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Domingo, 11 de enero de 2009

Tinta china

Uno de los reyes de la novela policial europea vuelve al género, pero no para facturar con su fama sino animándose a buscar algo nuevo, con un libro arriesgado, lleno de asesinatos violentos pero cuyo verdadero protagonista es la muerte de los 60.

 Por Martín Pérez

El chino
Henning Mankell

Tusquets
472 páginas

Apenas comienza El chino, la flamante novela que marca el regreso de Henning Mankell al policial, todo parece indicar que —a diferencia que su anterior incursión en el género, El cerebro de Kennedy (2006)— se trata de un nuevo caso de Wallander, pero sin Wallander. Todos los elementos parecen estar en su sitio: un crimen atípico y bestial como punto de partida, el retorno al invierno sueco como escenario natural, y el lento despliegue de una investigación policial, con sus deducciones, sus cadenas de mando y, por supuesto, también su burocracia. Al frente de la investigación, que comienza con un meticuloso relevamiento del escenario del crimen, aparece una suerte de versión femenina del inspector que hizo famoso a Mankell, una pelirroja cincuentona algo robusta pero muy atlética, llamada Vivi Sundberg. Dos veces viuda, y descripta como “buena policía, persistente y con gran capacidad de análisis”, Sundberg —y todo el escenario seudo Wallander— está en realidad allí para señalar todo lo que no pretende ser una novela como El chino. Porque, lejos de intentar regresar al escenario de sus grandes éxitos, si Mankell retoma el policial es para hacer lo que hacen los grandes: doblar la apuesta artística cuando hay con qué apostar. Y su nueva jugada resulta ser una ambiciosa novela en cuatro partes, que recorre cuatro continentes y varios momentos históricos usando un crimen bestial como excusa para recordar más de un genocidio. Occidental y cristiano, por supuesto.

Una década es lo que tardó la saga de Wallander en ser traducida al castellano: si su primer volumen se publicó originalmente en 1991, la primera traducción llegó recién en 2000. Pero el éxito del conflictuado detective sueco demoró mucho menos en llegar, y en los años siguientes la editorial Tusquets ya estaba apurando las traducciones de los nueve volúmenes de la saga, que originalmente se fueron presentando en cierto desorden cronológico, un detalle que la nueva reedición de bolsillo pretende corregir. Para cuando se agotó la reserva de Wallander —y sus consiguientes seudo-secuelas, la última de las cuales la protagonizó su hija Linda— las traducciones comenzaron a estar cada vez más al día. Pero si casi no hay un semestre sin un nuevo libro de Mankell no es porque el sueco escriba sin parar, sino porque cuando no hay libro nuevo siempre hay un lugar para sus otras novelas, las que no son policiales, como Profundidades (publicada originalmente en el 2004, traducida en mayo del 2007) o Zapatos italianos (del 2006, publicada en castellano en noviembre del 2007). Con fecha de 2007 en sueco y de fines del 2008 en castellano, El chino es un Mankell flamante, en el que se mezclan cada vez más todos los intereses del autor, como si se hubiese decidido a incorporar a sus libros más leídos, los policiales, los temas y preocupaciones de sus novelas o ensayos que exceden el género.

Con abundantes citas de Mao Tse Tung, y una ciertamente atemporal defensa de la situación china, poniendo al menos en duda todo juicio de valor occidental —no sólo en el caso de Mao, sino también en el de Robert Mugabe, el controvertido líder de Zimbabwe—, la sorprendente novela de Mankell tiene como protagonista principal no a una policía como Sundberg sino a una jueza, llamada Brigitta Rolin. Pero no es en su papel de jueza que ingresa a la historia, sino como lejana familiar de uno de los asesinados en la matanza que funciona como punto de partida de la maquinaria de El chino, en la que Mankell presenta no una, sino dos protagonistas en sus primeras cien páginas. Y luego las abandona, retrocediendo doscientos años atrás para contar la terrible vida de unos campesinos chinos que terminan trabajando como esclavos en el trazado original del primer ferrocarril norteamericano en unir la costa este con la oeste. Cuando la historia regrese a Rolin, cien páginas más tarde, poco interesarán los cómo y por qué de la matanza con la que se inició el libro, sino que Mankell se dedicará a llevar a su jueza a China, siguiendo casi de manera amateur una pista improbable, y luego a los nuevos coprotagonistas de su trama (siempre femeninos, salvo en el caso del desvío narrativo dos siglos atrás, en el que las mujeres sólo pueden ser las peores víctimas) hasta Africa, donde comenzará a enlazar los sucesivos desenlaces de su compleja trama. En cuyo centro, finalmente, no sólo hay muertes violentas, sino también la lenta muerte de las ilusiones de los sesenta, así como la permanente necesidad de transformación de un mundo cruel e indiferente, que necesita cambiar para no morir.

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