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Domingo, 14 de diciembre de 2008

Cuando Kapuscinski pintó su a

Se publica por primera vez en castellano el libro de crónicas que Kapuscinski dedicó a Polonia en 1962. La edición sigue las distintas variantes del libro, ligada a los vaivenes políticos y afectivos del gran cronista.

 Por Angel Berlanga

La jungla polaca
Ryszard Kapuscinski

Anagrama
206 páginas

Qué manera de caminar, Kapuscinski. Caminar y luego contar, para él, fue vivir. Los otros están en el camino y, luego, frente a las páginas; a aquéllos los oye, les pregunta, los retrata y, luego, los cuenta con sus perspectivas en el tiempo, sus deseos, sus tragedias. La jungla polaca es un viaje que contiene muchos otros viajes; en principio, uno a su primer libro, publicado en 1962, cuando tenía 30 años. Esta es la primera versión del volumen en castellano y está a cargo de Agata Orzeszek, traductora de su obra y autora, aquí, de notas de contexto y de una introducción que informa del recorrido de supresión y agregados de piezas en las sucesivas ediciones respecto de la original, una serie de crónicas acerca del cotidiano de hombres y mujeres comunes, la mayoría de ellos trabajadores/as en la Polonia de aquel tiempo.

Predominan en estos reportajes de cara a su país, entonces, el trabajo esforzado, ciertos rasgos de progreso y la esperanza. Todavía muchísima precariedad, pobreza y marginalidad, pero pinta algo de luz y de paz tras la negrura de la guerra, las cenizas y las ruinas ahí nomás.

Hasta 1981, Kapuscinski perteneció al Partido Comunista de Polonia; desde mediados de los ‘50 fue corresponsal de la Agencia de Prensa Polaca, el mundo como escenario para desarrollar el oficio de cronista. Gabriel García Márquez, que escribió Crónica de una muerte anunciada, lo consideraba el maestro del género. Bueno: algunos rasgos de esa maestría se perciben en varios de estos relatos, en la reconstrucción de imágenes y, sobre todo, en la variedad y originalidad de sus puntos de vista. Gran parte de eso proviene de la vocación por caminar: ganas de mover, de ver más allá. La curiosidad inagotable que parecía tener Kapuscinski potenciada por la energía de la juventud: se engancha a patear con tres laburantes golondrina, acompaña a un par de auxiliares de literatura que admiran el trabajo de un balsero dedicado a cruzar troncos de una orilla a otra, se llega hasta un pueblo en el que unas señoras lincharon a una chica por andar en bikini. “El tieso” es quizás el mejor ejemplo: llega a una mina de carbón en la que había muerto un chico de 18 años, se ofrece para llevar el ataúd hasta el pueblo del finado, el camión se queda por el camino, el grupo decide llevar el cajón a pulso unos 20 kilómetros a través del bosque. La vida y las expectativas de un profesor, un campesino, un militante, unos estudiantes vagos que se las rebuscan, unos marginales que trabajan en una duna, un aficionado frustrado que asiste a las prácticas de un atleta consagrado. La vida sencilla en las aldeas, sobre todo, pero también la modernización en las ciudades.

El entusiasmo: Kapuscinski es cronista y, además, camarada. De ahí, y del contraste con la ocupación nazi y la guerra, el optimismo que predomina en esos textos: la mejora está en las alusiones al progreso, fábricas, cosechas, pensiones, trenes, lavadoras, el Sputnik en órbita, la esperanza de la gente común; en la mayoría de las crónicas estos elementos aparecen como trasfondo, pero en el que da título al libro, una evocación de Polonia desde la selva de Mpango, Ghana, y a la vez un intento fallido por contar su país al jefe de un poblado, Kapuscinski enumera “orgullos y desesperaciones”. “Polonia –escribe–. Nieve, mujeres al sol, ninguna colonia; antes, la guerra; ahora, casas en construcción y gente aprendiendo a leer.”

A partir de los años ‘80, Kapuscinski quitó a las sucesivas reediciones cuatro de las veinte crónicas originales. Son las que más condensan el “exceso de optimismo” para con el régimen, evalúa Orzeszek, y aquí se coincide; se coincide, además, con la apreciación de la agudeza de los sentidos de Kapuscinski volcados a la prosa. Esta edición publica todos aquellos textos y añade dos que reconfiguran la lectura; el que abre el volumen, “Ejercicios de la memoria”, fue incluido en vida por el autor: son sus recuerdos de la guerra, de cuando era niño. “Tengo siete años, me encuentro en un prado y no quito los ojos a los puntos que apenas se deslizan por el cielo”, escribió. Las bombas, “los plumeros de tierra que se elevan hasta las copas de los árboles”, el impulso de correr hacia ese espectáculo fascinante y la madre que lo tira al suelo, lo abraza, le dice “ahí está la muerte, hijo”. Las vivencias de entonces condicionan las siguientes; ese texto, ahí, resignifica los otros. La segunda crónica añadida, la que cierra La jungla polaca, es inédita en libro, fue escrita en los ‘90 y se publicó en la Gazeta Wyborcza dos días después de su muerte, en enero de 2007. Se llama “Paseo matutino” y es una recorrida a pie por Varsovia entre su casa de entonces y el barrio en el que vivió cuando era chico. La ciudad y el tiempo: un viaje en el recuerdo a lo que fue, otro viaje por lo que es, otro más por la perspectiva de la lectura hoy. El texto es el desencanto del presente: empieza con una cola de trabajadores ante el consulado británico, ansiosos por una visa. “Enseguida sé que estoy en el tercer mundo”, escribe. Aunque los bosques sean un refugio ahí, en Varsovia, el futuro ya no es lo que era. Y ni siquiera anduvo cerca de lo imaginado.

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