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Domingo, 25 de junio de 2006

RESCATES

Venezia, de Gabriela Liffschitz

 Por Cecilia Sosa

¿Cómo no leer Venezia bajo la sombra de una muerte acontecida catorce años después? Venezia (1990) fue el primer libro publicado por Gabriela Liffschitz (1963-2004). En 1995 llegó la nouvelle Elizabetta; en 1998, el cáncer de mama y la mastectomía; después Recursos humanos (2000) y Efectos colaterales (2003), dos bellos y estremecedores autorretratos de fotografía y palabra que lograron descubrir un cuerpo marcado por la enfermedad, pero también en pleno combate contra la medicalización del dolor y en la invención de una sensualidad construida por y sobre la enfermedad. Manifiestos político-eróticos que, junto a su carta-despedida de Un final feliz (2004) –aparecido poco después de su muerte–, marcaron el nombre de Liffschitz para siempre.

Pero antes de todo aquello fue Venezia. Reeditado ahora por la pequeña Editorial Tantalia, que se propone como un sello de factura artesanal al rescate de rarezas, el breve poemario adquiere una nueva y sorprendente dimensión. El pequeño libro, hermosamente prologado por Ana Porrúa, parece haber sido creado a medida de la colección “Rarezas”. Por momentos, su extraña y sutil poesía no puede más que provocar escalofríos; como si algo en ese cuerpo arrojado al dolor pudiera haber anticipado de modo extraño y casi demencial su destino fatal. Venezia aparece así como presagio robado al tiempo, como un oráculo subestimado que, burlón, se permite anticipar la muerte.

Sin embargo, Venezia es algo más que un susurro helado del destino. Es que allí Liffschitz inscribe la figura de una mujer empeñada en escribir un dolor, empeñada en explicarlo: “Estoy obligada al detalle del dolor; al manuscrito de una pasión bastarda”, dice la que escribe. Es bajo esta luz (o bajo esta sombra) que se emprenderá un viaje trunco hacia el interior de una pasión tan amorosa como doliente. Biografía del dolor, diario de la no pertenencia.

Pero... ¿por qué Venezia? ¿Por qué la ciudad mil veces transitada por la literatura y la poesía como escenario de los secretos más silenciados de la intimidad? ¿Qué es Venezia? Para Liffschitz, Venecia será sucesivamente “el espesor del naufragio”, “mi otoño”, “mi cripta”, “una escultura a medias detenida”, un “acuerdo de inmortalidad”. Como si toda la literatura existente sobre la ciudad de las góndolas se desdibujara para dar paso a la mujer-río/ciudad-agua que fluye hacia su propio designio. Porque Venezia es la mujer que escribe, ella es la que viaja y es en su viaje que logrará desdibujar el fondo acuoso de una ciudad construida como mito, melancolía y decadencia. En ese modo de “estar en otra parte”, Liffschitz desarma la visión literaria de Venezia para reubicarla en la mujer que escribe: “Resurge lo que hay en mí de mar”.

La que escribe es la que llora, “la fea”, “la sombra”, “la muerte”, “la enferma”, “la sobreviviente”, “el cuerpo de mi muerta”. Pero antes que los nombres personales de un yo, la que escribe narra un aprendizaje, una figura que encarna en las múltiples mutaciones del dolor.

El breve poemario abre y cierra con un único y mudo testigo: un gato. Pero si es cierto que “hay cierta cosa indigna en la mirada del que muere”, un dolor que no debe ser mirado, entonces el testigo tendrá que ser eliminado. “Gato, te mataré”, se repite ante el acto ya consumado. Como si, en su espiralada confesión, el dolor se revelara impúdico y en su último gesto no deseara más que su propia eliminación.

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