libros

Domingo, 12 de agosto de 2007

MATILDE SANCHEZ

Extraños en el campo

Una novela donde la literatura y la extrañeza operan como las claves para entender el mundo.

 Por Osvaldo Aguirre


El desperdicio
Matilde Sánchez

Alfaguara
294 páginas

Si hay una palabra particularmente recurrente en El desperdicio es ostranenie, un término central en la teoría literaria de los formalistas rusos. Victor Schklovski lo formuló a partir de un texto de La Bruyère que describía a unos trabajadores como animales: es el procedimiento que hace ver lo habitual como algo desconocido, aquello que rompe el automatismo de la percepción. La radicalización de esa idea llevó a pensar que allí estaba lo específico de la literatura, y que el arte era, ante todo, artificio.

Elena Arteche, la protagonista, incorpora ese concepto cuando llega a Buenos Aires a principios de los años ’70 para estudiar Letras. Proviene de un pequeño pueblo del sudoeste de la provincia, y de una familia de clase media ligada al campo. Para ella no sólo se trata de escapar de un ambiente que la asfixia sino de un destino que no deja muchas alternativas para las mujeres: el trabajo rural, la docencia, el hogar. “Lectora extraordinaria” y escritora prolífica de teoría, se convierte en el núcleo de un grupo literario. Esas cualidades, sostiene la narradora, personaje que comulga en la capilla, se explican ante todo como incidencia de la época y del ambiente. Buenos Aires tiene un “aura de ciudad literaria” y en el círculo en que se mueve Elena sobresalen la figura y las anécdotas de Miguel Briante. El cine de culto y los libros son factores que cohesionan. Y la ostranenie es como una misteriosa clave para reconocerse y distinguirse de los demás.

Ese período se clausura con el nacimiento del hijo de Elena y sobre todo con la inesperada muerte de su hermana. La protagonista vuelve al campo, para convertirse en aquello que precisamente no quería ser: profesora en escuelas de enseñanza media. La crítica brillante no llega a publicar un libro, ni siquiera a proponérselo. El trasfondo es ahora la década del ’90 y sus conocidas transformaciones sociales y económicas. Un tema riesgoso, dada su proximidad y algunos estereotipos cristalizados, pero Matilde Sánchez lo resuelve bien al ensamblar historias en principio heterogéneas: el mundo de los cazadores de liebres, una serie de crímenes escabrosos y el fenómeno de los sin techo y su deterioro vertiginoso en el ambiente rural. La historia del personaje, en cambio, sigue rumbos que parecen poco verosímiles. Sorprende, por ejemplo, que se convierta en alcohólica. Tanto como que de pronto se interese por los cazadores, o que en cierto momento se sienta liberada de un mandato de escribir que, en realidad, cuesta apreciar.

Aun cuando renuncia a la escritura, Elena reflexiona sobre los hechos de su vida y sobre las circunstancias de la época con la misma complejidad que desplegaba en sus esbozos de crítica. “Lo que no tuviera una referencia literaria no perduraba demasiado en su campo de atención”, dice la narradora. Podría decirse que ésa es una característica de la propia novela, tramada en un conjunto de alusiones que ponen en funcionamiento un amplio espectro de lecturas. Y quizá la falla principal de la protagonista, y el síntoma del empobrecimiento de su visión de las cosas. La enfermedad que provoca la muerte de su hermana y luego su propia muerte parece casi menos importante que la cita de Joseph Brodksy que se trae a colación. Para Elena, la pobreza hace a los cazadores “literariamente más interesantes” y portadores de “elementos paródicos”; en los sin techo ve a los “ex hombres” de Gorki; queda la duda, por otra parte, de si las apariciones del fantasma de su hermana son un juego literario suyo u otra cosa más interesante (y de hecho funciona como pretexto para una consideración sobre lo fantasmal en la literatura). El hallazgo de unos escritos, en el final, no parece suficiente para redimirla. Pese a cierta decepción, ocurre en definitiva como si la narradora no pudiera despegarse de la admiración que siente por su personaje: lo que para ella resulta evidente, para el lector es muy difícil de comprender.

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Matilde Sánchez
 
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