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Domingo, 6 de febrero de 2005

VUELVE WILT, EL HéROE PUSILáNIME QUE A PESAR DE TODO YA VA POR EL CUARTO LIBRO.

Secuelas del thatcherismo

Wilt no se aclara
Tom Sharpe
Anagrama
259 páginas

 Por Martín De Ambrosio

Mantener la gracia a lo largo de todo un libro es algo bastante difícil de lograr, sobre todo si es una gracia sustentada en una sucesión cada vez más escandalosa de hechos escandalosos. El británico Tom Sharpe lo logró en el primer tomo de la serie que tiene por protagonista a Wilt (titulado precisamente Wilt, del año 1976). Allí, Wilt, un profesor de una escuela politécnica un poco pusilánime y un poco resignado a darles clases a los obreros ingleses que se preparaban por entonces para las delicias del thatcherismo, se enredaba con una muñeca de plástico a la que aplastó bajo una montaña de cemento en lo que todos creyeron ver un asesinato. Menos contundentes resultaron las dos secuelas (Las tribulaciones de Wilt de 1979 y ¡Animo, Wilt! de 1984), en las que se notaba la repetición de la fórmula y cierta necesidad de ir aumentando la apuesta, llegando a niveles de delirio francamente inverosímiles. Bueno, no es que en este Wilt no se aclara las cosas hayan cambiado radicalmente ni mucho menos. Pero sí es probable que el tiempo que sabiamente Sharpe ha dejado pasar entre el Wilt Nº 3 y este Wilt Nº 4 le haya permitido descansar de la tendencia a la exageración (que en un inglés es prácticamente un oxímoron o al menos para cierta idea flemática que se suele tener de los ingleses y que, por otra parte, puede ser desmentida por cualquier tapa del sensacionalista diario londinense The Sun).

Tampoco es que la cadena de catástrofes a la que Sharpe somete a su Henry Wilt haya aminorado, pero es que acá hay una serie de historias alternas que hacen que no sea siempre Wilt el causante involuntario de sus males. En Wilt no se aclara, como en los otros Wilt, hay policías no del todo sagaces en el medio –la DEA incluida–, sobre todo el mismo inspector Flint que estuvo a punto de sucumbir a la racional irracionalidad de Wilt en el primer libro. Por lo demás, aquí se acentúa algo más la vertiente del género policial. Lo que se deja resumir de la trama sería más o menos así: llegada la hora de las vacaciones, la mujer de Wilt decide aceptar una invitación de una tía norteamericana que se casó con un millonario y viaja sin su marido. La nada suspicaz Eva Wilt tiene la esperanza de que los viejos hagan un testamento en favor de las terribles cuatrillizas hijas de Wilt. Allá en Estados Unidos las cosas no son como se esperaba: las dulces niñas de 14 años escandalizan al millonario yanqui -republicano conservador y muy religioso– con sus preguntas sobre la explotación a los obreros y las costumbres sexuales de por allí. Mientras, en Inglaterra, a Wilt le ocurre lo que les suele ocurrir a los pusilánimes cuando intentan romper la inercia que los inmoviliza: decide irse de mochilero, se pierde en medio de una tormenta, se emborracha y termina otra vez acusado de asesinato.

Lo que tal vez involuntariamente hace Sharpe con estos libros y con su personaje principal –que nunca puede llegar a compatibilizar su inteligente incorrección política con sus actos de timorato– es exponer esa mezcla posmoderna entre el conservadurismo sobre todo sexual aún presente en las sociedades y la liberación cada vez más evidente de aquellas ataduras. Como fuese, y más allá de las intenciones del autor -que curiosamente con estos libros ha tenido mucho más éxito en España que en las mismas Islas Británicas–, lo cierto es que es probable que Sharpe vuelva a exponer a su vergonzoso héroe a más calamidades. Y uno, tal vez tan timorato como el propio Wilt, seguramente vuelva a leerlo.

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