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Domingo, 29 de noviembre de 2009

Alguien encendió las lámparas

Sin aniversario a la vista, el 2009 ha traído excelentes noticias para los lectores del mítico escritor uruguayo y autor de Nadie encendía las lámparas: Las Hortensias y otros relatos y Cuentos reunidos, dos excelentes antologías que recopilan buena parte de sus cuentos. De yapa se recuerda aquí su presencia en la reciente novela de Alicia Dujovne Ortiz.

 Por Juan Pablo Bertazza

Cuentos reunidos
Felisberto Hernández

Eterna Cadencia
348 páginas

Las Hortensias y otros relatos
Felisberto Hernández

El Cuenco de Plata
220 páginas

Durante este año no se dieron efemérides exactas que lo tuvieran a Felisberto Hernández como protagonista. Ni centenario de su nacimiento (ya sucedió en 2002) ni cincuenta años de su muerte (se cumplirá en 2014). Apenas sesenta años desde la publicación de una de sus muchas obras maestras, la nouvelle Las hortensias, un dato que acaso no alcanza a satisfacer las excusas para un homenaje o una celebración. Sin embargo, a lo largo de este 2009, aparecieron dos libros que, de alguna manera calma, sigilosa y sutil, lo volvieron un año felisbertiano. La suma de Las Hortensias y otros relatos (El Cuenco de Plata) y Cuentos reunidos (Eterna Cadencia), da como resultado un panorama completísimo sobre la obra de este escritor que hoy es considerado, casi unánimemente, como el mayor exponente de la literatura uruguaya junto a Juan Carlos Onetti. Pero las cosas se complican porque Felisberto Hernández no es un escritor del que resulte fácil seleccionar sus mejores textos: además de publicar muchos libros ––Fulano de tal, Libro sin tapas, La envenenada, El caballo perdido y su emblemático Nadie encendía las lámparas–, casi todos tienen un nivel muy parejo.

Además de poner al alcance del público esa nouvelle hasta ahora inhallable en que Felisberto Hernández da rienda suelta a sus mayores manías, contando las obsesiones de un hombre por una serie de muñecas con las que incluso llega a engañar a su mujer, Las Hortensias y otros relatos cuenta con un prólogo exquisito de Julio Cortázar en el que se detiene en esas coincidencias mágicas que tanto gustaban a Felisberto, como por ejemplo, unos días de 1939 en que ambos estuvieron en Chivilcoy pero nunca llegaron a conocerse. Los otros relatos incluidos en este volumen responden, como muy apropiadamente explica Edgardo Russo, a un criterio “tonal”. Alimentada por Nadie encendía las lámparas, pero incluyendo también algunas joyas extrañas como “Lucrecia” (cuento póstumo ambientado en la Italia renacentista), esta antología da cuenta de que la música no sólo era la otra forma de vida de este escritor también pianista, sino un verdadero leitmotiv de sus creaciones: los sonidos, los ruidos y también los silencios constituyen en la literatura de Felisberto Hernández un terreno terriblemente plástico y multiforme en el que se van gestando las mismas acciones de los personajes. Otras obsesiones aparecen también en esta antología como la necesidad de sus personajes de entrar en casas desconocidas –los magníficos cuentos “El balcón” y “El acomodador” (en que un hombre descubre que sus ojos, como sucede con los gatos, pueden ver en la oscuridad) son algunos ejemplos– y la facilidad del autor para caracterizar objetos en términos humanos (“puertas en ropa interior”). Todos estos cuentos tienen en común también la facilidad para crear atmósferas eróticas que mucho tienen de antierotismo. En cuentos como “El balcón”, “El árbol de mamá”, “Ursula” y “Mi primera maestra”, el erotismo siempre está destinado a fracasar ya sea por la falta de reciprocidad, ya sea por el desprecio y la torpeza de los enamorados que ven a sus mujeres como vacas o caballos. Si durante muchos años se dijo que el erotismo de Felisberto Hernández era ingenuo, hoy queda claro que su innato talento consiste en narrar con gran sutileza el amor entre torpes: “Tan pronto angustiosamente tímido como sorpresivamente violento, o audazmente atrevido. Pero constantemente torpe”, dice de sí mismo el protagonista de “Por los tiempos de Clemente Colling”, magnífico relato autobiográfico sobre el misterioso primer maestro de música que encabeza el volumen Cuentos reunidos, una antología tal vez más organizada a nivel temático, ya que va trazando un itinerario desde los relatos que hacen hincapié en los procesos de la memoria y recuerdos (otra de las sanas costumbres de Felisberto) hasta los cuentos donde se vislumbran las máximas invenciones de Felisberto como Menos Julia, La casa inundada y El cocodrilo. Pero este volumen con letra grande y prólogo esclarecedor de Elvio E. Gandolfo no clausura este año felisbertiano. Tras cartón, no podría dejar de mencionarse la publicación de La muñeca rusa, la excelente novela de Alicia Dujovne Ortiz que hace foco en la increíble historia de amor y engaño entre Felisberto Hernández y Africa Las Heras, una espía soviética, agente de la KGB a la que le solicitaron casarse con Felisberto Hernández porque nadie iba a sospechar que se convirtiera en la mujer de un declarado anticomunista. Justamente, a esa mujer Felisberto le dedica el relato “Las hortensias”, de donde Alicia Dujovne Ortiz extrae varias frases para probar que si bien Felisberto nunca se enteró de la misión de su mujer, su propia literatura, a través de esas constantes extrañas coincidencias, acaso lo percibió: “Era como un hilo enredado que interceptara los avisos de otros destinos y recibiera presagios equivocados”.

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