libros

Domingo, 12 de noviembre de 2006

NOTA DE TAPA

Tierra y libertad

 Por Por Angela Pradelli y Guillermo Saccomanno

En octubre pasado, con la colaboración de la Audiovideoteca de Buenos Aires, en el Centro Cultural Recoleta, se lanzó un ciclo mensual de homenaje a escritores. Es importante destacar en este proyecto la intervención de la Audiovideoteca de Buenos Aires con su aporte sobre las relaciones entre palabra/imagen, cuerpo/texto, probando así que la vida y la obra de un autor siempre guardan, aun a pesar de él mismo, una conexión más profunda de lo que él mismo imagina. Desde octubre, entonces, habrá en el Recoleta un mes entero dedicado a cada una de las figuras más trascendentes de nuestra literatura actual. El ciclo arrancó con Antonio Dal Masetto. En una charla abierta al público, el escritor de Oscuramente fuerte es la vida conversó con nosotros. Resumimos aquí, a modo de arte poética, lo que en esa oportunidad dijo Dal Masetto sobre su experiencia narrativa.

Ahí en el Bajo, yo frecuentaba un bar que se llamaba El Verde. Había una fauna fantástica. Cuando yo estaba un poco desesperado porque tenía que entregar al diario al día siguiente, iba y me sentaba en el bar. Sabía que en algún momento alguien iba a pasar y me iba a contar una historia.”

1. Dolor “Si hay algo que no logro entender en el mundo es el dolor. No hay ninguna razón, ni religiosa, ni política, ningún hecho histórico que justifique el dolor humano. ¿Para qué sirve? ¿El mundo está capacitado para soportar tanto dolor? Son preguntas que no tienen ninguna respuesta pero yo creo que nuestra función como escritores no es más que ésa. La de ser testigo y transmitir inquietudes y preguntas.”

2. Memoria “En Intra, mi pueblo, los nazis fusilaron a cuarenta y dos personas. Yo tenía seis o siete años en ese momento. Fue un hecho que conmocionó al pueblo porque eran todos conocidos de ahí, amigos, maridos, hijos. Casi todos eran amigos de mi padre, trabajaban con él en la misma fábrica. Hace unos años me enteré de que en el lugar donde los habían fusilado, un bosquecito, se construyó una casa como recordatorio, que se llama la Casa de la Resistencia. Y que cumple la función de recordar no sólo la resistencia de aquellos años, sino toda la resistencia del siglo XX en el mundo. Una persona me trajo unas fotos y en una de las fotos, en una pared interior de esta casa, en un panel que va del techo al piso, hay una página de un libro mío, donde se cuenta el fusilamiento de los 42, de aquellos 42. Cuando vi eso sentí que había vuelto o había empezado a volver de verdad.”

3. Narrar “Nuestra tarea es narrar y contar historias y recuperar aquello que llevamos en la sangre, aquella imagen ancestral que recuperamos cada vez que iniciamos una página. El narrador junto al fuego, aquel que ha cruzado las montañas, los mares, y un día vuelve y cuenta las maravillas que vivió. Y la gente alrededor, esperando escuchar este relato maravilloso.”

4. Libros “Llegué de Italia a los 12 años y aprendí el idioma leyendo en una biblioteca de Salto, el pueblo donde habíamos ido a vivir con mis padres. Iba a la biblioteca porque me interesaban los libros. Había leído a Salgari, a Verne. Frente a la circunstancia de cambiar de idioma los libros sirvieron para incursionar en esta nueva lengua. No sé cómo habrán llegado los libros ahí, había de todo. Yo entraba y miraba los estantes y por ahí un título me sonaba, y a lo mejor era un título ilegible para mí, porque era filosofía, qué podía leer de filosofía a esa edad. Pero me lo llevaba, intentaba, lo devolvía, volvía por otro. A los 12 años uno es invencible. Te podés enfrentar a cambios de idioma, a cambios de lugares, a viajes larguísimos, pero siempre estarás en triunfador porque tenés la vida por delante y toda la fuerza. También estaba el sentido de aventura. Para mí cruzar el mar fue una aventura. Yo el mar no lo había visto nunca. Para mí el mar estaba en los libros de Salgari. El mar era el Corsario Negro, era el Corsario Rojo y el Corsario Verde y la hija del Corsario Verde. Todos los corsarios. Surcar el mar era eso. Y los libros también eran eso. A los doce, trece años era un chico que tenía mis conflictos y mis dudas y mis grandes confusiones. Me estaba formando y además estaba aprendiendo y tratando de asimilar y combatir frente a las dificultades que se me presentaban por este lugar nuevo que desconocía. Había algo en mí que era imposible de comunicar a otro porque era únicamente mío. Y no era agradable lo que yo sentía. No sabía lo que era: sólo sabía que era una gran confusión. Pero creo que lo peor era la certeza de que era el único ser en el mundo al que le pasaba eso. Por lo tanto jamás se lo hubiese podido contar a nadie porque nadie lo hubiera entendido. Un día en la biblioteca de Salto saqué al azar un libro de un autor alemán que contaba la vida de un personaje joven que se iniciaba y que le pasaba exactamente lo mismo que me pasaba a mí. Y esto fue un descubrimiento extraordinario porque dije: ‘Pucha, entonces sí hay otro en el mundo, no estoy solo, hay uno más por ahí vaya saber dónde está, a lo mejor vivió hace cincuenta años pero había uno más que se parecía a mí. Y si hay uno, seguramente hay más’. Lo que yo descubrí es que los libros sirven para romper la soledad por diferentes caminos. Y rompen la soledad también cuando son escritos.”

