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Domingo, 5 de julio de 2009

Entrevista con los vampiros

En su última novela, Almuerzo de vampiros (Alfaguara), el escritor chileno Carlos Franz recurre a un juego de espectros e identidades para confrontar el presente y el pasado de su país. Y expone un inquietante sentimiento: el de sentir nostalgia por un tiempo histórico desolador como el de la dictadura de Pinochet. En esta entrevista, Franz reflexiona sobre estos aspectos de su novela, sobre su generación y esa forma en que llamaban al tiempo de la juventud y la vitalidad: “Nuestra época”.

 Por Angel Berlanga

Ambiente de gloria y bienestar en el restaurante top de Santiago, Chile. Dos amigos cercanos a la cincuentena se reencuentran tras largo tiempo y desembocan, casi inevitablemente, en el recuerdo de lo que fueron sus tiempos: la adolescencia y la juventud en los ’70. En esa “dichosa terraza del presente”, uno de los carriles por los que transcurre este Almuerzo de vampiros –la novela de Carlos Franz que acaba de publicarse en la Argentina–, un diputado oficialista rodeado por una corte de personajotes exitosos brinda en una mesa vecina por “la mejor época de la historia chilena”: la actual. Así que Zósima, el amigo del narrador, un poco para pincharlo, le larga: “Bajo la dictadura tuvimos nuestra mejor época. Contra Pinochet vivíamos mejor”. “Chucha, Zósima, no seái huevón, eso no puede decirse, es incorrecto, con razón te quedái al margen de todas las épocas”, piensa en decirle el narrador, pero no hará falta, porque el asunto se zanjará ahí nomás con un par de bromas cargadas de cinismo. Lo que arrastrará al recuerdo de aquellos tiempos es otra cosa: Zósima cuenta enseguida que pocos días atrás vio en la calle al profesor de Lenguas y Humanidades que habían tenido en el colegio internado que compartieron durante el gobierno de Allende. Si no era él, era alguien igual: como si no hubiera envejecido. El otro siente cierto escalofrío, porque aquel maestro fue un hombre clave en su educación sentimental y ya había muerto, al menos, un par de veces. O eso creía hasta ahí.

Experiencia e inocencia

Porque desde ahí la historia retrocede a un par de momentos del pasado para componer el otro carril de la novela. Al ’73, para recordar las clases de literatura en el internado y el desemboque del narrador, adolescente, en un seminario exquisito organizado por el profesor, “un anarquista pacífico y un pacifista revolucionario”, que lo introdujo campo adentro de la belleza de los libros y las palabras, que lo animó a pensar y a soñar. Y al ’78, ya en plena dictadura y con veinte años, mientras trabajaba como taxista con permiso para circular durante el toque de queda: una noche lleva a una prostituta a un bar y se encuentra con un grupo estrafalario de personajes turbios que se le ríen, le dicen que están haciendo una película cómica, La gran talla de Chile, y le ofrecen trabajar como ayudante de “el maestrito”, el guionista, un tipito zarpado, rastrero y gracioso para los otros rufianes, de tan extraordinario parecido físico con aquel profesor que al narrador le cuesta discernir, pese al rotundo contraste de personalidades, si se trata o no de la misma persona. Allá, cuando el golpe, las versiones sobre su suerte incluían exilio, tortura, asesinato. “Fuera cual fuera su destino, usted se había ido y me había dejado solo –dice el narrador–. Me ayudó a formular las bellas preguntas y me dejó con las horrendas respuestas. Tener quince años y que le hayan prometido a uno ‘el amanecer de la humanidad’ a la vuelta de la esquina. Y que luego le digan que va a pasar los próximos diez en una ciudad donde el toque de queda sonará cada medianoche. Nos dijo que vivíamos ‘una introducción a la felicidad’ y partió para dejarnos al comienzo de una juventud que transcurría en ‘estado de sitio’. ¿Qué cómo mi amor por usted pudo convertirse en este odio, en esta ira que ansía encontrarlo y desenmascararlo para vengarse? ¡A la mierda con sus lindas humanidades! ¡Me cago en su gloriosa lengua, profesor!”

