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Domingo, 5 de octubre de 2008

BIOGRAFíAS

Soy tu fan

Durante años, décadas, el profesor y escritor Frank Harris mantuvo una relación primero de distante admiración, luego epistolar y finalmente de trato personal y casi amistoso con Saul Bellow. Pero jamás consiguió su bendición para ser su biógrafo. La injustamente olvidada SB Drumlin Woodchuck fue su respuesta, su venganza y su homenaje.

 Por Juan Forn

Oscar Wilde contaba que un escritor podía dilapidar su talento por “ceder al vicio de contestar las cartas recibidas”. Todos los escritores lo saben: jamás hay que contestar cartas de fans. Sin embargo, casi todos terminan cediendo alguna vez... y lo pagan. Los casos abundan y siempre son hilarantes, desde la legendaria Vida de Johnson de Boswell (el mejor fan de todos los tiempos: veintiocho años siguiendo a su ídolo) hasta U & I (la breve pero decididamente enferma obsesión de Nicholson Baker con su colega de psoriasis John Updike), pasando por Pages from A Cold Island (el joven Fred Exley alcohólicamente obsesionado con el cadáver aún tibio de su venerable vecino Edmund Wilson) o En busca del barón Corvo, libro que inaugura todo un subgénero dentro de la “literatura de fans”: aquel donde el biógrafo (en este caso, el atildado AJ Symons) cuenta cómo fracasa en su intento por captar a su biografiado (el satánico, mitómano, histérico sodomita Frederick Rolfe, alias “barón Corvo”).

El personaje principal de Herzog, la novela de Saul Bellow, era un alma en pena que redactaba furibundas cartas en su cabeza (a la esposa que lo había corneado, al amigo que le había robado la esposa, a ex jefes y compañeros de trabajo, a muertos queridos y odiados vecinos, y así hasta abarcar a la humanidad entera en aquel delirante epistolario). En los doce meses posteriores a la salida de Herzog, Bellow recibió más de tres mil cartas en su domicilio. Uno de ellas era de un tal Mark Harris. Harris no era un desconocido para Bellow: había empezado a escribirle cuatro libros antes. Tenía sólo siete años menos que Bellow, enseñaba literatura en la Universidad de Minnesota (donde Bellow había tenido su primer trabajo), había publicado un par de novelas (como Bellow a los cuarenta), era judío (nombre completo: Mark Harris Finkelstein) y no sólo había logrado que su ídolo le contestara una carta: en 1961, cuando volvía en auto de entrevistar a Robert Frost para la revista Life, logró que Bellow lo tuviera de huésped una tarde entera en su casa y hasta le leyera en voz alta páginas de la novela que iba a llamarse Herzog tres años después. Harris incluso había ido de copas con Bellow una vez, en Nueva York. ¿No alcanzaba todo eso para habilitarlo como biógrafo de su ídolo?

“Sé perfectamente que sí. No es eso lo que quiero saber. Lo que quiero es tu bendición: que me aceptes como tu biógrafo, que podamos vernos una o dos veces al año, durante los próximos diez o quince años...” Eso decía la carta que Harris le envió a Bellow después de leer Herzog. Y de eso trata el libro que terminaría escribiendo. De esos quince años siguientes: de cómo logró mantener contacto epistolar y hasta personal con Bellow, sin lograr nunca que éste le contestara el pedido de aquella carta (“Un Sí o un No bastarán. El que sea, pero uno de los dos. Es todo lo que pido”). SB Drumlin Woodchuck es el libro que Harris escribió cuando llegó a la conclusión tardía y evidente de que no sería el biógrafo de Bellow. SB Drumlin Woodchuck es la venganza, y el homenaje, que Harris dedica a su autor venerado, después de quince años de perseguirlo, de enseñar sus libros en la universidad, de acumular apuntes delirantes sobre él. SB Drumlin Woodchuck es la antítesis de una biografía: es la radiografía de un fan. Todo lo que siente un admirador por su escritor favorito, desde lo vergonzante a lo hilarante a lo conmovedor.

