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Domingo, 19 de agosto de 2007

STEINER

El peor jugador de ajedrez que existe

Divulgador siempre polémico y apasionado, George Steiner reúne en este volumen los pilares de su pensamiento, sus ideas centrales acerca del lenguaje y algunas disfrutables reflexiones sobre sí mismo.

 Por Mariano Dorr

Los logócratas
George Steiner
Fondo de Cultura Económica - Siruela
220 páginas

¿Somos capaces de dominar el lenguaje o, irremediablemente, somos dominados por él? ¿Hablamos o somos hablados por el lenguaje? La respuesta “logocrática”, a cargo de Joseph de Maistre, Martin Heidegger y Pierre Boutang, según Steiner, consistió en radicalizar el origen divino del lenguaje: en la medida en que el logos (la razón; el discurso) precede al hombre, el uso que éste haga de aquél “es siempre, en alguna medida, una usurpación”. En este sentido, no seríamos amos del habla sino, más bien, sus sirvientes. No propietarios sino intrusos, “huéspedes incómodos” en la gran morada del lenguaje. “Los pensadores y los poetas son los guardianes de esta morada”, escribió Heidegger. Steiner se detiene allí: “Heidegger enuncia y realiza la logocracia en su versión absoluta”. Un poco indignado (aunque sea una indignación ambigua), afirma que ésta es “anticartesiana, antirracionalista y antiutilitario”. Lo que molesta a Steiner, fundamentalmente, es el autoritarismo escondido detrás de la “logocracia”. El origen logocrático del lenguaje es en última instancia teológico, señala Steiner. El contra-humanismo de Heidegger lo convierte en “un autoritario en el sentido más profundo de la palabra”, escribe.

El libro es un conjunto de artículos, ensayos y entrevistas (a los que se agrega un relato de ficción titulado A las cinco de la tarde), entre los cuales Hablar de Walter Benjamin es su expresión más lograda. Allí narra un encuentro con Gershom Scholem: “Hagamos la lista de los requisitos de admisión que se exigen a todo estudiante que desee participar en un seminario –imaginario– sobre Benjamin”, propuso el cabalista y amigo personal de Benjamin. Los requisitos constituyen un examen tan minucioso como imposible de las condiciones de posibilidad de la obra de Benjamin: “No podría dominarlos todos un solo investigador, un solo hermeneuta”. El seminario tendría pocos pero privilegiados miembros: “Y desde el propio Scholem, Hannah Arendt, Karl Löwith y Adorno, no conozco a nadie que esté dotado de esa intuición inmediata y ejercitada en el mundo pavorosamente destruido de Benjamin, en la raíz de su pensamiento”. El texto repasa la relación de Benjamin con los narcóticos, la sexualidad, el coleccionismo, las traducciones. Lejos, lo mejor del libro.

En Los que queman los libros... y en Los disidentes del libro, Steiner se refiere al poder indeterminado de los libros sobre los lectores y la cultura. Allí toma una postura particular –y reaccionaria, que retoma en una de las entrevistas–, según la cual la cultura libresca fomenta, de algún modo, la bestialidad, la opresión y el despotismo: “La literatura, la filosofía y la crítica, en el sentido fuerte del término, pueden seducir al espíritu humano, transformar nuestra conducta interior y exterior, convertirnos a la acción, pueden también degradar y empobrecer nuestra conciencia, corromper las imágenes del deseo que llevamos con nosotros”, escribe. Incluso revela que “De Varsovia a Buenos Aires se hace publicidad de libelos que niegan la existencia de los campos de exterminio nazis”. Y se pregunta: “¿No se podría, entonces, justificar racionalmente la mínima forma de censura?”. Parece mentira que George Steiner siga creyendo que la conciencia es un frasco al que se vuelcan ideas, como caramelos, más o menos fuertes.

Las entrevistas repasan la vida y obra del propio Steiner, con algunas anécdotas imperdibles. En su juventud, de visita en casa de Geörg Lukács, después de una larga conversación, “debió escapárseme no sé qué observación”, confiesa Steiner, y Lukács lo miró con desprecio: “No ha entendido usted nada de todo lo que hemos hablado”.

Una de las entrevistas culmina con una reflexión de Steiner que debería tenerse en cuenta a la hora de leerlo: “Soy quizás el peor jugador de ajedrez que existe, pero soy un jugador apasionado”. Quizá no sea el peor ensayista (sin dudas, no lo es), pero sí el mejor y más grande divulgador apasionado de la cultura en nuestro tiempo.

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