Carlos Franz vive fuera de Chile desde hace una década y lleva cinco años viviendo en Madrid. Nació en Ginebra, en 1959, y es chileno.

“Llegué teniendo once años, justo a tiempo para el gobierno de Allende, y cuando el golpe tenía 14 –dice–. Así que me pasé toda la adolescencia y primera juventud allí.” El narrador de Almuerzo de vampiros tiene su edad, y aunque la trama tiene poco y nada de autobiográfico, dice, está ahí la experiencia emocional: “Haber vivido en la misma época y percibir un ambiente muy marcador. Por su distancia, su lejanía, su condición ‘isleña’, y porque además una dictadura era muy rara en la historia chilena, se vivió de un modo muy claustrofóbico, especialmente en los primeros años, los de la dictadura-dura-dura, como se dice ahí –-puntualiza–. Una época comparable con los inicios del franquismo, con una combinación de represión, pobreza, desánimo colectivo, sensación de derrota y, al mismo tiempo, un bando vencedor muy entusiasta, con el proyecto de un nuevo país”.

“Lo que me empujó a escribir fue, básicamente, la relación entre la experiencia y la inocencia”, dice Franz. Doce años atrás se embarcó en una versión que naufragó: allí un padre mayor y chantún volvía a buscar a un hijo que lo había idealizado y se encontraba con un hampón del bajo mundo. Antes de eso había publicado las novelas Santiago Cero y El lugar donde estuvo el paraíso; luego escribió El desierto y un libro de relatos, La prisionera. Cuando retomó Almuerzo de vampiros, como para ver si no estaba todo perdido, la escribió completa. “Creo que aprendí cosas, que la distancia de vivir fuera me dio cierta panorámica –dice–. Lo que me interesó fue cómo el proceso de crecer te obliga a reconocer que tienes que aprender a claudicar, que alguien tiene que enseñarte el arte de doblarte para no quebrarte. Un proceso que a nadie le gusta, por supuesto, pero los que sobreviven, y en la novela se habla mucho de sobrevivientes, han aprendido. No sin costos, claro.”

¿Y qué aprendió usted entre aquella primera versión y ésta?

–El arte de la supervivencia, como le ocurre al narrador ahí, es aprender que el lenguaje que le enseñó su profesor, un lenguaje tan digno, hermoso, lleno de ideales, es muy bonito en la academia pero no sirve para sobrevivir en la calle. Es el lenguaje nocturno, el que le enseña el maestrito, el del pequeño delito, el que le permitirá a él sobrevivir a la larga noche de esta novela. Como dice el tango, se cuidan los zapatos andando de rodillas.

Entre el profesor de la adolescencia y el maestrito de la primera juventud hay una gran distancia moral marcada, también, por el contexto político e histórico.

–Es muy brusco el cambio. Ahí hay una paradoja y un misterio: ¿por qué aquel profesor se reencarna, por así decirlo, en este otro, igual por fuera y distinto por dentro? ¿Qué puede haber pasado: una suplantación de identidad, un cambio? Eso no termina de resolverse. Pero no diría que haya tanta distancia moral entre ambos, porque yo no puedo escribir si no quiero a mis personajes, incluso a los malos, y el maestrito es un malo tierno que le ha enseñado al narrador algo vital, por sucio, degenerado o repugnante que sea.

Al narrador le da pánico volver a encontrarse con el maestrito en el presente. ¿Por qué?

–Bueno, ahí entra en juego la imagen del vampiro, que uso en la novela en diferentes sentidos. Lo que le da pánico es la hipotética inmortalidad del maestrito, algo sobrenatural; el terror profundo, sin embargo, sería comprobar que la única manera de sobrevivir sea hundirse en el fango, que alguien tan grotescamente miserable tenga la mayor fuerza de todas, la de sobrevivir. Esa es una lección espantosa que nadie querría aprender.

