libros

Domingo, 5 de diciembre de 2004

AL CALOR DE LOS 200 AñOS DE TRAFALGAR, PEREZ REVERTE VUELVE A LA AVENTURA A TODA VELA.

Al abordaje

Cabo Trafalgar, un relato naval
Por Arturo Pérez Reverte
Alfaguara
270 páginas

 Por Sergio Kiernan

El año que viene se cumplen 200 años de la batalla de Trafalgar, que fue cuando Lord Nelson escoñó a la armada francoespañola, demostró para el próximo siglo y medio la superioridad naval británica, hizo que Napoleón se olvidara de un desembarco en Inglaterra y le avisó a España que ya no era ni siquiera una potencia náutica de segundo orden. El aniversario tiene excitados a los editores británicos, que hace rato que aprendieron a ordeñar la nostalgia por el imperio. Y también a los españoles, que descubrieron que a sus ahora prósperos lectores les gusta leer sobre los tiempos en que España no daba pie con bola.
Ahí es que entra Arturo Pérez Reverte, el corresponsal de guerra que se hizo rico y famoso escribiendo como Dumas y Salgari, pero un poco mejor. Lo que no se sabía es que Reverte es un fanático de la navegación, un devoto lector de Patrick O’Brian que se gastó muchos de los duros de sus best sellers en cartas de navegación, libros antiguos y publicaciones sobre la vela. Guerra, historia, Salgari y velamen de cuadras confluyen en Cabo Trafalgar. El hombre es realmente legible cuando se dedica a contar una buena aventura, cuando da la sensación de que escribiría hasta gratis, por divertirse. Es lo que hace en Trafalgar, un encargo para el aniversario.
El libro va al punto: amanece el 21 de octubre de 1805 y una balandra francesa de apenas 16 cañones, la “Incertain”, busca en la niebla a la escuadra inglesa que se acerca al puerto de Cádiz. Su comandante, el teniente Quelennec, está lívido de pavor: en ese clima se va a topar con los inmensos buques de línea sólo si los choca, lo que significa una andanada y el adiós. Finalmente aparecen los ingleses, fantasmales, y la batalla está por comenzar.
Ahí la acción se instala en el puente del “Antilla”, un poderoso buque de la línea, de 74 cañones, comandado por Don Carlos de la Rocha y Oquendo e inventado de quilla a carajo por Reverte. Lo que el hombre no inventa es la peculiar trampa histórica en la que está Don Carlos, su tripulación y todos y cada uno de los españoles en la flota conjunta. Son miembros de una armada maltratada por un Estado catatónico, colonizado por los franceses, que ya ni paga los sueldos y mantiene los aires de gran imperio sin tener los elementos. El “Antilla” es un estupendo barco al que le faltan velas, donde se come basura y de milagro tiene pólvora y munición.
Esta situación tan argentina da pie para que el capitán Don Carlos piense cosas como que en España todo funciona por la gente, porque si es por los políticos... Lo hace viendo el requecho de tripulación que le han encajado, campesinos, borrachos y malandras secuestrados por la policía y llevados a bordo a látigo para reemplazar a los marineros profesionales que desertan por falta de pago. El capitán y todos los oficiales españoles se preguntan cómo van a combatir con tanto marino que nunca vio un cabo y que se dedica a vomitar. De hecho, todos saben en sus huesos que la batalla está perdida y, que si mueren, dejan a sus viudas en la miseria, porque España no les paga la pensión ni a los deudos de un almirante.
Esta angustia se ve compensada por un segundo nivel del libro: es un maravilloso, barroco, interminable catálogo de puteadas. Se sabe que nadie putea como los españoles, más si son marineros, y Cabo Trafalgar enseña a cagarse en mis muelas, a medrar chupando pollas, a irse por cojones y a recitar letanías de contramaestre que te dejan mareado (“Te quitas de ahí, tontolpijo, o te arranco los huevos y me hago un llavero”). El entusiasmo es tal que hasta se habla de ponerle vaselina al enemigo, lubricante que faltaba un siglo largo para que se inventara.

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