libros

Domingo, 8 de junio de 2008

Los únicos privilegiados

Un relato sobre los ’70, escrito desde la óptica de la infancia, publicado en francés y ahora traducido
al castellano.

 Por Patricio Lennard


La casa de los conejos
Laura Alcoba

Edhasa
134 páginas

¿Cómo narrar la violencia de los años ’70 desde el punto de vista de un niño? Ese es el interrogante que atraviesa La casa de los conejos, novela en la que Laura Alcoba se remonta a los inicios de la dictadura (y a su propia infancia) para darle voz a una nena de siete años que vive con su madre y con un grupo de militantes montoneros en la casa donde funcionaba la imprenta que la organización guerrillera tenía en La Plata. Una empresa de cariz autobiográfico (Alcoba y su madre abandonaron esa casa poco antes de que un operativo terminara allí con la vida de siete guerrilleros) que se desentiende de las implicaciones ideológicas de la militancia para centrarse en lo personal y lo cotidiano.

“He querido jugar a la adulta, a la militante, a la ama de casa, pero sé bien que soy pequeña”, dice en un momento el personaje de Laura. Y es a partir de esa inadecuación, de la idea de estar en el lugar equivocado, que su mirada infantil pone en escena la aprensión y el peligro que signan su circunstancia. Ya sea imaginándose a sí misma en situación de tortura, o tomando la merienda en la mesa en que los adultos limpian sus armas, Laura hila una serie de recuerdos que, lejos de idealizar el accionar de quienes la rodean, expone su perplejidad, su estupor y sus reparos. En este punto es donde Alcoba es menos condescendiente con la generación de sus padres (a la que no interpela en ningún momento de manera directa). No por nada, al comienzo del libro, la narradora adulta, dispuesta ya a recordar su experiencia en esa casa, escribe: “Voy a evocar al fin toda aquella locura argentina, todos aquellos seres arrebatados por la violencia”. Formulación que se inscribe, vale notarlo, en una novela cuyo eje no son las prácticas del terrorismo de Estado sino el modus operandi de la guerrilla.

Haciendo foco en su propio pasado e intentando reconstruirse a sí misma, Alcoba no hace de su no del todo asumida infancia guerrillera la masticación de un trauma. Aunque su posición dentro de la casa en más de una ocasión sea la de alguien que pone en riesgo la seguridad de todos (haciéndose merecedora de crispados retos), ya sea porque le dice a una vecina que no tiene apellido, o porque asiste a la escuela con un blazer heredado de su tío al que sin darse cuenta le han dejado cosida una etiqueta con su nombre.

Ya Cristina Feijóo, en su novela de 2006 La casa operativa, había representado el accionar de un grupo guerrillero a través de la óptica de un niño. Pero mientras Feijóo (que fue militante en los ’70 y estuvo detenida-desaparecida durante casi tres años) saltaba de una generación a otra, en un sentido inverso, para componer el relato de un hijo que evocaba el pasado guerrillero de su madre, Alcoba hace foco en la niña que fue y omite preguntarse por qué estuvo donde estuvo. Lo que justifica que la memoria de un pasado cuyo sentido fue eminentemente político se plasme, en este libro, como memoria individual y privada.

Publicada originalmente en Francia, donde la autora vive hace treinta años, y traducida al español por Leopoldo Brizuela, La casa de los conejos cuestiona la violencia de los grupos armados, obviando el sustento político que ésta tenía. Algo que quizás es coherente con el hecho de que sea una niña la que sostiene el relato, más allá de que por momentos esto pueda parecerse a una simple coartada.

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