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Sábado, 30 de marzo de 2013

Mi primer viaje en bondi

 Por Verónica Abdala

Mi abuela Lilí me había acompañado en colectivo a las primeras clases del instituto en donde había empezado a preparar mi ingreso al secundario. Aquella tarde era la primera en que me largaría sola, en el 152 que me llevaría desde Cabildo y Juramento hasta Vidt y Santa Fe. Me despidió con un beso en la frente y una lista interminable de precauciones a cumplir. La vi saludarme con la mano desde la vereda, y perderse en la distancia. Era mi primer viaje sola en bondi, yo tenía apenas 12 años y estaba feliz.

Saqué el boleto y me acomodé entre la gente: como no había asientos disponibles me sujeté del pasamanos con fuerza y me sentí más grande que nunca; eso, entonces, se parecía mucho a la libertad. Me alegró encontrar entre el gentío a una compañera que viajaba sola también. Intercambiamos un saludo. Entonces, llegó EL. Lo único que mi abuela había olvidado advertirme, entre los numerosísimos peligros que había imaginado acechando en ese micro, fue que en los colectivos hay señores buscando apoyar a las chicas y mujeres que, perciben, no sabrán defenderse. Como, por ejemplo, una nena de 12 años. Como, por ejemplo, yo, en mi primer viaje en 152.

Sentí su cuerpo contra el mío y me paralicé. Como pude, me moví unos centímetros hacia la derecha. EL, decidido, se movió también. Me di vuelta y lo miré con timidez, EL ni pestañeó. Me moví hacia la izquierda, entonces, y también se movió. Oí su respiración entrecortada, y me sentí avergonzada. Me faltaba el aire, no sabía qué hacer ni qué decir. Busqué con desesperación la mirada de otros pasajeros que pudieran estar advirtiendo lo que pasaba, pero nadie me prestó atención. Si vieron, hicieron como que no veían. Entendí que debía enfrentarlo o bajar del colectivo, pero no supe cómo defenderme, así que opté por lo segundo. “Me siento mal, me bajo”, alcancé a decir a mi amiga mientras sentía que mis piernas empezaban a aflojarse. “Estás pálida, ¿te sentís bien?”, fue lo último que oí antes de caer redonda al suelo. Cuando abrí los ojos vi a dos señoras abanicándome con sus carteras. Miré nerviosa a uno y otro lado: el tipo no estaba. Nunca conté a mi amiga qué me había puesto tan nerviosa, mi abuela tampoco se enteró.

Pocos meses después sufrí un acoso parecido. Aquella vez sí, todavía con 12, me di vuelta y a todo volumen solicité al caballero: “¿Tendría la amabilidad de dejar de apoyarme, por favor?”. Esa vez el que se bajó del bondi, avergonzado, fue él.

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