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Domingo, 24 de septiembre de 2006

HORACIO CASTELLANOS MOYA > INSENSATEZ

Conversación en la Catedral

Una novela donde Centroamérica se constituye en el espacio de la denuncia política y la más genuina expresión literaria.

 Por Gabriel D. Lerman

Insensatez
Horacio Castellanos Moya
Tusquets
155 páginas

El nombre del país donde transcurre esta novela nunca se menciona en ella, de modo que no escupiremos el asado desde aquí. Sólo basta decir que al terminar de leer Insensatez se recomienda hacer las averiguaciones del caso y, tras emerger del hechizo novelesco, enterarse. Acaso resulte un error empezar con esta mención, porque los méritos del texto componen un cuadro tan alentador que una lectura sesgada podría enturbiar en exceso sus efectos. Deberíamos empezar a familiarizarnos con Horacio Castellanos Moya, su autor, porque Insensatez nos ofrece unas cuantas aperturas por el mismo precio.

No es su primera novela, ni él es un ignoto. Nacido en Tegucigalpa en 1957, pero criado en El Salvador, Castellanos Moya es un periodista con amplia experiencia en diarios, revistas y agencias de prensa de varios países centroamericanos, incluido México. Corresponsal de fuste, lleva la marca de la mudanza y el nomadismo en el orillo. Actualmente reside en Frankfurt, bajo el programa Ciudades Refugio. Pero, ¿qué clase de antecedentes podrían ser éstos si metido en literatura Castellanos Moya nos trajera un manifiesto tedioso sobre los males del mundo en un oscuro país centroamericano? Pero sucede que este escritor –¿hondureño, salvadoreño?– nos brinda un texto sumamente eficaz, bien construido, con exactas dosis de lirismo y ascetismo literario, y donde el horror tiene volumen por su magnitud, pero no por sus decibeles.

La reflexión inmediata que surge es sobre la vigencia de temas políticos en la literatura cuando el autor se autoimpone una estrategia literaria, cuando hay un respeto por la palabra y por la novela, y cuando aquella estrategia y este respeto no se deslizan a la sátira o al menosprecio o la subestimación del tema sino, por el contrario, a su potencialidad. Hay que decir que el protagonista de Insensatez es un periodista que arriba a tal país mientras huye de El Salvador, de donde se ha ido por una persecución política, y acepta como trabajo la menuda tarea de corregir más de mil páginas de un informe sobre violaciones a los derechos humanos durante el genocidio perpetrado contra poblaciones indígenas por militares de ese país. Su labor, su tarea, tiene lugar en la oficina del arzobispo, junto a la Catedral, a dos cuadras de la plaza principal, donde reside todo el poder habido y acaso por haber de ese país, el mismo que se acusa en el informe. La Iglesia apoya la investigación y la revelación de los crímenes. Lo hace a su manera, en un entramado donde hay antropólogos forenses yanquis, ex militantes de izquierda, periodistas, pasantes diversos, oficiales de Naciones Unidas, y donde rezuma un aire de globalización jurídica, académica e institucional mezclado con los peores tufos de una típica impunidad de militares latinoamericanos.

Las mil y pico de páginas son el horror, pero Castellanos Moya acomete el acierto de dosificarlo muy de vez en cuando, con frases que el protagonista copia del informe que debe corregir. De modo tal que lector de la novela puede leer entrelíneas esas frases, puede a su vez copiarlas y agruparlas y hacer su propio resumen del informe. Puede leer cosas como: Yo no estoy completo de la mente / A puro palo y cuchillo mataron a esos doce hombres de los que se habla allí / Quiero ver al menos los huesos / Que siempre los sueños están allí todavía / Porque yo no quiero que me maten la gente delante de mí / Herido sí es duro quedar, pero muerto es tranquilo.

En ese procedimiento, Castellanos Moya reivindica la novela y su especificidad. No desde la frivolidad ni el vale todo sino al reinstalar finamente la eficacia política.

Habrá que ir reconstruyendo el mapa de la literatura latinoamericana reciente. Algo está pasando en el continente en distintas esferas al mismo tiempo, y corremos el riesgo de perdernos el tren. En momentos en que se descubre que Carlos Montaner recibía sueldos de la CIA por conspirar contra la Revolución Cubana, Castellanos Moya arroja un poderoso haz de luz sobre un flagrante tabú centroamericano. Y está en Frankfurt.

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