5. Misterio “Hace unos años, cuando Soriano estaba internado en la Clínica Suiza, fui a verlo. El andaba peleando con la editorial porque estaban por sacar el último libro de relatos que sacó en vida y le mandaban las pruebas de tapa. Yo iba a verlo ahí para acompañarlo. El estaba muy disconforme con las tapas. Entonces le pregunté: ‘¿Pero vos qué tapa querés?’ Y él me dijo: ‘Yo quiero una tapa que sea algo así como de aventura’. ‘Mirá –le digo–, cuando vine de Italia a los doce años, lo único que traje fueron media docena de libros de Emilio Salgari, que tenían unas tapas preciosas. Deben estar en la casa de mi hermana en Salto. La voy a llamar y le voy a decir que me los mande’. Se los llevé a Osvaldo a la clínica. El eligió una y con esa tapa salió su último libro. Es un Sandokán acogotando a un oficial inglés. Ahora las tengo colgadas juntas en mi casa, la tapa original y la tapa de Osvaldo. Son esas cosas que pasan y no tienen explicación. Había algo que estaba perdido allá en el fondo del tiempo que tenía que ver con mi niñez y vino a cerrar el ciclo que es la vida de un amigo muy querido convirtiéndose en la tapa de su último libro. Esta es una anécdota que no tiene explicación porque la vida es un misterio.”

6. Destierro “Tenía diecisiete cuando me vine a Buenos Aires a ver qué era el mundo. Vine desguarnecido, no conocía a nadie, no tenía ni direcciones ni nada. En los años ‘50 y luego en los ‘60 había una gran efervescencia cultural, había bares donde uno sabía que se iba a encontrar con gente con la que podía hacerse amigo y hablar de las cosas que le interesaban. Había muchísimas revistas que duraban un número o dos a lo sumo. Ese era el clima. Yo sentía que la ciudad era el lugar que debía conquistar. Era un lugar árido, era ahí donde se debía dar la batalla. Pero si yo tenía algún arma, por decirlo de alguna manera, algún elemento para sostenerme fuerte y no caer era aquello que traía desde los orígenes, que era la tierra. Las raíces. Venir de donde venía. Lo que me habían transmitido mis padres, que era gente humilde, trabajadora, pero con una serie de convicciones y verdades que ellos administraban de cierta manera. En realidad sabían muchas cosas y no sabían que lo sabían. Las habían heredado. Es una obstinación, una tozudez. Había vicios y virtudes mezclados con todo eso pero que de alguna manera tanto unas como otros los ayudaban a vivir y a sobrevivir. El tema de la inmigración lo arrastré durante muchísimos años. Creí que estaba absolutamente integrado y sobre todo después de venir a Buenos Aires, cuando me hice amigos y todos mis amigos de aquella época y posterior, Miguel Briante, Osvaldo Soriano, Jorge Di Paola, todo el grupo de los ‘60, aquellos que escribieron sus primeros libros en esos años. Eran gente de acá, pero que venían del interior, y con los cuales yo me sentía un igual. Sin embargo había un hecho fundamental en mi vida. Había un antes y un después del viaje en el famoso barco. A los doce años finalmente había cambiado de idioma y de continente, y sin embargo no escribí durante todos esos años una sola línea que tuviera que ver con este tema que en última instancia era una de las cosas más importantes que me habían pasado. Muchísimos años después escribí algunas novelas sobre el tema de la inmigración. Es que cuando uno emigra, cuando pertenece a medias a otra parte, nunca termina de integrarse. Sigue siendo inmigrante toda la vida. Cuesta ganarse el espacio en el territorio nuevo donde fue a parar. Durante los primeros veinte años, después de empezar a escribir y publicar los primeros libros, todavía estaba intentando demostrar que yo no era un extranjero. Escribía libros sobre Argentina, sobre Buenos Aires, sobre los pueblos del interior. Y recién cuando eso estuvo afirmado y tenía lectores, y los libros se vendían, creo que me sentí con derecho a pensar, bueno, ahora sí estoy en condiciones y tienen que aceptar que escriba sobre lo mío porque ya demostré que también puedo ser de acá. Esta creo que es una de las consecuencias de sentirse un desterrado toda la vida.”

