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Domingo, 21 de abril de 2002

RESEÑAS

Araca la cana

LA POLICIA
PASADO, PRESENTE Y PROPUESTAS PARA EL FUTURO
Martin Edwin Andersen
Sudamericana
Barcelona, 2001
458 págs., $ 23

POR MARTIN DE AMBROSIO

Robos, asesinatos, secuestros extorsivos, torturas, contrabando, trata de blancas y narcotráfico: ésta es la historia de la policía argentina, una historia de éxitos. Quien se dedica a la grata tarea de contar esa sucesión de crímenes –muchas veces relacionados con los poderes políticos que los cobijaron y otras causados tan sólo por la “autonomía relativa” del policía criminal– es el periodista norteamericano Martin Andersen, corresponsal del Washington Post y de Newsweek en Buenos Aires.
A pesar de que los contra-ejemplos policiales (Pirker, Yrigoyen, el Sérpico de Nueva York) intentan servir para una módica argumentación inductiva acerca de las posibilidades de “regenerar a la institución”, después de leer más de 400 páginas en las que abundan fusilamientos simulados y concretados, entre otras prácticas de la institución, la sensación que predomina es el horror y no la esperanza de cambios.
Sin embargo, horrores al margen, el libro sirve para repasar buena parte de la historia argentina, siempre enredada con la represión, la criminalización del disidente o del pobre, mientras la clase dirigente se hace la distraída. Por supuesto, el recorrido por la historia azul no es uniforme y eso permite distinguir singularidades. Igualmente, a los intentos de “servir a la comunidad” del Yrigoyen comisario “del pueblo” (en 1872, a sus 20 años, fue nombrado en la parroquia de Balvanera gracias a su tío Leandro Alem) se le contrapone rápidamente Ramón Falcón, el comisario responsable de la masacre de la Plaza Lorea. A contramano de su fama de “policía bueno” –o, tal vez, demostrando que con tibias intenciones no alcanza–, fue durante la presidencia de Yrigoyen que se cometieron algunas de las más graves masacres de obreros. La Semana Trágica, en 1919, dejó cientos de muertos y el pésimo antecedente de usar a los militares para reprimir “situaciones desbordadas”, que se repetiría con más y más gravedad hasta entrada la década del ochenta. Andersen, en este caso, no es sutil: “La actuación de la policía y los militares en el campo de la seguridad interna fue tan nefasta que se perdieron muchas más vidas humanas durante 12 años de gobiernos representativos que durante más de 35 de regímenes de la vieja oligarquía”.
Como con otros gremios, el peronismo logró ganarse la simpatía policial. Incluso se cuenta que durante la premonitoria jornada del 17 de octubre la policía saludaba con sonoros vivas a Perón el paso de las columnas hacia Plaza de Mayo. Pero el inservible recurso de la tortura, que comenzó a utilizarse sistemáticamente contra opositores durante la década infame, no menguó; más bien lo contrario. Por supuesto, después del ‘55 no vino ningún período edénico. Con militares en los puestos jerárquicos de las policías, hubo aún más tortura que durante el primer peronismo. Ese papel de controladora de la vida política se intensificó en los setenta, cuando bandas mixtas de policías y militares (y parapolicías y paramilitares) se dedicaban a la caza de guerrilleros, filoguerrilleros, o de cualquiera que oliera a ideología marxista. Y desde marzo del ‘76, como si no tuviéramos bastante con todo eso, la infernal represión bajo comando videlista que supo contar con la policía. El libro termina con cuatro “ensayos” queintentan convencer de que es posible reformar a una policia que, por lo que se ve y se lee, justificadamente supo ganarse el temor de los ciudadanos.

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