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Domingo, 18 de mayo de 2008

ENZENSBERGER

Alemania a la hora del té

Intelectual politizado, referente ineludible de la Alemania de la posguerra en adelante, Enzensberger volvió a la novela y al diálogo para confrontar los fantasmas de la historia.

 Por Fernando Bogado

Josefine y yo
Hans Magnus Enzensberger

Anagrama
160 páginas

Las heridas que la Historia ha dejado en el pueblo europeo y, más específicamente, en la comunidad alemana, podrían ser muy bien los principales momentos de una era absolutamente desgraciada. Testigos y agentes activos, los alemanes condensaron gran parte de lo que configura la médula del siglo XX: el horror de las dos guerras mundiales, el exterminio sistemático de personas de la última, el ascenso y caída de dos sistemas “utópicos” (el nacionalsocialismo y el comunismo), la brutal supervivencia de otro (el capitalismo, claro), la aparición y desaparición del único indicio efectivo de una guerra fría (el Muro de Berlín), etc. En su última novela, Josefine y yo, el reconocido novelista, poeta y pensador Hans Magnus Enzensberger complica aún más la situación contando un recorrido ínfimo por la mínima expresión de una Historia Nacional: las humildes conversaciones de dos persona(je)s protagonistas de sus vaivenes. La novela plantea, ante todo, un comienzo breve, la excusa necesaria para crear la invitación al diálogo: Joachim –un economista dedicado a investigar las diferentes estrategias comerciales que ligarán los mercados de las dos Alemanias recientemente unidas– salva a una señora de ser asaltada. Josefine, tal el nombre de la anciana, lo invita con un gesto medido a compartir con ella un té en su casa, un mobiliario que representa tanto el peso de los años transcurridos desde sus tiempos de gloria como la resistencia radical a desplomarse completamente. Sí: un poco como su dueña.

Las reuniones se suceden, convirtiéndose casi en la obligada hora semanal reclamada por cualquier analista. Las conversaciones entran de lleno en los más profundos temas filosóficos, liberando de tanto en tanto detalles íntimos de la vida de sus participantes. Josefine, pese a su resistencia constante a ahondar en su carrera como cantante profesional, asegura por momentos haber compartido fiestas con miembros de la jerarquía nazi y de haber sido invitada varias veces a cenar con el mismísimo Goebbels. Será quizás el personaje de Fryda, ama de llaves devenida amiga de su jefa, la encargada de materializar el dolor de una época en los límites de su biografía: proveniente de una familia judía cuyo destino es desconocido por ambas, acepta que fue la bondad de la señora la que le permitió sobrevivir al holocausto. Sin embargo, el texto no aborda ningún tipo de sentimentalismo: Josefine –siguiendo sus propias palabras– no es Schindler.

La obra de Enzensberger es, en alguna medida, un despliegue de diálogos, o mejor, de confrontaciones en diversos niveles, algo que salta a la vista como constante a la hora de revisar sus otros trabajos. Desde el “reportaje ideológico” –mezcla de análisis sociológico y periodismo– al cual recurre como método en su ensayo ¡Europa, Europa! (1987), pasando por un estudio sobre la renovación de la población y mentalidad de ese continente, tema de La gran migración (1992), Enzensberger se muestra como un intelectual politizado, à la Sartre.

El diálogo entre la pretérita cantante y Joachim es, ante todo, una metáfora del encuentro de dos Alemanias que no estaban separadas solamente por sus sistemas políticos, sino también por los años transcurridos: la antigua Alemania, arrastrando por la historia su complicidad con un régimen siniestro; y la nueva, llamada a enfrentarse a esta culpa y encontrar la mejor de las salidas posibles. El muro ha caído, y la integración geográfica es, aquí, una integración generacional que recurre al diálogo entre sus miembros como motor de cambio. La novela –escrita bajo la forma de un cuaderno personal en donde Joachim anota las diversas visitas a la casa del Paseo de los Castaños– es el mejor registro de uno de los episodios fundamentales de la historia reciente. Como todo diario (juego consciente con el tiempo), es también a su manera una incipiente cicatriz: algunos extremos de la herida se han curado; otros, muy por el contrario, permanecen aún abiertos.

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