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Domingo, 20 de junio de 2004

RESEñA

Alemania en llamas

SOBRE LA HISTORIA NATURAL DE LA DESTRUCCION
W.G. Sebald

Trad. de Miguel Sáenz
Anagrama
Barcelona, 2003
158 págs.

POR GUILLERMO PIRO

Sabemos por quienes han sufrido que después de un desastre el sobreviviente se ve obligado a restablecer una especie de equilibrio interno, a menudo precario y frágil, entre el recordar demasiado y el recordar demasiado poco. Una parte suya, extremadamente vulnerable, está ligada a ciertas imágenes imborrables, garantizando de ese modo su propia continuidad interna. Al mismo tiempo, otra parte, para estar en condiciones de adecuarse al mundo y funcionar en él, lucha por borrar, si es posible por completo, todos los recuerdos angustiantes.
Los recuerdos pueden hacer enloquecer. Es sabido que de los que sobrevivieron a los campos de exterminio nazis “sólo aquellos que consiguieron olvidar pudieron vivir largo tiempo, y que los que poseían una memoria óptima murieron”. Quien dice esto es un escritor israelí, Aarón Appelfeld, a quien cita la escritora italiana Dina Wardi en el ensayo La transizione del trauma dell’Olocausto: conflitti di identità nella seconda generazione di sopravvissuti (1998).
Las cifras de la devastación de las ciudades alemanas en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial arrojan resultados escalofriantes. Según fuentes oficiales, sólo la Royal Air Force arrojó un millón de toneladas de bombas sobre territorio alemán; 131 ciudades fueron atacadas, algunas una vez y otras muchas veces; 600 mil civiles fueron víctimas de los bombardeos; 3 millones y medio de viviendas fueron destruidas; al finalizar la guerra, 7 millones y medio de personas habían quedado sin hogar. En una sola noche, ciudades como Pforzheim perdieron un tercio de sus 600 mil habitantes.
W.G. Sebald, nacido en 1944 en Wertach, Alemania, afirma que esa destrucción no encontró lugar en la conciencia de los alemanes. Los que, como él, nacieron después, no pudieron confiar en el testimonio de los escritores. O mejor dicho, los que pretendieron confiar en ellos no pudieron “hacerse una idea de las proporciones, la naturaleza y las consecuencias de la catástrofe provocada en Alemania por los bombardeos. Lo poco que nos ha transmitido la literatura, tanto cuantitativa como cualitativamente, no guarda proporción con las experiencias colectivas extremas de aquella época”.
Sebald encuentra que ese desastre se refleja en las obras literarias alemanas posteriores a 1945 en el silencio y la ausencia. Recuerda haber crecido “con el sentimiento de que se me ocultaba algo, en casa, en la escuela y también por parte de los escritores alemanes, cuyos libros leía con la esperanza de poder saber más sobre las monstruosidades que había en el trasfondo de mi propia vida”. Eso lo indujo a investigar la cuestión de por qué los escritores alemanes no querían o no podían describir la destrucción de las ciudades alemanas, tratando de explicarse “el modo en que la memoria individual, la colectiva y la cultural se ocupan de experiencias que traspasan los límites soportables”, y a confirmar que no existía una literatura que hubiera podido responder detalladamente a esas cuestiones. Sebald no duda de que haya recuerdos: simplemente no se fía de la forma en que se articulan (literariamente). Nadie ha descripto a Alemania en llamas. Lo que le interesa son las descripciones de los testigos presenciales, no “la reconstrucción puramente estética”, como despectivamente la llama. “Panoramas catastróficos de esa índole,imaginados retrospectivamente, de las ciudades alemanas en llamas quedan sin duda descartados por el horror que tantos vivieron y quizá nunca superaron realmente.” Si se dejan de lado reminiscencias familiares, intentos episódicos de hacer literatura y lo recogido en libros de recuerdos, “sólo se puede hablar de un continuo evitar o eludir el tema”. Es cierto que ante ese panorama no resulta fácil refutar la tesis de que los alemanes no consiguieron, mediante descripciones históricas o literarias, llevar a la conciencia pública los horrores de la estrategia de destrucción de los aliados, pero tampoco resulta fácil refutar la tesis de que es absolutamente inadecuado, hasta podría decirse estúpido, esperar de los testigos presenciales una descripción de esos hechos sin ningún tamiz estético, como las descripciones que a Sebald satisfacen plenamente, las de los corresponsales de guerra de los grandes periódicos norteamericanos.
Guerra aérea y literatura (la traducción del título original, Luftkrieg und Literatur, es ésta; Sobre las historia natural de la destrucción es el título de un libro que un “testigo presencial”, Solly Zuckerman, al que el propio Sebald menciona, soñaba con escribir algún día) es entonces menos la denuncia de una incapacidad alemana por describir la devastación, como la denuncia de la incapacidad de su autor para entender que el olvido y el silencio son necesarios para seguir viviendo, o que vivir y escribir consisten precisamente en recordar y olvidar en su justa medida. Nadie se salva en su inventario: ni Alexander Kluge, ni Max Frish, ni Hermann Kasack, ni Hubert Fichte, ni Peter de Mendelsshon, ni Arno Schmidt. Sólo Hans Erich Nossack queda bien parado. A pesar de su “marcada tendencia a la exageración filosófica y a la falsa trascendencia”, fue el único escritor que intentó escribir sobre lo que había visto “de la forma más sencilla posible”.
¿Forma sencilla? ¿Qué novedad es ésa? Para Sebald, un escritor tiene el imperativo moral de escribir lo que ocurrió, renunciando a cualquier tipo de artificio, apelando a la “precisión y a la responsabilidad”: “El ideal de lo verdadero se encuentra, ante la destrucción total, como el único motivo legítimo para proseguir la labor literaria”. Así es como se vuelve “dudosa” la descripción del bombardeo que se encuentra al final de Momentos de la vida de un fauno de Arno Schmidt (inexplicable: Sebald pasa por alto otro bombardeo, el del comienzo de la novela Leviatán). Sebald califica de “accionismo verbal dinámico” la escenificación de un ataque aéreo hecha por Schmidt. Sebald no consigue “ver” más que a un autor, “artista de la palabra sin concesiones”, “diligente y obstinado [...] en su trabajo de marquetería lingüística”. Compara a Schmidt con un aficionado a las manualidades que ha encontrado un procedimiento y fabrica así, una y otra vez, lo mismo, imperturbable. Lo “abstracto y lo imaginario” quedan descartados desde el vamos, sólo vale lo “documental y concreto”. Sebald encuentra en la descripción experta de la destrucción de un cuerpo calcinado hecha por Hubert Fichte una realidad que el radicalismo lingüístico de Schmidt no conoce. La imperturbabilidad de su lenguaje artificioso es comparada a la de los administradores del horror, inescrupulosos, dedicados ciegamente a lo suyo.
Sebald no entendió, no supo buscar. En Matadero cinco de Kurt Vonnegut hubiera encontrado la respuesta que le hubiera ahorrado pesquisas y frustraciones: “Después de una matanza sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda en silencio para siempre. Solamente los pájaros cantan. ¿Y qué dicen los pájaros? Todo lo que se puede decir sobre una matanza; ¿algo así como pío-pío-pí?”.

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