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Domingo, 29 de abril de 2007

LA CASA OPERATIVA, DE CRISTINA FEIJOO

El niño guerrillero

La novela de Cristina Feijóo, finalista del Premio Planeta, se interna en la memoria de los ’70, manteniendo una prudente distancia del giro histórico testimonial que ha impregnado gran parte de la narrativa local.

 Por Patricio Lennard

La casa operativa
Cristina Feijóo
Planeta
284 páginas

En los últimos diez años, una nueva serie de relatos y testimonios sobre la década del ’70 ha ido adquiriendo espesor en la Argentina: la de los hijos de las víctimas del terrorismo de Estado. Un discurso generacional que irrumpe con el surgimiento de la agrupación HIJOS, a mediados de los ’90, y que revela tanto el deseo de éstos por conocer el pasado de sus padres como una voluntad por construir una memoria propia a partir de experiencias y recuerdos ajenos. Ejercicio de la memoria que supone, en el mejor de los casos, ponerse en el lugar del que no está para intentar entenderlo, y sobre el que Cristina Feijóo ensaya en La casa operativa una torsión interesante en la medida en que es ella (una mujer que militó en las Fuerzas Armadas Peronistas y en el Peronismo de Base; que cayó presa durante el gobierno de Lanusse y fue indultada por Cámpora; y que en tiempos de la dictadura estuvo detenida-desaparecida durante casi tres años, hasta que fue liberada) la que salta de una generación a otra en un sentido inverso para componer, en ésta, su segunda novela, el relato de un hijo que evoca el pasado guerrillero de su madre.

Apenas cuatro años tiene Manuel cuando, en 1972, es llevado a una misión en la que participan su madre y otros tres integrantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y cuyo cometido es vigilar a un general del Ejército con el fin de secuestrarlo. Una misión que durante una semana los aposta en una “casa operativa” de las FAR en la ciudad de Rosario y que se resolverá, no obstante, con el asesinato del militar a manos de otra organización guerrillera, previo acuerdo entre sus respectivas cúpulas. Resortes de una trama que llevará a los protagonistas a permanecer ocultos en la casa de manera precautoria (una vez consumado el ataque, del que no participan), sin sospechar que una pista sobre su paradero ha caído en manos de la policía y que una redada está a punto de cercarlos.

Dividida en dos secuencias narrativas en sutil alternancia (y que cuentan, cada una, la emboscada policial y el tiroteo del que Manuel y su madre logran escaparse, y la reconstrucción de los siete días de aquella convivencia), La casa operativa es una suerte de reverso de Memorias del río inmóvil, la anterior novela de la autora. Un texto en donde el personaje de Rita se propone olvidar sus años de cárcel y exilio, y el dolor que le significó la desaparición de varios de sus compañeros de militancia (hasta que un día reconoce en un mendigo de la calle a un compañero que creía desaparecido, y cuyo sorpresivo reencuentro la arrastra, otra vez, hacia ese triste pasado). Reverso, decíamos, de La casa operativa, en el sentido de que allí la necesidad de recordar es lo que motoriza al narrador desde la primera página, embarcado como está en una tarea que sólo puede completarse (puesto que su madre está desaparecida) en el testimonio de Dardo: el otro sobreviviente de la redada policial y único testigo vivo de aquel grupo guerrillero.

Así, remontarse a esos días implica para Manuel no sólo evocar una experiencia personal (por la que se arroga el status de niño guerrillero: “Era uno de ellos. Tenía un nombre de guerra y una casa operativa”), sino también, y sobre todo, auscultar en la figura de su madre y las de sus compañeros las convicciones políticas que articulaban sus vidas. De ahí que la voz del narrador parezca, por momentos, la de un camarada que habla de los suyos; la de alguien que entiende cabalmente que lo personal y lo político les era inescindible.

Lejos del afán de cierta literatura argentina por componer “frescos generacionales”, o del pretencioso ejercicio de concentrar en uno o dos personajes poco menos que un Zeitgeist, Feijóo escribe un texto sin altisonancias en el que rescata el costado humano y la cotidianidad de esos guerrilleros. Poco hay en su novela (más allá de cierta intencionalidad testimonial en la que cae algunas veces) de esa literatura con vocación documental que fácilmente encuentra excusas para hablar del pasado reciente. Tendencia que no sólo parece estar alentada por el “giro historiográfico” en el que la cultura argentina se complace desde hace algunos años, sino también por el modo en que cierta crítica especializada ha implantado la idea (a partir de una serie de novelas de Piglia, Saer, Fogwill y Gusmán, Prieto, Chejfec, Gamerro y Kohan) de que lo histórico puede ser el campo de operaciones par excellence de la literatura argentina, y la más adecuada carta de presentación para ingresar a un corpus. Casi un mandato que se ha diseminado, en numerosos textos, en eso que podríamos llamar “efectos de realidad histórica”: detalles y referencias de variado tipo por los que una fecha cualquiera, antes que una marca temporal, es un índice de época. Algo de lo que La casa operativa se mantiene a resguardo, en tanto y en cuanto no estuvo en los planes de Cristina Feijóo escribir una novela sobre los años ’70.

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