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Domingo, 5 de septiembre de 2004

ENTREVISTA MIGUEL VITAGLIANO HABLA DE SU NUEVA NOVELA

La muerte le sienta bien

Golpe de aire (editorial Norma) viene a confirmar la solidez de Miguel Vitagliano como novelista después de Vuelo triunfal, su libro sobre los años del peronismo. Bajo la idea de que comparada con la muerte cualquier cosa “es un viaje a Disneylandia”, la nueva novela aborda la muerte, paradójicamente, como una vía de acceso a la cotidianidad y la rutina.

Por Martín De Ambrosio

La cita del filósofo estoico Marco Aurelio que abre Golpe de aire –la última novela de Miguel Vitagliano– lejos está de ser una casualidad o una mera boutade. Es, más bien, una declaración de intenciones que funciona también como premonición. “Toda la novela es una reflexión sobre el estoicismo. Por eso el epígrafe, pero no sólo como inspiración de un escritor sino también como algo que marca toda la novela. Y por eso el primer enunciado de la novela está tan conectado con ese epígrafe: ‘Comparada con la muerte, cualquier cosa es un viaje a Disneylandia’. Tiene mucho que ver con la visión estoica de la vida”, dice Vitagliano.
Golpe de aire es la quinta novela del autor de Vuelo triunfal y como la anterior puede ser leída como un ejercicio de la melancolía argentina: mientras una transcurre en la década de 1950, la otra adquiere durante varios momentos el punto de vista de una viuda que recupera su vida en el exilio mexicano bajo la dictadura, a la vez que vuelve una y otra vez sobre infidelidades y traiciones varias. Incluido una serie de encuentros y desencuentros de la viuda con la amante, además de escenas de leve contenido erótico entre la viuda y el ex socio y que funcionan de ese modo apenas sugerido (es decir: nadie piensa que el torrente amoroso se vaya a desatar, pero se puede percibir una tensión contenida, sutil). Pero Vitagliano, profesor de Teoría Literaria nacido en 1961 en el barrio de Floresta, desconfía de esas rápidas interpretaciones, del mismo modo en que descree de que su temática sea “argentina”, y lejos está de pensar que lo suyo forme parte de alguna tradición narrativa local. “Lo que hay más bien es un cierto tono argentino –señala–, pero es sabido que los tonos no se pueden definir. Es como los olores de las casas; uno los advierte en cada uno de los lugares, pero nunca en la propia casa. De modo que, si pudiera definir cómo es ese tono argentino, probablemente me convertiría en un escritor extranjero.”
Vitagliano escribió junto con Abel Gilbert el libro de ensayos El terror y la gloria. La vida, el fútbol y la política en la Argentina del Mundial del 78 que puede ser pensado en este contexto de obras argentinas que subrayan uno u otro aspecto del pasado nacional, pero él insiste en que la cosa va por otro lado. “Esta es una novela sobre la muerte, y la muerte no está en el pasado sino el futuro. Uno entra en un momento de su vida en el que se encamina hacia ella mucho más que veinte años atrás. En la novela yo me pregunto por la muerte.”
¿Y la respuesta es el estoicismo?
–Yo no lo pienso de esa manera. En todo caso lo que se presenta es la posibilidad de pensar el arte como una epifanía, como un modo de atrapar en pequeños instantes la fugacidad del tiempo. En realidad, lo que pasa en la novela es que lo que pasa nunca pasa. Es decir, Ponci –el ausente personaje principal– muere, pero aparece todo el tiempo.
¿El estoicismo entonces guió el plan general de escritura?
–Hay escritores que escriben para confirmar lo que ya saben, planean una novela y después la escriben y no descubren nada. Yo lo que tengo al principio es una idea; el plan original es una pregunta y algunos recorridos posibles, pero no hay un plan férreo. Es más, tengo poco interés por ese tipo de literatura que parte de una idea, como pasa con la literatura policial o la ciencia-ficción. Ahí no hay mucha experimentación. Son cosas pensadas bajo un plan y el trabajo de la novela termina siendo la reproducción de lo que ya sabe el autor.
¿Cómo trabajó la inclusión de las voces y los puntos de vista narrativos tan distintos que tiene la novela?
–Me pasó algo extraño. Cuando creí que tenía la novela lista, advertí que algo raro pasaba. Y entonces la dejé, pasó un tiempo y empecé a escribirla de nuevo. No le encontraba la vuelta, no fluía del modo en que yo quería que fluyera. Encontraba ripios, no en la trama sino precisamente en lainclusión de las distintas voces. En ese sentido fue una novela trabajosa. La solución al problema la encontré rompiendo todo y volviendo a escribirla. Y para resolver la cuestión tuve que volver a una de las mejores novelas argentinas de la década del noventa que es El dock de Matilde Sánchez: allí ella hace un trabajo muy interesante con los diálogos.
Pese a esa multiplicidad de voces,
la novela logra fluir sin esos ripios tan temidos.
–¡Qué suerte! A mí me interesa trabajar con un tono medio, un tipo de literatura que parezca no escrita. Es difícil, un terrible problema diría. Por eso mi obsesión por observar detalles, por tratar de trabajar siempre enfocando los problemas de manera no directa sino oblicua, trabajando siempre con elementos incompletos. Para mí toda la literatura es un campo de experimentación. No concibo el arte separado de la experimentación, pero hay distintos modos de experimentar: se pueden hacer grandes construcciones que sean rápidamente vistas por el otro, pero otra cosa es cuando se experimenta al borde de la no experimentación. Yo busco experimentar sobre lo cotidiano y trabajo con minucias porque considero que ahí el arte tiene algo que decir. Y eso implica trabajar con detalles, con la porosidad de la vida cotidiana, con frases a medio decir, con la tontería y las contradicciones de los personajes.
Y por eso la mediocridad de los
personajes.
–Sí, eso es lo que me interesa. Quiero ver si ellos saben lo que yo no sé. Como no tengo ninguna idea de antemano, ningún personaje me representa, no hay alter ego alguno, no hay personajes que lleven mi voz, sino que la intención es ver las contradicciones de los individuos. Mis personajes jamás dicen cosas brillantes, jamás dicen esa frase que uno subraya y dice “ah, acá está”. Mis personajes no piensan, siempre son pensados por una dinámica externa a ellos. Trabajar de esta manera es experimentar, hacer una máquina, pero una máquina que busca ser invisible.

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