Yo diría que la mayor parte de la gente no llega a hundirse en el fango, como no llega a alcanzar el cielo, ¿no? La mayor parte de la experiencia humana es la mediocridad. La maravilla de la literatura es poder acercarnos de una manera inocua a ciertos límites: si la literatura es potente, es como si los hubieras vivido.

“¿Qué merece salvarse de aquellos años?”, se pregunta el narrador. ¿Qué salvaría usted?

–Hay un epígrafe en la novela, casi hacia el final, de Günter De Bruyn, un escritor de la Alemania comunista, que dice: “¿Puede alguien entender la nostalgia que suscita la desaparición de un orden detestable?”. Creo que algo de lo provocador de la novela, y está hecho ex profeso, anda por ahí: la primera época del pinochetismo fue siniestra y sin embargo fue emocionante, llena de tensiones y riesgo, aunque no te metieras en nada. Entonces sí, hay una nostalgia de eso. ¿Qué merecía salvarse? A lo mejor esa emoción. Pasa que era imposible salvar solo eso.

Sangre y honor

Se salva el cine, también, porque el narrador consigue llevar a la prostituta a ver unas cuantas películas. “Ahí tienes algo biográfico, en esa época había muy pocas entretenciones, porque el toque de queda duró casi diez años –dice Franz–. Un joven de hoy apenas puede concebir eso. En esa época una de las grandes ventanas era el cine: nunca fui tanto como en aquellos años. Y como no traían mucho, veíamos las mismas películas varias veces. Creo que me formé una especie de mirada cinematográfica casi sin darme cuenta.”

¿Por qué le interesó la imagen del vampiro?

–Es una imagen tan manoseada que pertenece a la cultura popular más degradada, un carácter propio del personaje del maestrito. Pero cuando tú la miras bien, o por el reverso, o la pones en contacto con cosas inusuales, como en esta historia, surgen cosas interesantes. El vampiro ha escogido sobrevivir materialmente a costa de vender el alma, está vacío por dentro: eso me parece un retrato de esta época. Una época materialista en la que somos capaces de sacrificar cualquier contenido espiritual con tal de vivir con la ilusión de una inmortalidad puramente material, que se ve desde lo más obvio, el culto al cuerpo y la belleza, hasta la negación de la muerte. Como es inmortal, el vampiro no piensa en el futuro, es puro presente; su pasado es tan inmenso que tampoco tiene sentido revisarlo. Me hizo mucho sentido esa imagen ahí, latiendo debajo de esta historia. Promediando la escritura releí Drácula y encontré una frase maravillosa: La sangre es algo demasiado precioso en esa época de paz sin honor. Valoramos demasiado la sangre, no estamos dispuestos a derramarla por nadie, por nada.

Con la dictadura en Chile, plantea Franz, “se anticipó un proceso de devaluación de los ideales que luego iba a ampliarse a escala global, con esta especie de crepúsculo de las ideologías de fines de los ’80. Más allá de las marcas de época, subraya, escribió la novela intentando una distancia, un despegue de la política: “Es que le tengo mucho rencor, porque a nuestra generación nos ha utilizado de unas cuantas maneras –dice–. Al contrario, me gusta que la literatura pueda servirse de la historia, más que de la política, y utilizarla como metáfora. De Guerra y paz no nos interesan las circunstancias políticas de las guerras napoleónicas, sino la gran metáfora de la guerra, el gran rodillo que aplasta seres humanos y levanta a algunos, también. En ese sentido me interesa la historia, como una gran metáfora de Chile en esa época. Pinochet, por suerte, se ha transformado apenas en un símbolo para poder utilizarlo al servicio de la literatura”.

En lo personal, ¿cómo se esbozaría ideológicamente?

