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Domingo, 11 de junio de 2006

JORGE BOCCANERA: MARIMBA, ANTOLOGIA PERSONAL / SERVICIOS DE INSOMNIO

El novio de la sordomuda

La obra poética de Jorge Boccanera puede ser abordada ahora desde dos antologías parecidas y diferentes. Un generoso muestrario de una voz poética que empieza a tener su justo reconocimiento.

 Por Juan Sasturain

Marimba
Antología personal
Jorge Boccanera
182 páginas




Servicios de insomnio
Jorge Boccanera
Prólogo de Vicente Muleiro
Visor
197 páginas

Hay poetas que no se ocupan de otros poetas (vivos), ni escriben sobre ellos, no vaya ser que. Boccanera es de los que sí. Hay poetas que en un determinado momento encuentran un caminito expresivo y se dedican durante unas décadas a parecerse a sí mismos, modelan la estatua. Boccanera es de los que no. Hay poetas que se quedan quietos en un país, en una tradición, en un clima, consideran que las mezclas son peligrosas: vino o ron, Vallejo o Cardenal, Pound o Valery. Boccanera no es de ésos. Hay poetas que, desde la ventana, tienden a retroceder hacia la silla, a entrar más que a salir, a sacarse fotos (con el puño en la mejilla) y a no sacar pasajes. Boccanera es de equipaje fácil, zapato trajinado.

Hay poetas que escriben pero no dicen, que no mezclan las palabras y las cosas. Boccanera no es de ésos:

“Yo soy el payador sobre cubierta / apretando una viola frente a la ciudad en ruinas. / Dejen libre la calle, / no canto porque sí, / yo busco un mundo otro. / Yo no emunero la cristalería, / quiero hacerla pedazos”. (Marimba)

Clarito y decidido. Aunque no siempre es tan así:

“En días por venir, alguien escarbará en las preguntas hasta desenterrar un fémur, algún diente de lo que fue un lugar. / Pero no en esta casa con un piso de viento. / Nadie se mueve aquí, es el gran día. / Reparten un desierto entre todos los hombres”. (Lugar)

Hay poetas orgánicos con carnet y escudito; Boccanera es de los poetas leales sólo al misterio, de palabra empeñada pero sin boleta de. Hay poetas que graban en piedra lo que escriben para la posteridad, ponen la chapa en la puerta del libro, dibujan la lápida de antemano. Boccanera graba, pero lo que dicen otros, cuenta lo que otros le cuentan, hace circular dichos y hechos. Porque es más de juntar, y si recorta es para pegar: recorta y pega, como los chicos, grandes poetas. Justo. Hay poetas de musa charlatana, que no los deja hablar, oírse, falsos Chassman con un Chirolita omnipotente en las rodillas. Boccanera no: es uno de los que saben que siempre hay que lidiar con la vieja pendeja sordomuda. Porque hay poetas casados con, poetas viudos de, poetas cuñados, primos e incluso poetas hijos de. Pero Boccanera es novio: el novio de la sordomuda. Ese es el desafío:

“No es la musa cantora ni el pájaro chillón, / ni el muñeco parlante ni la dama que dicta. / Es una sordomuda, / que te muestra la lengua por sólo una moneda. // La lengua está vacía. La moneda tiene que ser de oro”. (Pordiosera)

De pronto, Jorge Boccanera (Bahía Blanca, 1952) ha sido entapado y manufacturado de prepo y de gusto por dos exhaustivas antologías. Antologador antologado, juntador juntado, Boccanera se puede visitar ahora en un muestrario generoso, dos roperos con múltiples cajones, perchas de las que penden pilchas viejas y nuevas, coloridas y de las otras. Todos los versos son de ocasión, ninguna ocasión es calva.

Son años. Los poetas no se jubilan pero aportan. Ahí hay un capital, con intereses múltiples acumulados para un lector laburante. Servicios del insomnio –elegido, prologado por el criterioso Vicente Muleiro para Visor, añeja marca española de buena poesía– carga versos de los diez libros que van del elocuente, excesivo Los espantapájaros suicidas (1973) a la perfección más contenida y las transparencias de Bestias en un hotel de paso, del 2001. Marimba se llama, en cambio, el montón que juntó el mismo Boccanera para leerse después de escrito en la serie Musarisca de Colihue, que antes capitaneó y hoy sólo tripula. Gelman clava un prólogo contundente en que primero lo cita: “En el sueño soy otro que se parece a mí. Este que ves ahora no se parece a nadie” y después califica fuerte y sin franela: “... más de treinta años de quemar la palabra y de revolver las cenizas para extraer joyas posibles; la poesía de Boccanera no se parece a la de nadie. Brota del subsuelo semántico que abonaron Raúl González Tuñón, Roberto Arlt, Carlos de la Púa, Homero Manzi, otros, pero el poeta sabe muy bien, como sabía Basho, que no hay que imitar a los antiguos, sino buscar lo mismo que ellos buscaron”. Justo. El único que falta en la lista de la que acaso alguno sobre es el mismo y pudoroso Gelman, claro. Oh, caros lectores: por lo que buscan él y ellos –y no por lo que encuentran– los reconoceréis.

Si las dos antologías no se superponen ni se chocan, sí se corren, se pisan los talones, no se sacan las zapatillas porque los poemas van descalzos. En el segundo prólogo a Marimba, “Claves de una poética en movimiento”, Lautaro Ortiz saca chispas, ilumina zonas sin pretender cerrar el sentido con un lenguaje rico, metafórico a medida. Ortiz encuentra en una palabra árabe, “sola y extranjera”, rihla, la cifra lejana del universo poético de Boccanera: viaje, partida, marcha, emigración forzada, itinerario, periplo, relato de viaje... Eso es, exacto. Y en esta antología el espectro se amplía, se abre un poco más: están los diez libros pero también algunas de las muchas canciones con que los poemas se dejaron cantar desde los setenta –”La poesía es un mal necesario”, ironiza la sección– más algunos inéditos de los últimos tiempos.

Pero si tuviera que elegir, yo elegiría –como diría Gelman, tan mentado– algunos de los poemas de los libros que siento más sólidos y maduros, los de los últimos veinte años, tras el exilio mexicano, decantados: Polvo para morder (1986); Sordomuda (1991) y el citado Bestias en un hotel de paso. Y algunos en particular, como el memorable El peluquero, dedicado al abuelo Santiago –“la muerte, que es prolija, le envidiaba su colección de peines”–, y la serie de textos poblados de personajes: Silvia Plath lava una taza, seca una taza, rompe una taza, que dice “qué cabeza la mía, / guardar los zapatones en un charco / y aceptar el baile sabiendo que me espera / una puerta cerrada tras la puerta” o, en Alejandra Pizarnik abre su cuaderno de apuntes: “El hombre que saca la cabeza del agua, / es un pez que se asfixia. / El pez que mete la cabeza en el agua, / es un hombre y se ahoga”.

Hay poetas que hablan de otros poetas y hablan con ellos, toman la/su palabra como una posta, te la dejan en la mano. Boccanera es de ésos.

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