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Lunes, 24 de noviembre de 2003

A TREINTA AÑOS DE UN EPISODIO BOCHORNOSO

El día que Chile le ganó a Nadie

El 21 de noviembre se cumplieron treinta años del simulacro de partido a través del cual Chile, en el estadio Nacional de Santiago, se clasificó para el Mundial de Alemania 1974 ganándole 1-0 al equipo de Rusia que no estaba allí... Todo sería risible si no estuviera manchado por el oprobio y la vergüenza de las circunstancias políticas que lo rodearon.

Por Juan Pablo BermUdez

El Chamaco Valdés tomó la pelota y avanzó despacio, tranquilo, hacia el campo contrario. Nadie lo marcaba. El árbitro chileno Rafael Hormazábal seguía la jugada de cerca, bien de cerca por las dudas. Valdés le pasó la pelota a Carlos Reinoso, Reinoso se la dio a Julio Crisosto y Crisosto otra vez a Valdés que, ante la impaciencia del público que colmaba las tribunas del estadio Nacional de Santiago de Chile, y tal vez ante su propia impaciencia por terminar con el grotesco cuanto antes, le pegó directo al arco. La pelota entró también tranquila, sin obstáculos, sin pedir permiso. Los hinchas chilenos gritaron el gol como si hubiese sido producto de una jugada espectacular, aunque también las risas formaron parte del festejo. Con ese tanto, el 21 de noviembre de 1973, hace treinta años, Chile se aseguraba el pasaje al Mundial de Alemania ‘74 al derrotar al ganador del Grupo 9 de Europa: la Unión Soviética. El detalle, anecdótico, es que la selección de la Unión Soviética no estaba en la cancha. De hecho, ni siquiera había viajado a Santiago. Con ese tanto, entonces, la selección de fútbol de Chile se aseguraba también un lugar en el libro negro del deporte.
Justo quince días antes de la fecha programada para el partido de ida entre la selección trasandina y los europeos del este, el 11 de septiembre de 1973, el siniestro general Augusto Pinochet había derrocado al gobierno socialista de Salvador Allende mediante un golpe de Estado sangriento, estremecedor. Ese mismo estadio Nacional había sido uno de los improvisados centros de detención y tortura de los que la tiranía pinochetista suponía de antemano peligrosos para el bien del futuro régimen. Los cálculos más aproximados estiman que durante los primeros diez días de dictadura militar pasaron por la cancha de fútbol más de cuarenta mil detenidos; muchos de ellos no salieron vivos de allí. Merced a esa muestra de barbarie, el estadio adquirió una dimensión histórica –por lo terrible– que con el paso del tiempo le otorgó entidad de mito. Un ejemplo: siempre se dijo, y aún hoy se lo toma como cierto, que fue ahí en donde asesinaron al reconocido músico Víctor Jara. La verdad es que quien estuvo preso en ese lugar fue Angel, su hermano, también músico. A Víctor lo llevaron al Estadio Chile, una suerte de recinto multiuso en el que se realizaban desde peleas de boxeo hasta conciertos, donde lo torturaron hasta matarlo.
Por eso mismo, el gobierno comunista de la Unión Soviética, cuyas buenas relaciones con el régimen socialista de Salvador Allende en el país trasandino eran conocidas por todo el mundo, decidió no viajar a Santiago. El primer partido de ese repechaje se había jugado el 26 de septiembre, apenas quince días después del golpe, en Moscú. Obviamente ese primer encuentro también corrió riesgo de no jugarse. Además de la inmediata ruptura de relaciones diplomáticas entre ambas naciones luego del derrocamiento de Allende, la junta militar chilena decretó que a partir de ese momento nadie podía abandonar el país, por lo cual la Federación chilena suspendió dos amistosos previstos hacía meses, en México y en Guatemala. Pero en el caso del primer partido decisivo con la URSS hubo alguien que resultó clave: el médico del seleccionado, Jacobo Helo. Como suele ocurrir en estos casos, las relaciones influyentes jugaron un papel determinante. Helo era, además, el médico personal del jefe de la Fuerza Aérea, el general Gustavo Leigh, y fue quien lo convenció de que ese partido debía jugarse para favorecer la imagen internacional del gobierno militar. Leigh, a su vez, transmitió la idea a los altos mandos militares y se decidió habilitar el despegue de los jugadores. Aunque, por las dudas, los futbolistas viajaron en un avión militar.
