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Domingo, 6 de diciembre de 2009

Padres nuestros

Si recurrir a la historia familiar puede ser un gesto remanido en algunos escritores, Doris Lessing encuentra una variante perturbadora para contar la vida de sus padres: primero imagina una vida para ellos, luego cuenta la vida real.

 Por Luciana De Mello












Alfred y Emily
Doris Lessing
Lumen
320 páginas

Escribir sobre uno mismo equivale a escribir acerca de los otros”, dijo alguna vez Doris Lessing, y esta vez esos otros son sus propios padres. Con casi tantos años como libros escritos, la escritora Nobel eligió esta vez contar la vida de Alfred Tayler y Emily McVeagh, dos heridos de guerra que se encontraron en un hacinado hospital del East End londinense durante la Primera Guerra Mundial. El volvía del campo de batalla con una pierna menos y ella, la enfermera, trató de curarlo. Se casaron y quisieron dejar atrás Londres, Europa y todo lo que les recordara la guerra. La mejor salida era irse a vivir a las colonias. En Persia nació Doris May Tayler y a partir de ese momento, las heridas de ambos padres encontraron un nuevo cuerpo donde hacerse carne. Por eso la estructura de esta novela es una doble apuesta a la narración: Lessing se pone a especular sobre esa vida de los otros que podría haber sido tan diferente, que habría dado como resultado otra historia para la propia Lessing y que sin embargo no fue. Así divide a la novela en dos, contando primero la vida que ella inventó para sus padres, y después lo que Alfred y Emily fueron en la historia real.

La ficción toma como punto de partida el deseo y la frustración de sus padres, lo que quisieron ser y no pudieron, las personas a las que secretamente amaron y las vocaciones a las que nunca, en la vida real, se pudieron dedicar. Así, Alfred es un joven talento del criquet, codiciado por las mujeres y por un banco de Londres que quiere contratarlo como empleado sólo para que integre el equipo de la compañía. Este Alfred sin embargo tiene otra ambición: ser granjero en las afueras de Londres y formar una familia. Enfrentándose al desprecio de su madre, se decide por la vida rural y por una mujer que no destaca mucho del resto. En igual gesto de desafío filial –característico de muchos de los personajes de Lessing–, Emily McVeagh se niega a ingresar a la universidad para incorporarse como enfermera en el hospital más pobre del Este de Londres. Esta primera parte es un afilado retrato de la Inglaterra eduardiana que se corre del centro para focalizar la mirada en la campiña inglesa y en el East End, ese reducto marginal donde surgió el primer hospital público del país.

Hasta ahí la primera mitad de la historia. Lo que sigue lleva el título Explicación y no es más que eso. De pronto Lessing se dispone a mostrarnos su cocina explicando el origen de cada personaje, quiénes fueron en la vida “real”. En este momento del libro la autora decide atravesar el texto con imágenes. Hay fotos de sus padres, del hospital Royal Free, donde Emily McVeagh trabajó a la edad de veinte años, tanto en la vida como en la ficción. También se incluye un extracto de la Enciclopedia de Londres que resume la historia de este primer hospital para pobres, además de diferentes fuentes y registros para dar cuenta de qué lugar y tiempo de la realidad provienen cada uno de los ingredientes con los que se cocinó la ficción.

La ficcionalización es lo que se pone en juego en Alfred y Emily. Cuando la primera trama queda al descubierto se devela el artificio. Pero no bien termina de desencantarnos de la fantasía, enseguida se pone a narrar la otra versión, la que llega como recuerdo. Volviendo la mirada a una niñez que ocurrió hace ya más de 80 años, Lessing relata sus experiencias de colonias, el camino trashumante de su familia en busca de la prosperidad, la miseria de Africa y de esa guerra que no terminó nunca de abandonarlos, y que se instaló para siempre en la memoria de Doris May: “Para mí las trincheras estaban tan presentes como cualquier otra realidad visible”.

Más allá de lo que la misma Lessing explique sobre lo que está escribiendo, Alfred y Emily no es sólo un libro acerca de la memoria de la guerra, los lazos entre madre e hija, o las relaciones de poder dentro de las colonias. Es una gran pregunta abierta a modo de especulación. Lo que podría haber sido, las otras caras del dado ¿en qué plano de la realidad se encuentran? La segunda parte del libro cuenta una historia cuyo peso narrativo supera ampliamente en calibre a la primera. Sin embargo, la marca de esa primera ficción no abandona la lectura siguiente ni por un instante, está presente a medida que se avanza en el cuento de lo real. Sólo así puede apreciarse en profundidad el dolor de esa guerra que cada uno lleva encima. Sólo así se puede llorar por lo que no ha sido, conocer la valentía de una decisión, la mezquindad de un sentimiento, la contradicción intrínseca que existe en el amor de una madre hacia sus hijos. Como ella misma dice: no hay a dónde ir, sino hacia adentro, y entonces la Lessing mira a esos otros, se sienta a escribir y comienza el camino.

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