“Estudié cada cosa que él escribió y cada cosa que dijo, y cada gesto que hacía. Se llama aprendizaje. Yo tenía treinta y siete años y un maestro de cuarenta y cuatro”, escribe Harris. Y poco después: “Estábamos sentados en sillas enfrentadas. El se había desparramado en la suya. Frost se desparramaba así. O quizás era yo el que se había desparramado en la silla. De lo que puedo dar fe es de que había una atmósfera de desparramarse en el aire”. La mimetización de Harris es tal que cree estar confesando cosas propias cuando revela chismes sobre Bellow que logró pescar. Ejemplos: que la Legión de Honor que le otorgó Francia era del rango más bajo (por el insólito color verde de la cinta que sostenía la medalla). Que usaba plantillas especiales para parecer más alto y ropa entallada para parecer más atlético. Que pensaba que, para ser un gran artista, había que ser un mal amigo y que un escritor era afortunado si su vicio era el sexo, en lugar del alcohol (porque “escribir es una actividad sensual y tiene su consistencia que vicio y oficio de uno sean de la misma naturaleza”).

En una de sus peregrinaciones a Chicago, Harris llama desde su hotel al departamento de Bellow. Cuando atiende Susan, la segunda esposa del escritor, él recuerda de golpe haber oído que Bellow acaba de separarse. Y agrega: “Recordé habérselo oído a Susan precisamente. Y recordé qué bien le quedaban aquellos pantalones de pana morada la última vez que la vi. Recordé sus muslos. Recordé sus labios. Recordé ese vivo retrato de la belleza, la salud y la dicha. Y le pregunté si quería cenar conmigo”. Cuando Bellow escribe en El legado de Humboldt que Charlie Citrine (su alter ego en esa novela) debe permanecer durante horas cabeza abajo con la espalda contra la pared y los glúteos apretados para aliviar su próstata, Harris le envía un larguísimo ensayo de su autoría sobre... endocrinología prostática (Bellow no contesta). Cuando Harris lee que Bellow está en serios problemas legales en el juicio de divorcio con una de sus esposas, fantasea con la idea de que su escritor favorito termine en prisión, así él podrá visitarlo todo lo que quiera y hacerle las preguntas que siempre le quiso hacer (por ejemplo: “¿Puedo ser tu biógrafo?”).

Con el paso del tiempo, Harris siente que ha ido alcanzando la sabiduría de Bellow: “De golpe empecé a sentir cosas que hasta entonces sólo experimentaba a través de sus libros”. Para entonces, Bellow ya ha ganado su segundo Pulitzer, su tercer National Book Award, el Nobel. Y, luego de ingentes gestiones, Harris ha logrado convencerlo para que vaya a dar una conferencia en su universidad. Es su triunfo. Pero cuando llega el ansiado momento de recibir a su ídolo delante de todos, siente un anticlímax: “¿A quién podía interesarle ver a ese hombre gris cuando uno podía simplemente leerlo?”.

Harris finalmente publica su libro en 1980 (ninguna editorial grande se interesa; lo saca con la Georgia University Press). Envía un ejemplar a Bellow. Lo llama para conocer su opinión: “Me agotaste. Que no es lo mismo que convencerme”, es todo lo que le dice Bellow. Lo notable es que esa escena es parte del libro de Harris: figura a página y media de llegar al final, justo antes del extraordinario episodio con que cierra el libro. Que ocurre, según Harris, “mucho tiempo después”. El está de paso en Pittsburgh, lee en el diario que Bellow dará una conferencia en la Biblioteca Carnegie, compra su entrada, ocupa su asiento, ve a su ídolo subir al escenario. Bellow dice: “Ya hemos tenido todos suficientes conferencias, ¿no?”, y procede a leer su cuento “La bandeja de plata”. “Durante hora y cuarto mantuvo en vilo a seiscientos espectadores”, escribe Harris, y agrega, más bellowiano que nunca: “Entonces, tímido, incómodo, un poco perdido, obligado por las circunstancias a recorrer sin escolta la distancia entre el estrado y el costado del escenario, agradeciendo mansamente con la cabeza los aplausos y tratando de sonreír, vi desaparecer paso a paso a aquel que con su pluma me había enriquecido y entretenido y desasnado y elevado y estimulado la conciencia y profundizado mi idea de mí mismo como escritor y como ciudadano del planeta. Pero no tomé notas, porque mi trabajo ya había terminado”. Así termina SB Drumlin Woodchuck. Por eso es mi favorito absoluto en el rubro libros de fans, aunque nunca jamás vaya a reeditarse, ni a traducirse a ningún idioma, ni a ser incorporado al corpus bibliográfico sobre Bellow, siquiera como nota al pie.

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