–Difícil, porque soy muy individualista, nunca he militado en partido alguno. Soy partidario de la frase de Unamuno: “¿Partido, yo? No, señora, entero, entero”. Soy algo así como un liberal de centroizquierda independiente. De tantos adjetivos ya no significa mucho, pero para mí sí. Soy liberal, y asumo un término que hoy día es una mala palabra más. De centro, porque en política, no en estética, soy partidario de las soluciones moderadas: las soluciones revolucionarias no nos dieron más que sangre, violencia. De izquierda porque soy partidario del cambio, no creo que vivamos en el mejor de los mundos posibles, se requieren cambios y energía para cambiar. E independiente porque es algo instintivo, esto ya no tiene que ver con una decisión racional; quizá por eso es que soy escritor, solo puedo hacer mi escritura a mi manera, difícilmente pueda trabajar en equipo. No puedo ir al estadio, ni a conciertos, porque las multitudes me angustian tanto que no puedo. Debe ser algo profundamente visceral.

Nuestra epoca

El narrador de Almuerzo de vampiros –a quien no se nombra, a quien en el pasado el maestrito llama pajero– tiene pendiente desde hace mucho una tesis de doctorado sobre “Grosería y Humor en el Dialecto Chileno”.

“Hay un paralelo extremado, si quieres, entre las bellas palabras que usa el profesor, las del humanismo clásico, y las malas palabras que le enseña el maestrito, que son las de la delincuencia, la calle, la noche –señala Franz–. El lenguaje diurno y el nocturno. Me interesó rescatar las dos vertientes: lo del profesor le sirve para la vida ideal, lo del maestrito para la vida real. Y ninguno de los dos lenguajes puede sacrificarse. Soy un escritor de paradojas, de contradicciones: me gusta expresarlas, no resolverlas. En el libro convive una crítica a lo grosero como única posibilidad expresiva, como si la espontaneidad equivaliera a la mugre, a la grosería: eso se ve mucho hoy, basta con poner la tele y aparece alguien muy espontáneo, natural, que se conecta con todo el mundo solo porque habla con ‘mierda’ por la boca. No quiero parecer puritano, pero eso me golpea; no por las malas palabras –se ve en la novela que soy capaz de usarlas–, sino por la tiranía de un lenguaje que pretende ser único. Todos los lenguajes únicos me rebelan.”

¿Hay algún rasgo que distinga al humor en Chile?

–Soy muy crítico del humor chileno. Es muy escatológico, está basado fundamentalmente en la grosería. Hay en la novela un pequeño ajuste de cuentas con mi dialecto, con mi país. Se trata de un humor agresivo, que siempre se hace a costa de la debilidad del otro. En todos lados se ríen de los cojos, pero allí donde solo te ríes de eso, o del que se cayó, es preocupante.

La novela busca sacudir concepciones estancas. “Me río de la idea de madurez, por ejemplo –dice Franz–. Ya en la primera página el narrador y su amigo se pescan hablando de nuestra época, esa fórmula tan típica: como si tuviéramos un solo tiempo, como si no fuera todo el tiempo nuestra vida y nuestra época. Y entonces ironizan sobre cómo a cambio de la pérdida de la juventud se le da importancia, respetabilidad, dignidad, al tiempo transcurrido. Pero la novela también se ríe de la juventud, de la pretensión de permanecer en ese estado, sin cambios, como si no hubiera un proceso cada vez más rápido de obsolescencia. Es fantástico: yo fui joven hasta los treinta y tantos, pero creo que hoy día se puede ser joven sólo hasta los 25, porque ya el lenguaje que viene detrás pasa a ser dominante, lo toman los medios, y se vuelve arcaico a una velocidad tremenda.”

Desgrana Franz, al final, la relación de su novela con la dictadura.

“La mejor novela que se ha escrito sobre la dictadura chilena, creo, se llama Morir en Berlín, de Carlos Cerda –dice Franz–. Es un grupo de comunistas que debe exiliarse en Alemania Oriental: han salido de una dictadura y entran en otra que ni siquiera es la del país, sino la de una pequeña célula del partido, que reglamenta sus vidas y las dirige. Esos sí que han perdido todo. Más que sobre la dictadura, Almuerzo de vampiros es una novela sobre mí mismo, mi manera de mirar el mundo –subraya–. A partir de la experiencia del pasado, desde ese foco, el único que tenemos, se alumbra el presente.”

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