la mesa. A mí me daba una vergüenza tremenda. Yo también soy una persona”, se lamenta Antonia. Norma dice con bronca: “No soporto estar en una casa ajena. El trabajo no me molesta, pero no aguanto sentirme todo el día vigilada”. “Yo temblaba cuando escuchaba la campanita de la mesa”, recuerda Antonia. “Cuando me dijeron que me tenía que poner uniforme, no quería salir ni a la puerta, no quería que nadie me viera”, revela Suni, llegada desde Paraguay, su tierra natal.
Del otro lado, la vida se ve de otro color. “En casa tienen uno para la mañana y otro más lindo, más paquete, para la tarde”, detalla María del Carmen. Patricia puntualiza: “Yo les pido el talle y lo voy a comprar. Incluso (se ríe) he llegado a cambiarlo porque decían que la tela traslucía o que no les gustaba el color”. Isaac se suma: “No me las imagino en jeans, me choca”.
Ellos son empleadores de los que todavía exigen el código de barras del delantal. Pero, a pesar de necesitar mirarlas con altanería, las empleadas domésticas tienen un rol central en sus vidas. “Cuando mis chicos eran chicos, eran indispensables, más que mi marido”, resalta María del Carmen. “Yo cuando no las tengo, estoy de mal humor –confiesa Patricia–. Justo cuando llegan mi marido y mis hijos, me tengo que meter en la cocina.” Isaac se emociona: “Cuando Sarita, mi primera niñera, se fue a Catamarca porque se casaba, lloré como un loco. La recuerdo casi como a mi mamá”. Las nuevas generaciones, tal vez, ya no pidan delantal. Pero tienen aprehendida la sensación de superioridad. Martín es joven y se divierte al contar una aventura sexual. “Estuve con una mucama que era un placer cogérsela. La sacaría a pasear sin ningún problema, pero es cierto que no es lo mismo que con una amiga de tu nivel social –admite–. Tenés mucho menos que perder.”

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