7. Volver “Cuando se empezaron a traducir mis primeros libros al italiano lo que sentí fue algo que no sentí cuando regresé por primera vez a Italia. Cuando volví después de tanto tiempo, me pasó lo que pasa en todos los regresos, que uno no encuentra lo que va a buscar. Por eso nunca hay que volver a los lugares en los que uno cree que ha sido feliz. Y ése era el lugar de la niñez, que yo recordaba como un lugar de felicidad. Pese a la guerra, pese a las matanzas. Sin embargo mi memoria lo recordaba como un lugar idílico. La idea era de plenitud. Esto era lo que iba a buscar y obviamente no estaba porque uno había cambiado, no porque no estuviera. Cuando aparecieron los primeros libros traducidos lo que sentí era que ahí empezaba el regreso, que era una forma de volver. A través del idioma. No del idioma sino de la lengua escrita, de la escritura que se había convertido en mi oficio. Poder leer un libro mío en italiano era un regreso real, el otro era un regreso ficticio.”

8. Gatos “Una noche estábamos en un bar del Bajo y Osvaldo se puso serio de golpe. ‘Antonio, te tengo que decir algo’. ‘¿Qué pasa, Osvaldo?’ ‘A vos no te va a ir bien con los libros’. Y yo me quedé mirándolo: es lo peor que se le puede decir a alguien que pretende escribir. ‘¿Por qué me decís eso, Osvaldo?’ ‘Porque en tus libros siempre hay un gato mal tratado’. Lo miré alarmado. ‘¿Y ahora qué hago? Porque ya está todo publicado’. Bueno –me dice–, mirá, vos sos un tipo al que le gusta andar por los bares, volvés tarde a tu casa, y de noche siempre hay gatos por ahí que andan deambulando. Cuando veas uno trata de hacerte amigo’. ‘¿Y cómo?’, le digo. ‘Acercate despacio, hablale, tratá de acariciarlo’. Lo que me estaba diciendo era que si yo lograba captarme la simpatía de un gato o dos en la comunidad internacional de los gatos se iba a correr la bola de que finalmente yo no era un tipo tan terrible sino que era una buena persona y por lo tanto por ahí me daban piedra libre para que los libros funcionaran. Pero no me dieron mucha bola los gatos.”

9. Periodismo “Hice periodismo porque necesitaba trabajar de algo. Y ya se sabe que los libros no le dan de comer a nadie. La única manera de sobrevivir, si uno no quería apartarse del hecho de escribir, tenía que ser a través de los medios. Lo que pasa es que tanto Miguel como Osvaldo tenían suficiente calidad literaria en su manera de escribir como para enaltecer aquello que hacían, lo hicieran donde lo hicieran. En cuanto a mí, nunca quise hacer periodismo. Escribí muchos años en Página/12, pero siempre intenté contar historias que estuvieran más cerca de la literatura que del periodismo. Es decir, no dar la noticia, sino elaborar el hecho, el clima. Y contarla de manera que pudiera sobrevivir, que no muriera al día siguiente como mueren las noticias reemplazadas por otras. Esa es mi relación con el periodismo, seguir haciendo literatura pese a todo y en cualquier espacio.”

10. Calle “La única manera de escribir es espiando y robando, un diálogo, un gesto. Uno se ejercita para esa atención extrema, sobre todo cuando está trabajando en algún texto que lo tiene preocupado. Entonces anda por la calle y todo es alimento, todo es posible alimento.”

11. Historias “Todas las historias que cuento en Gente del Bajo están basadas en personajes reales. La realidad es mucho más disparatada y mucho más rica de lo que se puede suponer si uno presta atención. Pero también hay que tener cuidado porque a veces la realidad exagera. Por eso hay que tratar de recortarle un poco las alas. Ahí en el Bajo, yo frecuentaba un bar que se llamaba El Verde. Había una fauna fantástica. Cuando yo estaba un poco desesperado porque tenía que entregar al diario al día siguiente, iba y me sentaba en el bar. Sabía que en algún momento alguien iba a pasar y me iba a contar una historia. O me la inventaba mirando una pareja discutiendo a cuatro, cinco mesas de distancia sin entender lo que decían pero deduciéndolo por las caras.”

12. Lectores “¿Quién lee nuestros libros, qué cara tienen los lectores? Uno escribe para llegar a otros. No salgo con frecuencia de mi reducto. La escritura es un oficio solitario y aislado. Un espacio tan privado que uno se vuelve egoísta y muy avaro de su tiempo y de su espacio. Resulta cada vez más difícil salir de ese círculo.”

13. Oficio “La escritura necesita disciplina, horario. Cualquiera que escribe a la larga se da cuenta. Es una tarea a veces ingrata y sin resultados. Sin embargo uno sabe que tiene que quedarse ahí, con esa idea. Cuando me levanto, digo: ‘Me clavo acá en la silla unas horas pase lo que pase’. A veces es duro, porque el cuerpo no quiere, la cabeza está en blanco. Pero a la larga si uno insiste algo siempre sale. Lo que no se hace ese día, no se hace al día siguiente. Un día perdido es un día perdido. Cuando termino un libro intento tomarme unas pequeñas vacaciones pero a los quince días si no escribo me siento culpable. Así que a empezar de vuelta. Pero bueno, éste es el oficio que uno ha elegido.”

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