libros

Domingo, 15 de junio de 2008

MENDICUTTI

Hasta por los codos

 Por Veronica Bondorevsky


Ganas de hablar
Eduardo Mendicutti

312 páginas
Tusquets Editores

Ganas de hablar es una novela protagonizada por un lengua suelta, un narrador desbocado cuyo nombre es Cigala. Este hombre urgido por conversar es un manicura y su servicio no sólo consiste en embellecer las manos de sus clientas, también, por el mismo monto, las envuelve con una catarata de anécdotas y chismes. Esta segunda prestación, su verba hiperbólica, es la que el municipio en el que vive, La Algaida, le reconocerá en tanto personalidad del lugar, cambiando el nombre existente de una calle por el suyo.

A partir de esta idea inicial, comienza la paradoja. La vía que él quiere que en el futuro cercano lleve su nombre se llama Silencio, concepto emblemático para su experiencia, ya que Cigala se encarga una y otra vez de remarcar que su mundo de palabras ha funcionado siempre para tapar aquello por lo que sufre y de lo que no ha hablado: sus dramas familiares de fondo. Pero su deseo vial encuentra pronto voces contrarias porque por esa calle pasa periódicamente una procesión religiosa.

La narración, estructurada como un gran monólogo que se extiende durante veintiún días (hasta la fecha en que recibe el premio), cuenta también con distintos destinatarios: su hermana, un amigo, el cura; pero su principal receptora resulta la primera: una mujer mayor llamada Antonia, postrada y con la mente ida, cuyas características la convierten en ideal no sólo porque presta su oído pasivamente y no contesta, sino porque vivió la misma historia familiar que su hermano; ella sabe de lo que él está hablando, qué es lo que realmente cuenta de su gran discurso.

Eduardo Mendicutti, el autor de Ganas de hablar, utiliza como epígrafe a su novela una oración del escritor Angel Vázquez correspondiente a La vida perra de Juanita Narboni, una narración que fue referente para él y su publicación data de mediados del setenta, protagonizada por una española de mediana edad, amargada y empobrecida, que repasa su vida a través de un gran monólogo. Para nosotros, lectores argentinos, esta novela reenvía de manera directa a la narrativa de Manuel Puig (Mendicutti, en un reportaje durante la pasada Feria del Libro, lo mencionó). La representación en la escritura del lenguaje privado que restablece el imaginario y la oralidad popular es una construcción original y lograda por parte de Puig.

Más allá de influencias y diálogos, Ganas de hablar es transparente por lo menos del mundo que rescata: el habla popular –una constante del estilo de este escritor–. Y también homenajea la sensibilidad romántica, en este caso desde la perspectiva de un manicura gay, con su munición de palabras al servicio de recuperar un mundo perdido, una arcadia de amores y deseos no correspondidos, mientras la realidad (y su banalidad intrínseca) rodea y tiñe el telón de fondo de este Cigala, un ser que puede –por qué no– deambular también por cualquier relato almodovariano.

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