libros

Domingo, 23 de mayo de 2004

RESEñA

Salud y vitaminas

LOS INVERTEBRABLES
Oliverio Coelho

Beatriz Viterbo
Rosario, 2003
128 págs.

POR GUILLERMO PIRO

La cosa es así: tres tullidos para quienes una Enciclopedia encarna algo así como “el saber” deciden acceder al placer que otorga una fémina. Pero para ello deben afrontar una larga serie de trámites, hacer frente, acoger en el seno de su propia casa a una burocracia que cuánto más promete más ultraja, como esa mano del deudo que al mismo tiempo que acaricia alisa la mortaja.
Como todo tour de force (como todo buen tour de force), el autor se autoimpuso una corta serie de restricciones para contar una historia, restricciones de las que se propuso escapar prestamente. Porque la literatura no es la logorrea tímida del que sabe suministrar sus dones y sus sales sino, justamente, el balbuceo medido y musical, cantabile, del que nunca deja de encontrar nuevos atajos, nuevas razones, más palabras. Los invertebrables avanza por una especie de ruta oleosa, frases cuya estructura bruta es clara, que siempre se repite, pero que nunca es igual: si la primera parte de la oración muestra, la otra difiere. O dicho en otras palabras: si la primera explica, la segunda confunde. Si la primera precisa, la segunda abre el campo a las interpretaciones. Un ida y vuelta yendo de la prosa a la poesía, todo en una misma oración: de la exactitud a la imprecisión.
Un capítulo ausente (el I) evita esa impresión que parece ser la condición sine qua non de la mala literatura: empezar demasiado pronto. El capítulo (¿perdido en el forcejeo del final, censurado por el tullido-narrador?) da la pauta, desde el comienzo, de una literatura que evita a toda costa la prolijidad narcotizante que hoy contamina nuestras letras. A la manera de los maestros del nonsense (pero esta novela no tiene nada que ver con eso), Coelho burla sistemáticamente todas las expectativas, tuerce todos los caminos, retrocede cuando la convención indicaría avanzar y se detiene cuando la misma convención indicaría retroceder.
Coelho se detiene en nimiedades, posponiendo la narración del encuentro. Se podría pensar, como el mismo narrador dice en un momento, que no tiene nada que contar, o peor aún, que no le interesa contar, pero ocurre que “en el fondo me entretengo coloreando mi incertidumbre”. Hay reminiscencias “cósmicas” (Gombrowicz): un tic en un párpado que se transfiere a la comisura de la boca. El último Murena (Folisofía) parece estar acondicionando el clima y sugiriendo, en voz muy baja, los toques grotescos de los que fue maestro.
Aplastados bajo el peso de la pulcra prolijidad de corte nacional, Los invertebrables, inscripta en esa tradición (Gombrowicz-Murena), es lo que el alimento balanceado a la dieta de un perro moribundo: salud y vitaminas.

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