De alguna forma, los soviéticos aprovecharon el viaje de los trasandinos para demostrar que lo de la ruptura de las relaciones iba en serio: apenas llegados al aeropuerto de Moscú, Elías Figueroa (tal vez el mejor jugador de la historia de Chile) y Carlos Caszely fueron retenidos unas horas en la Aduana por “diferencias en las fotos de sus pasaportes”. La intención, más allá de las posibles razones de la Policía Aeronáutica soviética para dudar de los documentos, era mostrarles que no les iba a hacer nada fácil la estadía. Aunque jugadores de fútbol, a los ojos soviéticos la selección chilena representaba a un país que había derrocado, de la peor manera, a un gobierno socialista.
El partido en el estadio Lenin terminó 0 a 0. Y, claro, resultó beneficioso para los sudamericanos en muchos aspectos, no sólo en el estrictamente deportivo. Uno de los argumentos utilizados por la Federación chilena en la negativa de los soviéticos a viajar fue “que en realidad no es un boicot político, como dicen, sino que se aprovechan de esa excusa porque saben que el resultado no los favorece y que aquí les vamos a ganar”. Visto desde lo futbolístico no les faltaban razones a estos argumentos: jugado con una temperatura de cinco grados bajo cero, el partido de ida había mostrado las mil y una caras de la impotencia soviética para vulnerar ya no el arco chileno sino a Elías Figueroa. El defensor tuvo una tarde increíble, de ésas en las que al jugador le salen absolutamente todas, hasta las que no se propone. Pero además, al menos desde los trascendidos, habría existido otro factor determinante para el empate: la parcialidad del árbitro brasileño Armando Marques, un confeso anticomunista que habría sido “conversado” por el presidente de la Federación chilena, Francisco Fluxá, para no dejar perder a los trasandinos.
De todos modos, la historia que merece ser contada se escribió el 21 de noviembre de 1973, cuando Chile y la URSS debían jugar el definitorio partido de vuelta en Santiago. Los soviéticos emitieron un comunicado para explicarle al mundo que ellos no iban a disputar un partido de fútbol en el mismo lugar en el que miles de supuestos opositores al régimen de Pinochet habían sido torturados y asesinados. Y no fueron. La selección roja salió a la cancha, fue protagonista de una farsa tan ridícula como patética (“La tarde más triste del fútbol”, titularon algunos medios chilenos) y consiguió, dos meses después, que la FIFA les diera por válido el simulacro de encuentro. Así clasificaron para el Mundial de Alemania. Después del bizarro show, que por suerte duró apenas unos minutos, los chilenos jugaron ahí mismo un partido de verdad frente al Santos de Brasil. Perdieron 5 a 0 (¿le habrían ganado a la Unión Soviética?), pero ya no les importaba. El triunfo frente a la URSS los había relajado. El objetivo, deportivo y político, estaba cumplido. La dictadura de Pinochet había logrado clasificar al equipo. “Seguramente vamos a pasar a la historia”, cuenta un amigo chileno que alguien dijo en la platea cuando la corta comedia se estaba desarrollando. “¿Porque vamos a ir al Mundial?”, le repreguntó otro aficionado. “No, porque debemos ser el primer seleccionado de la historia que, sin ningún tipo de vergüenza, le hizo un gol a un equipo fantasma.”

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EL ESTADIO NACIONAL DE SANTIAGO DE CHILE, ESCENARIO DEL OPROBIO Y LA TRAGICOMEDIA.
 
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