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Domingo, 24 de agosto de 2008

CORDERO

Las primeras ideas

 Por Jorge Pinedo


La invención de la filosofía
Néstor Luis Cordero

Biblos
207 páginas

Sucedió con Copérnico, Darwin, Marx, Picasso, Freud y (no) tantos otros. Como a todos los sistemas de pensamiento que van contra la corriente y revolucionan la forma de hacer el mundo, el poder establecido les aplicó su estrategia de ataqueanexiónrevisiónescisión conversión. De manera de convertir aquella propuesta novedosa en una hipótesis adaptativa, gatopardista, funcional al establishment. Dicho de modo sencillo: a todo Juan Domingo le llega su Carlos Saúl.

Pero antes que a nadie pasó con los filósofos griegos, para quienes la discusión contradictoria, el espíritu crítico, la libertad de pensamiento, el diálogo constituían el principio de la mismísima condición humana. Sí: luego de casi ¡doce siglos! de no menos fecunda que diversificada producción, de un plumazo, el emperador Justiniano en el año 529 prohibió enseñar filosofía a los no cristianos, lo que aparejó la clausura de la Academia platónica de Atenas. En 1228 Guillaume de Auvergne prohibió la lectura de Aristóteles hasta que medio siglo más tarde Tomás de Aquino hizo una versión light haciendo de las preguntas, respuestas; de los problemas, certezas; no menos que de la Razón, meros actos de fe.

Como de los escasos textos griegos originales poco y nada queda (salvo las Obras Completas de Sócrates, adocenadas junto a las novelas de Borges), de la filosofía antigua se sabe por ecos lejanos que dificultan la confrontación con las fuentes. Precisamente ese es el rescate que desde hace casi cuatro décadas realiza el filósofo radicado en París Néstor Luis Cordero (Buenos Aires, 1937) y que sintetiza en La invención de la filosofía. Una introducción a la filosofía antigua, breve pero contundente, que sin manierismos academicistas ni remilgos repasa aquel tan vigente pensamiento que va de Tales a Epicuro. Mediante una fina textura y profundidad histórica revierte un campo que la pedagogía actual imparte como una superficie chata, homogénea, evolutiva, carente de matices y dotada de efectos cuasi teológicos. Lo que impacta de Cordero no son sus tres doctorados, ser uno de los pocos pensadores argentinos escuchados en el exterior, su vigencia y actualización en tanto helenista. Conmueve la sencillez que no pierde hondura al momento de relatar la Historia, de desmitificar supuestos naturalizados y sembrar el interrogante: “¿Hasta qué punto somos capaces de decidir si nuestra manera de pensar es el fruto de siglos de un aprendizaje latente de esquemas propuestos por el filósofo, o si el filósofo no hizo más que sistematizar la manera de pensar de nuestro cerebro ‘occidental’ (que en realidad se originó en el Cercano Oriente)?”.

En tanto Introducción, la obra de Cordero abjura de toda pretensión y entonces consta de fragmentos personalizados en sucesivos pensadores con los que se aspira a compartir el problema, asumiendo por un momento “como actual esta voz que viene de un pasado remoto”. Piedra angular del espíritu crítico, hace suyo lo de Heráclito al comprometer al lector “para que lea varias veces sus palabras con el objeto de que descubra él mismo el sentido de la frase y comparta así el placer del hallazgo”. Propuesta para la que se sirve del arsenal filológico, volviendo sobre las palabras, yendo y viniendo a la lengua griega, bogando sobre sus posibles acepciones. Recorrido que lleva a la sorpresa de constatar “que solemos (hoy en día, aún) pensar en griego, aunque no seamos conscientes de ello”.

Así como el Danubio no es azul sino marrón (como el ancho Plata), Cordero devela que es falso que Heráclito nunca se bañaba en el mismo río, sino que lo hacía en distintas aguas pero el río era el mismo, que Platón jamás intentó –ni logró– generar un sistema, que nada más lejano a Aristóteles que el despotismo y la misoginia, que la escuela de Elea nunca existió aunque Zenón sí, que los cuatro elementos básicos (agua, tierra, fuego, aire) no eran tales sino dos pares oposicionales de propiedades (seco/húmedo, caliente/frío), dialécticos diríamos hoy, en fin, que eso que la corporación docente imparte constituye una fábula edulcorada para uso interno de la parroquia. Desmitificador tanto como divulgador, Cordero incluso descubre a un tipo llamado Antifonte que en el 2400 a.C. escribió un tratado intitulado Sobre la interpretación de los sueños, que “curaba con discursos a quien padecía un sufrimiento”, sostenía que “el pensamiento conduce al cuerpo” y se oponía a las mancias adivinatorias tan en boga, por su artificiosidad. Nada nuevo bajo el sol: el asunto es hacerlo brillar, y Cordero lo logra.

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