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Viernes, 14 de febrero de 2014

Romance entre poetas y devotos

 Por Esther Díaz*

“Lo que el salvaje que con torpe mano/ hace de un tronco a su capricho un dios/y luego ante su obra se arrodilla,/eso hicimos tú y yo./ Dimos formas reales a un fantasma,/de la mente ridícula invención,/y hecho el ídolo ya, sacrificamos/en su altar nuestro amor.” Así expresa el más romántico de los poetas de habla hispánica –Gustavo Adolfo Bécquer– el simulacro de base de la forma de amor que, paradójicamente, él mismo sustentaba, el romántico.

La astucia del sometimiento es hacerles creer a sus presas que lo que ocurre es “natural”. A ello hay que agregar que la gramática no es inocente, aunque hay algo de ingenuidad en creer que por escribir en género neutro o incluso en femenino se van a equiparar los derechos de las mujeres. El amor romántico o la preponderancia del género gramatical masculino son efectos de la dominación, no sus causas.

Pero, ¿cómo comenzó históricamente la sumisión por medio de los sentimientos y el discurso amoroso? Los orígenes son múltiples y lejanos. Pero pongamos coto y extendamos una línea histórica que nos lleve –con la rapidez de unas pocas palabras– desde fines del medioevo hasta el presente. En el siglo XI europeo el volumen cultural ocupado por la figura de la mujer se transformó. Comenzaron a menguar los asesinatos de niñas recién nacidas y surgieron mujeres con espacio de poder intelectual, religioso o económico, fundamentalmente a raíz del alejamiento de los varones comprometidos con guerras de conquista a las que disfrazaron de religiosas. Las Cruzadas.

Además, el discurso culto, que era masculino, comenzó a tematizar a la mujer. Surgió así el amor cortés, una expresión literaria que acompañaba cierta realidad en las prácticas de la nobleza, y la devoción a María como contrafaz religiosa de ese tipo de amor. Hasta esa época la figura de la madre de Jesús había sido irrelevante. Es decir que se formó una pinza que atrapaba a la mujer no solamente desde el laicismo sino también desde la religiosidad. El modelo de María acaricia el ego macho: madre sin haber conocido la concupiscencia, fiel, bella e inmaculadamente protectora.

Los discursos marianos y los cortesanos empezaron a dibujar el modelo de lo que con el tiempo iba a convertirse en un sentimiento que parece natural: el amor romántico. Obviamente que existe una base psíquico-fisiológica que sustenta nuestros sentimientos, pero las formas son labradas por las prácticas y los discursos que los configuran. Las voces masculinas acompañadas por laúdes le cantaban al amor: debía ser único y para toda la vida, el verdadero amor no desea otros besos que los de su enamorado, sin celos no se puede amar, no come ni duerme quien está enamorado, la amada debe esperar pacientemente al hombre que, al regresar, le ofrecerá sus trofeos. Y si bien la obligación en principio parecería mutua, es claro que no lo es puesto que el varón corretea libre por el mundo mientras ella aguarda con apacible devoción y a veces hasta con cinturón de castidad.

Una forma posible de abordar la sumisión impuesta sería analizar las prácticas y las operaciones discursivas que descalifican a la mujer. Desnudar las estrategias de la religión, la justicia, la pedagogía, la economía, la empresa, la ciencia en general, las disciplinas técnicas en particular y, obviamente, la familia tradicional. Habría que someter esos resultados a una crítica política que busque frustrar la dominación mediante dispositivos de resistencia.

La ignominia del femicidio, la disparidad en el reconocimiento laboral, la inequitativa distribución de las tareas domésticas o las trampas escondidas detrás de los símbolos románticos reclaman una desestructuración de la red patriarcal alimentada no sólo por la mayoría de los varones sino también por varias mujeres. El machismo no tiene género.

Ahora bien, ¿cómo abordar semejante problema? Esa respuesta no está disponible. Pero la deconstrucción de las categorías fundamentales de la coacción puede ofrecer pistas para análisis que, eventualmente, logren mover conciencias y habilitar acciones. Hace falta mucho trabajo para desentrañar la malla dominante. Sin embargo, cuando nos damos cuenta de lo que acecha detrás del amor perenne, la unicidad de la pareja, la fidelidad, la disparidad de edades aceptada para el varón (que puede ser mayor y desprolijo) y prohibida para la mujer (que debe ser joven y bella) o el contigo pan y cebolla, ya logramos al menos una vibración que, aunque milimétrica, comienza a hacer estremecer –cual leve temblor de ave dormida– la móvil y resistente red de la opresión.

* Doctora en Filosofía (UBA), docente e investigadora.

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