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Domingo, 23 de octubre de 2005

ALTINI

El estado del Estado

Un excelente repaso de la filosofía política, de Maquiavelo a la globalización.

POR NORBERTO CAMBIASSO


La fábrica de la soberanía
Maquiavelo, Hobbes, Spinoza y otros modernos
Carlo Altini
El Cuenco de Plata
256 páginas

Decía Leo Strauss, refiriéndose a Maquiavelo, que es la sabiduría y no el éxito de una empresa lo que merece loas y admiración. Semejante dictum puede trasladarse sin reparos al proyecto que esboza Carlo Altini en este libro: la recuperación crítica de las raíces de la filosofía política moderna para sentar las bases de un discurso sobre la crisis de la modernidad.

No existe ninguna cuestión de soberanía política, nos advierte este profesor italiano especializado en historia de la filosofía política, que no sea al mismo tiempo una cuestión “teológica”. Apunta así el carácter incompleto de esa secularización que prometía el Iluminismo y, a la vez, asume la dimensión teológico-política de la vida en sociedad, aun bajo las condiciones de la globalización. No se trata de la justificación del poder a partir de un fundamento teológico revelado sino de lo contrario: del estatuto artificial en que descansa todo orden político moderno porque carece de ese fundamento religioso. Es justamente esto lo que permite la competencia entre diversos sistemas ético-políticos y entre concepciones antagónicas de la justicia.

Altini rastrea este impulso común a la fundación de Hobbes del Estado moderno y al proyecto de desteologización de la religión revelada de Spinoza. Establece así cierta confluencia entre ambos pensadores, a contramano de esas interpretaciones contemporáneas que acusan al primero de reintroducir un trascendentalismo –bajo el dualismo entre sociedad civil y Estado– que la posmodernidad ya no admitiría.

No es éste su único mérito. Su estilo es oblicuo, apegado a los cánones estrictos de la argumentación filosófica. Pero cada capítulo constituye un comentario velado sobre la perplejidad que genera la crisis del Estado moderno como sujeto único de la política en esta nueva era global y sobre la fragilidad de las alternativas actuales. Tal es el caso cuando nos alerta acerca de los riesgos que conlleva el realismo político de Maquiavelo al renunciar a los fundamentos normativos de la política. Al volverse ésta meramente instrumental, pierde su carácter autónomo y termina por excluir las cuestiones de sabiduría y justicia. O cuando insinúa que, pese al consenso extendido acerca del fracaso de las grandes filosofías de la historia modernas, la tensión entre profecía e historia sigue siendo la única garantía posible a la hora de elaborar un proyecto crítico para el futuro. Incluso su polémica (que es la de Strauss y Momigliano) con el historicismo de R.G. Colingwood constituye un tiro por elevación contra las interpretaciones relativistas de la historia, tan en boga en nuestros días, que tienden a reducirla a mera retórica o a crasa ideología.

En definitiva, la retirada del Estado como depositario excluyente de la soberanía señala uno de los problemas acuciantes de la actualidad: la autonomización de las estructuras económicas, que subordina los controles políticos a sus exigencias. Se admite que este mundo no coincide con aquel que soñaron los teóricos del liberalismo clásico y de la democracia representativa. Pero nadie parece saber todavía a ciencia cierta en qué consiste. No hay soluciones simples en Altini; apenas la convicción irrecusable de que cualquier pensamiento que se pretenda crítico hoy, como ayer, no puede prescindir de la filosofía. No es poco en estos días de exageradas sospechas y convicciones frágiles.

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