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Domingo, 21 de junio de 2009

Mi kriptonita

A pesar de abrevar en una trama convencional, Anthony McCarten logra convertir los últimos días de un niño enfermo de cáncer en una perturbadora historia de iniciación sexual.

 Por Mariana Enriquez

Muerte de un superhéroe
Anthony McCarten

Suma de Letras
312 páginas

Donald Delpe es un chico inglés de catorce años que tiene cáncer y está muy deprimido, atrapado en un torbellino emocional que va del mal humor constante a la ira irreprimible hasta llegar a las ideas suicidas.

Está cansado de los tratamientos y el sufrimiento, pero sobre todo lo consume el resentimiento porque no quiere morir virgen, no quiere pasar por la vida sin conocer el sexo; su enfermedad no le ha quitado la febril actividad hormonal adolescente, y mucho menos las fantasías. Los padres tratan de salvarle la vida y apenas tienen en cuenta sus necesidades sexuales, que además el hosco Donald no les cuenta. Después de otra quimioterapia sumamente violenta, tras darse cuenta de que Donald ha bajado los brazos y que lo único que le importa es dibujar en su cuaderno un interminable comic, los padres deciden convocar a Adrian King, un reconocido psicólogo, para ver si con la terapia pueden devolverle al hijo la voluntad... o al menos evitar que muera enojado.

Esta es la puesta en situación de la novela del neocelandés Anthony McCarten, que además es director de cine y dramaturgo. Se trata de una trama convencional y sumamente hollywoodense: el chico enfermo y el psicólogo que trata de ayudarlo y en el proceso cambia su propia vida. McCarten, para evitar lugares comunes en su historia, fusiona géneros –narrativa, comic y guión de cine– de modo que algunas secciones empiezan con indicaciones de guión (Int. Dormitorio principal. Noche o Int. Pabellón de Antología / Hospital. Día.), otras incluyen diálogos de dramaturgia (el nombre del personaje, dos puntos, y su parlamento) y otras son fragmentos del comic que está escribiendo el adolescente Donald sobre un superhéroe llamado Miracle Man, que es inmortal, tiene un sistema inmunológico tan poderoso que es inhumano y cuya némesis –y el villano– es un médico llamado El Guante.

Pero no es toda esta mezcla de técnicas (que McCarten maneja con soltura) lo que rescata a Muerte de un superhéroe de resultar una narración trillada: es la potencia con que el autor compone a los personajes –especialmente la palpable frustración de Donald– y su falta de piedad en la exhibición de los detalles de la enfermedad, desde escenas donde el chico languidece en terapia intensiva junto a un traqueotomizado hasta los ataques de pánico o las miserias de la quimioterapia: “‘Monstruo’, piensa el muchacho mientras su vómito salpica la taza del inodoro; ‘monstruo’, piensa a cada arcada; ‘monstruo, monstruo, monstruo’, echando la comida dentro de ese agujero conectado al sumidero, le duele el estómago con cada concertina gástrica, toda clase de cosas repugnantes flotan delante de él en el espejo de mano del agua que está en el fondo de la taza: vómito, flema, comida, también sangre”.

Muerte de un superhéroe siempre está a punto de caerse de la cornisa, siempre está al borde del lugar común, pero Anthony McCarten logra mantener el equilibrio, lo que no es poco. McCarten no condesciende al patetismo cuando escribe a Donald: es un adolescente tan exasperante como cualquier otro, sólo que los motivos de su enojo son absolutamente razonables. Y su obsesión sexual dista de ser tierna: Donald está en franco y lúbrico celo, lo que hace que ciertas páginas sean muy potentes y hasta perturbadoras, como siempre que se mezcla el cuerpo erótico con la enfermedad, más aún si es un cuerpo joven y condenado.

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