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Lunes, 6 de enero de 2003

MURIO, A LOS OCHENTA AÑOS, UN JUGADOR EXTRAORDINARIO

Loustau y el fútbol de argentinos felices

Félix Loustau fue, para una amplia mayoría, el mejor wing izquierdo que dio este país. Puso arte y fue parte de un período único del fútbol criollo y del River más ganador. Jugó quince años, desde 1942 –cuando integró La Máquina– hasta 1957, y en ese lapso salió ocho veces campeón con su equipo y tres veces con la Selección en torneos sudamericanos. Un jugador intuitivamente moderno, todo terreno, todo tiempo, todo fútbol.

 Por Juan Sasturain

Debe haber llegado envuelto en papel celofán o al menos de colores como un regalito –chico, por él mismo y por las circunstancias– de Navidad. Porque el diminuto Loustau cayó en casa humilde de Avellaneda un 25 de diciembre del ‘22, hace tanto tiempo y en un país tan distinto que el hecho de que se haya muerto ayer, a los ochenta y en la misma Avellaneda parecen dos hechos ocurridos en mundos, dimensiones diferentes. Y es cierto.
Le pusieron Félix y repartió felicidad. Hermoso destino. Uno no lo sabe nunca, pero también debe haber sido feliz él mismo, cuando jugaba al menos, porque la habilidad –el ejercicio de la habilidad– que implica al cuerpo y al juego, como el baile, es una práctica gozosa. Y Félix Loustau fue, básicamente, un jugador hábil.
Y wing. No hay que olvidarse de eso: Loustau jugaba –en principio– de wing. De eso que ahora muy pocos juegan, ya que los “extremos” son otra cosa. Overmars, el petiso holandés del Barcelona, es lo más parecido a un wing que se ve en pantalla. Aunque el Mellizo Guillermo cuando se queda un rato por la raya y Denilson cuando Brasil la tiene que tener por izquierda están más en la sintonía de Loustau. Pero es incomparable; incluso con el Loco Corbatta o con Garrincha –que arrancaban en su ocaso– o Bernao o el Negro Ortiz o Houseman en las décadas siguientes. Era otra cosa.
El fútbol tal como lo conoció, lo jugó y disfrutó el pequeñísimo Chaplin –así le decían, con 65 kilos, gracia natural y bigotitos– pertenece a un período cerrado como el álbum inviolable de los mejores recuerdos: el fútbol argentino que va de la época de la Segunda Guerra Mundial al “desastre” de Suecia: la segunda Epoca de Oro, si caben las mitologías.
Ese período glorioso –que coincide, en sus años centrales, con la década del peronismo en el poder– en que proliferaron los cracks, las canchas estaban llenas y el forzoso y/o elegido aislamiento respecto de Europa permitió la retención en casa de dos generaciones enteras de grandes jugadores. En ese caldo de entrecasa se fraguó la belleza de un estilo, se alimentó la ilusión de los nunca confrontados “mejores del mundo”, se disfrutó del fútbol-juego como nunca. Loustau llegó para la inauguración –estaba cuando se puso en funcionamiento La Máquina– y se fue exactamente cuando apagaban las luces y moría un estilo tras el 1-6 ante los checos.
Sin contar sus compañeros de Selección, en River nada más, Loustau jugó con Pedernera, Moreno y Labruna en los ‘40; después con Prado y Walter Gómez a comienzo de los ‘50 –siempre con Labruna, claro– y llegó a compartir delantera con el Beto Menéndez y Sívori, a los que les llevaba más de quince años, en el final.
Hay que pensar en un fútbol diferente, claro; a otra velocidad, con otras prioridades, de posiciones generalmente fijas –él fue renovador en eso– en que existían las “alas”, las parejas ofensivas, que “combinaban”, por izquierda sobre todo: Campana y Busico, Labruna y Loustau, Gandulla y Emeal, Simes y Sued, incluso Lugo y Garabal... La tradición habla de jugadas “de memoria”, de conexión casi extrasensorial: gambeta y desborde de Loustau, pase a Labruna, (“el Feo que encorvaba el lomo...”) y gol de River. Con calco, en la leyenda.
Atendiendo a los números, cabría puntualizar que Félix Loustau debutó a los veinte en 1942 en la Primera de River en lugar de Deambrosi –había hecho las inferiores en Racing– y permaneció quince años con la once en la espalda hasta que le dejó el puesto al Mono Zárate. Hizo 101 goles en 365 partidos oficiales. Y en la Selección, con tres sudamericanos al hilo en los ‘40, jugó 27 partidos con 10 goles. Le tocó disfrutar y participar de la construcción del ciclo más exitoso de River en su historia: fue campeón en 1942, ‘45, ‘47, ‘52, ‘53, ‘55, ‘56 y ‘57... Se fue, y empezaron los dieciocho años de malaria.
Los detalles respecto del año que jugó, después, en Estudiantes, o la terminación de su campaña en la liga de Tandil, donde siguió saliendocampeón, no son sino eso, datos, porque la leyenda estaba cerrada. Después hizo el curso de técnico y se quedó en la AFA, donde trabajó hasta los últimos años en Selecciones Nacionales.
Félix Loustau fue un jugador de fútbol, no un atleta. Chiquito, esmirriado casi, con problemas de salud que le impedían entrenarse exhaustivamente, nada le impidió imponerse como futbolista. Era marcador lateral en la tercera y Renato Cesarini lo puso de wing. El después se ocupó de recorrer la cancha con libertad, echarse atrás, tapar al ocho que subía, volver por afuera, llegar al fondo y al gol. No leyó los libros ni se los contaron: el manual y las instrucciones para ser el wing soñado los escribió a pie, artesanalmente sobre el costado izquierdo de la hoja, de la cancha quiero decir.

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