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Domingo, 23 de noviembre de 2008

Confieso que he amado

Roberto Ampuero ha creado un curioso detective de origen cubano llamado Cayetano Brulé. En El caso Neruda se reconstruye el mito de origen del personaje, nada menos que de la mano del gran poeta chileno, con sus secretos y anhelos profundos, todo bajo el dramático telón de fondo de los días finales de Salvador Allende.

 Por Juan Pablo Bertazza

El caso Neruda
Roberto Ampuero

Norma
330 páginas

“Si la poesía te transporta al cielo, la novela policial te introduce en la vida tal como es, te ensucia las manos y tizna el rostro como el carbón al fogonero de los trenes del sur”, dijo alguna vez Pablo Neruda. No en sus poemas, ni en sus entrevistas, ni siquiera en su libro de memorias Confieso que he vivido. Sino en la nueva novela del reconocido escritor chileno Roberto Ampuero, que constituye algo así como el episodio cero del detective Cayetano Brulé.

Y es una frase menos ingenua y más programática de lo que parece a simple vista, porque revela la compleja intención que pretende rumbear el libro. Es que, lejos de decidirse totalmente por esas novelas que te introducen en la vida, El caso Neruda planea entre los dos mundos: por momentos, se da a conocer como un policial adornado no sólo con la figura emblemática del Nobel chileno sino también con los convulsionados años de la búsqueda socialista de Salvador Allende, ilusión que murió con el golpe liderado por Pinochet en septiembre de 1973. Pero, al mismo tiempo, este libro se muestra también como aquellas novelas que, como la poesía, buscan llevar al lector al cielo de la historia aunque con la velocidad de esas naves masivas que son los policiales, incluyendo algunos de sus típicos ingredientes: femmes fatales, bares de toda calaña, tragos de todos los colores.

Además, El caso Neruda es una gran digresión. Instalado en el siempre cambiante puerto de Valparaíso, el detective habanero Cayetano Brulé recuerda, mientras pierde deliberadamente el tiempo antes de una entrevista enigmática con la consultora más influyente de Chile, su primer caso: un caso doblemente fundante por su condición ultrasecreta y por haberlo transformado en detective. Es decir, no aquel primer trabajo que uno buscaba tener para dedicarse a aquello que estudió, sino el primer trabajo que termina decidiendo lo que es uno, como si no fuéramos más que personajes de una trama invisible. El autor de la trama que lo convierte a este joven cubano en detective privado es, justamente, Pablo Neruda.

Viejo y consciente de su avanzado cáncer, aunque con el deseo de acompañar lo más que se pueda a Allende (asediado por Nixon, las huelgas y los cacerolazos), el vate se dispersa de sus fieles seguidores por un instante para iniciar una conversación con el joven Cayetano que, de tan tímido, ni siquiera mira a los ojos a su interlocutor y, por lo tanto, desconoce de dónde proviene esa voz nasal. Luego del terrible impacto, el poeta aparentemente le soluciona al joven su problema laboral, lo cual en cierta forma recuerda el vínculo entre Neruda y el cartero de Antonio Skármeta (los momentos en que la admiración de Brulé coincide con la de Mario Jiménez son los más flacos de esta buena novela). El trabajo que le encarga Neruda es del todo confidencial: encontrar a un viejo médico que en la década del cuarenta empezaba a explorar la posible curación del cáncer a partir de plantas milenarias. Un caso que, como suele suceder, esconderá una misión y, sobre todo, un secreto mucho más grande que el asunto que lo origina. Estructurada con capítulos que llevan el nombre de algunas de las numerosas mujeres del donjuán Neruda (cuyo romance con la sobrina de su última esposa, Matilde Urrutia, fue recientemente confirmado), el principal atractivo de esta novela es cómo va mostrando las intersecciones o, a veces, incongruencias entre el amor, la política y la vida. Es decir, esos momentos en que aquellos tres pilares se van atrayendo y espantando: indeclinables causas políticas que, increíblemente, empiezan siendo una prueba de amor, compromisos partidarios que destrozan los contratos pequeñoburgueses de una pareja y demás contradicciones entre el deber hacer y las acciones reales que van haciendo toda una vida. Así, con el viejo antecedente de Dido, reina de Cartago, arriesgándolo todo por el amor de Eneas, Ampuero impacta proponiendo no sólo que su personaje Cayetano se involucre con el pueblo chileno a causa del amor por Angela, sino incluso que el mismo Neruda deja sus poemas herméticos y se vuelve comunista totalmente influido por una de sus parejas, la argentina Delia del Carril y, luego, no deja de contradecir un tanto su utopía abandonando progresivamente a todas sus mujeres, incluida su hija hidrocefálica, para convertirse en el gran poeta que finalmente fue porque, tal como Ampuero le hace decir: “El camino hacia la felicidad personal está adoquinado con dolores ajenos”.

Empleando un estilo tal vez demasiado directo para tratar un tema de por sí complejo con todas las aristas que se propuso, Ampuero logró una novela más interesante y atractiva que cerrada y armónica. Y esto, que podría parecer una simple concesión, se manifiesta en el espectro impresionante que abre y en el cual se cuenta la génesis y suerte de uno de los últimos libros de Neruda, Incitación al Nixonicidio y Alabanza de la Revolución chilena (1973), un volumen de poemas notable que fue prohibido en Chile y todavía es poco conocido en nuestro país, donde el poeta se confirma autor de una obra impresionante, acaso no tan leída, y a veces injustamente reducida por las críticas a su postura pacifista o a su deseo de ver callar a las mujeres para sentirlas como ausentes.

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