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Domingo, 12 de julio de 2009

Todos al diván

Al calor de los años ’90, con sus secuelas conservadoras, con atentados terroristas e intervencionismo militar, la novela moderna se ha repolitizado, y parece llegado el momento de un examen cultural. El psicoanalista de Algo que contarte, de Hanif Kureishi, aporta la mirada de un observador privilegiado en una Londres que no renuncia al color y la diversidad.

 Por Gabriel Lerman

Algo que contarte
Hanif Kureishi

Anagrama
493 páginas

Hay semejanzas entre la última novela de Hanif Kureishi, Algo que contarte y Elegía para un americano de Siri Hustvedt, ambas publicadas a comienzos de este año en castellano. La primera salta a la vista y es que sus dos protagonistas y narradores son psicoanalistas, es decir, personas que viven de escuchar relatos, y la segunda –casi como efecto de la primera– es la construcción de una suerte de novela-balance de época, que entre la literatura del yo y el ensayo de historia cultural intentan diseñar nuevos modelos del recuerdo, nuevas tentativas entre memoria y ficción.

Que Jamal Khan y Erik Davidsen sean psicoanalistas no es poco ni casual. Casi como la contracara del joven de provincias siglo XIX a la Balzac que sueña con triunfar en París, desde la inocencia natal al fango desmoralizante del centro, estos antihéroes desencantados que superan los cincuenta intentan comprender el derrotero de sus seres queridos desde una posición de realización profesional y abundantes logros personales, conscientes de las ventajas que esto supone en un mundo aciago y bárbaro, donde se vive la crisis civilizatoria desde los centros de Occidente: Londres y Nueva York.

Podría hacerse todo un cuadro comparativo entre novelas a partir de las profesiones de sus narradores. Desde el detective o el flâneur también decimonónicos al dependiente kafkiano, desde el joven periodista o corresponsal a los espías de Greene, de los caminantes desempleados beat a los ricos tristes de cierta narrativa minimalista. La novela posmoderna ha prohijado narradores a la medida de su lugar de constante revisión histórica. Por ejemplo, en Todo cuanto amé, Siri Hustvedt monta a un historiador de arte, quien parece ser el antecedente inmediato del psicoanalista. Porque, si la caída del Muro de Berlín pudo concitar cierto halo de optimismo en el liberalismo occidental, en la novela posmoderna pudo presentarse ese reordenamiento cultural y político como punto de llegada del hombre moderno a una instancia, tal vez, de superación. El recuerdo y la memoria, la parodia y el collage como un juego, como posibilidades de reinvención y apuesta creativa. Hasta allí, lo posmoderno era celebratorio de innumerables rupturas con las ataduras burocráticas y rutinarias del ciudadano promedio de Occidente.

Sin embargo, el imperialismo recargado de Estados Unidos y Gran Bretaña desde mediados de los noventa, cuando no los afanes de neocolonialismo, han colocado a estos escritores progresistas y refinados de mediana edad en un espantoso brete. La guerra de Irak, y como huellas en sus ciudades los atentados a las Torres Gemelas y en el Metro londinense, coronó el desencanto. La novela posmoderna, entonces, abandonó la celebración de la pluralidad y los pequeños relatos, para refugiarse o rozar una especie de repolitización y examen cultural del mundo, a través de narradores que les permiten explicarse y contarse por qué ese mundo se ha vuelto tan loco. De allí los psicoanalistas. Ya no hay guerrilleros ni roqueros sino analistas: expertos que escuchan y no proclaman ni agitan.

“Los secretos son mi moneda particular –dice Jamal Khan, al inicio de Algo que contarte–: trafico con ellos para vivir. Los secretos del deseo, de lo que la gente quiere de verdad, y de lo que más miedo le da. Los secretos de por qué el amor es difícil, el sexo complicado, la vida un dolor y la muerte tan cercana y no obstante aparcada bien lejos.”

Jamal Khan es un psicoanalista de mediana edad, hijo de madre inglesa y padre paquistaní. Está separado de la depresiva Josephine, y tiene un hijo adolescente. Sus relaciones con las mujeres son poco menos que inexistentes, y vive dedicado a su trabajo. Un acontecimiento altera su ordenada vida: Henry, su mejor amigo, doce años mayor, hombre de teatro y divorciado de una culta aristócrata, empieza a salir con Miriam, la exuberante, tatuada y nada culta hermana mayor de Jamal, madre soltera que vive con sus cinco hijos de diferentes padres. La presencia, la revelación de esta relación, desmorona, despabila y desestabiliza a Jamal. Henry y Miriam la pasan muy bien juntos, y esa inesperada forma del placer mundano, carnal, vivo, pone a Jamal de cara al pasado, a lo que pudo ser y no fue, a revivir el deseo en casa de herrero.

Las cosas que diferencian a esta novela de Kureishi de la última de Hustvedt también son evidentes. Y esto incluso implica alguna referencia sobre la crisis de la cultura contemporánea. Porque, contra lo que podría esperarse, mientras que esta novela inglesa resulta fresca, vital, plena de humor y colores, la novela norteamericana surge ciertamente preciosista, engolada, de una interioridad fina en exceso, acaso cargada. En resumen, los términos parecen haberse invertido. Según estas novelas, el clima de los Estados Unidos de hoy pareciera conservador y brumoso, frente a cierto aire cosmopolita y desprejuiciado del otro lado del océano. El Viejo Mundo corre por izquierda al nuevo, tal es la paradoja de la hora, al menos entre los anglosajones o, específicamente, entre los países que lideraron una de las últimas marchas imperiales.

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