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Domingo, 12 de septiembre de 2004

El argentino reticente

Desde Venezuela, Sergio Chejfec sigue
atentamente la realidad y la literatura
argentinas. La publicación de Los incompletos (Alfaguara) es la última excusa para un regreso y para esta conversación sobre su literatura, por qué admira tanto a Saer, los conductores de televisión como los intelectuales del siglo XXI y, tópico ineludible para alguien que acaba de aterrizar de Caracas, Chávez.

Por Martín De Ambrosio

Un modo muy argentino de ser escritor es escribir desde fuera del país, exiliado. Sea por razones políticas (Gelman, Soriano, Viñas, Puig, por nombrar algunos) o por circunstancias o preferencias personales (Cortázar, Borges, Saer, Piglia), buena parte de la literatura argentina se ha escrito en el extranjero, añorando –o no- a la Buenos Aires querida. En esa tradición de exterioridad se inscribe la obra de Sergio Chejfec quien, en 1990 y a punto de editar su primera novela (Lenta biografía), decidió partir a Venezuela para codirigir la revista Nueva Sociedad. Desde entonces vive en Caracas, pero con el oído atento a todo lo que ocurre en Argentina y regresando cada vez que aparece un nuevo libro suyo.
Pese al voluntario destierro, Chejfec no ha abandonado ni el tono ni cierta temática argentina que en Los incompletos toma la forma de ese personaje que viaja por el mundo y se estaciona en Moscú. “Yo quería vivir fuera de Argentina y me sirvió estar fuera, porque Venezuela es un país muy lábil, por decirlo así: no tiene un campo intelectual muy consolidado, no hay un acento muy marcado, ni una oralidad distintiva. De todos modos, para mí la cuestión era estar fuera para tener una relación esquiva con Argentina, pendiente de lo que se hace y escribe acá, pero al mismo tiempo, al estar fuera físicamente, tener una relación productiva de nostalgia”. Y es precisamente ese ir y venir material y espiritual algo que marca su literatura. “Esa inconsistencia entre nacionalidad, presencia física y lugar de circulación imaginaria me resulta útil. Es algo así como una nostalgia productiva que me hizo escribir con distinto tono, me provocó una distancia que no hubiera conseguido de otro modo.
Ese modo de ser argentino en el exilio –que el mismo Chejfec califica de “argentinismo reticente”– no le impide reconocerse parte de una generación de escritores locales “marcada por Saer y por Piglia”, según señala, en la que están incluidos, entre otros, Charlie Feiling, Alan Pauls, Luis Chitarroni y Osvaldo Pardo. Pero Chejfec no le da a la palabra generación el sentido de una comunidad de intereses, de ideas y de preocupaciones. “Más bien, la generación en nuestro caso pasa por una serie de experiencias comunes en relación con la historia política. Estuvimos juntos por casualidades que nos reunieron en nuestra simultánea aproximación al campo intelectual.”
Las novelas de Chejfec suelen tener como personaje principal a un narrador reflexivo, cuyos pensamientos y teorizaciones marcan el desarrollo de la trama. Y Los incompletos no es la excepción: ese otro argentino reticente que es el protagonista manda una serie de postales desde Rusia que sirven como escueta información a partir de la cual el narrador reconstruye –pocas veces de modo lineal y muchas veces con contradicciones– las acciones y los pensamientos del viajero.
“Me interesó la idea de mostrar una historia completamente incompleta, por decirlo en términos contradictorios. Existe un pacto según el cual al tomar un libro uno sabe que va a empezar y terminar, aunque no comience claramente y tenga un final abierto. A mí me ilusiona poder mostrar un tipo de incompletitud que no tenga que ver con el tiempo de la historia o de la lectura, sino más bien exhibir lo artificiosa que es la lectura, mostrando su carácter arbitrario. Los personajes son incompletos porque están representados de manera fragmentaria y parcial. Los incompletos es algo fabricado, como una historia de cartón piedra.”
Habitualmente suele compararse tu obra con la de Juan José Saer, otro argentino que vive en el extranjero.
–En primer lugar eso es muy halagador, pero me parece que no hay equivalencias entre la literatura de Saer y la mía. Son muy diferentes; la de Saer es una obra muy compacta, de jerarquía, que tiene una propuesta definida. Yo concibo a mi literatura como más cavilante, más en proceso, más en deliberación con los propios contenidos, y no es un proyectocerrado. La de Saer es la de un gran escritor, yo sólo soy un escritor. Esa es una gran diferencia.
Al dejar Argentina justo en el comienzo de la década de 1990, podría decirse que evitaste el menemismo...
–Evitar... es precisamente una manera incompleta de decirlo. Lo evite digamos físicamente, pero en cuanto a resultados fueron inevitables para todos. Los resultados de esa década se van a percibir y van a ser inevitables por muchos años. El empleo, la estructura social, la situación de la mayoría de la gente es algo que llevará más de una generación remontar. Estuve fuera, pero no lo evité. Nadie evitó nada.
¿Y los efectos culturales del menemismo?
–El menemismo transparentó una situación según la cual los verdaderos intelectuales, los reconocidos por todo el mundo, son los presentadores de televisión. Argentina extremó aceleradamente lo que en otros países llevó más tiempo: darse cuenta de que los intelectuales del siglo XXI serán los comunicadores, periodistas, presentadores, actores, etc. No creo que ese fenómeno remita, llegó para quedarse porque tiene que ver con la circulación de los discursos sociales y con cómo la televisión intermedia en todos los niveles. Los que producen conocimiento e interpelan a los gobiernos y a la sociedad son los animadores de televisión. Eso deja más al costado la literatura, lo cual puede ser interesante, porque cuando la literatura es menos atravesada por los flujos de intereses políticos e ideológicos centrales puede preocuparse más por sí misma, para procesar de manera más secreta la realidad, más en voz baja.
¿Menos responsabilidad para la literatura?
–O diferente. Cuando la literatura se propuso representar la realidad con un modelo de denuncia, de interpelación, no siempre estuvo a la altura de la misma literatura. Ciertas propuestas, cuando quisieron interpelar la realidad, no pudieron sostener un discurso estéticamente apto.
¿Y ahora? ¿Cómo es escribir en Caracas bajo el “peronismo” de Chávez? En Los incompletos, un personaje quiere agarrar un martillo y derrumbar esos edificios “macizos y adustos” construidos por Perón.
–Chávez se declara peronista porque está muy atento a la reacción que sus palabras pueden tener. Lo hace para seducir a la Argentina. Chávez es un líder populista, de relación directa con el pueblo, sin intermediaciones por aparatos partidarios o institucionales. En ese sentido es parecido a los líderes de la década del ‘40, pero creo que ahí se agotan las diferencias. Lo de Chávez es un gran delirio anacrónico, un proyecto exagerado. Todas son grandes batallas, grandes estrategias, Bolívar, Estados Unidos. En Venezuela parece que uno está metido en la máquina del tiempo.

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