Dom 24.01.2010
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DEBATES >PEREZA. OCIO. FIACA. ACIDIA. SPLEEN

Preferiría no hacerlo

Una falla de la voluntad que tiene su historia, su liturgia y su literatura. Desde la condena absoluta a una positiva asociación con la creatividad, el mundo de los feriados y la suspensión del trabajo y sacrificio cotidianos (conocidos no casualmente como “el yugo”) sigue dando que hablar a intelectuales, escritores y artistas.

› Por Luciano Piazza

A través del gotero del que caen los feriados se puede ver al trabajador frotándose las manos, mirando las marcas rojas en el calendario. La alternancia entre jornadas laborales y no laborales es tan desproporcionada, que pocos pueden escapar a la cruda ecuación entre el ocio y el trabajo: once meses y medio de actividad para tomarse medio mes de vacaciones, aproximadamente. Quien la sufra o quien aproveche de esta costumbre, ley o necesidad del mercado, es un convicto de la vieja fórmula capitalista “el tiempo es dinero”. La monetización del tiempo, convertida en frase por Benjamin Franklin, tuvo una repercusión crucial en el ámbito de la pereza. El ocio, la fiaca, la acidia, la holgazanería, tristeza, hastío, spleen y todas sus variantes se transformaron en actividades que atentaban contra la producción, y por lo tanto merecieron la pena máxima del asalariado. La prohibición secular de la fiaca se produjo como una confusa continuidad histórica de la prohibición y penalización de la pereza eclesiástica, también conocida como acidia, el cuarto pecado capital.

La fiaca siempre fue un mal difícil de definir, por la volatilidad de su estado que le permite confundirse con cualquier otro estado que la voluntad decida. Pero precisamente se puede tratar de un asunto de voluntad. La fiaca más contemporánea sería aquella que dejaría vagar la voluntad arrojada en un sillón mientras el mundo ocurre detrás de la pantalla que está mirando.

Antes de que se secularizara la pereza como un mal del hombre común, se trataba simplemente de una inestabilidad en el centro espiritual de los representantes del clérigo. Desde Tomás de Aquino fue una muestra de la incapacidad de mantenerse en un recto camino de alegría hacia Dios, generando la inestabilidad del alma. Y si el alma divaga sin lugar específico, no puede cumplir con diligencia los mandamientos específicos. Entre las recomendaciones notables que existían para combatir este mal están las memorables de San Rodulphus, quien recomienda colgar una soga del techo, de la cual se pueda estar colgado mientras se cantan salmos. Esos personajes que cantaban salmos para salvarse, a veces, incluso de la “pachorra” del mediodía que los hacía sentirse lejos de Dios, según Dante terminaban en la quinta cornisa del Infierno, nadando en un pantano sin bordes donde descansar, y allí suspiran sumergidos en el agua pantanosa. De este modo los asalta la eternidad llevados por la marea de un lado a otro, tal como se dejaron llevar por la marea del ánimo sin poder decidir entre los medios a su alcance para andar el virtuoso camino hacia la felicidad.

Para Dante, la pereza era tan nociva que incluso no le permitía escribir sino que lo adormecía. Deberán transcurrir cinco siglos para que la ociosidad y el vagar sin rumbo de la mente se transformen en encuentro con las musas. Los apóstoles de la melancolía que consideraban la acedia una mezcla de hastío, tristeza y desesperación, la convirtieron en motivo de inspiración de los mayores poetas y novelistas, cosa que sigue siendo a la fecha. El Spleen de Baudelaire es casi simultáneo a la fórmula de Franklin que hace que el tiempo valga oro. Los románticos prefirieron denominar el fenómeno de jugar con el tiempo mal du siècle, y durante el siglo XIX fue dominante entre las musas. A mediados de siglo apareció la frase que luego permitiría aferrarse al espíritu decimonónico, pero desde otro ángulo: “Preferiría no hacerlo”, de Bartleby (1853) de Herman Melville.

Desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad aparecen las reivindicaciones y elogios de la pereza. Thomas Pynchon, por ejemplo, invierte la fórmula de la pereza improductiva que impone el “tiempo es dinero” del capitalismo, destacando la labor del escritor que se sumerge en el ensoñamiento y se deja vagar. La penalidad que instauró el Medioevo para el vagar del alma sin rumbo, y que llegó a la máxima pena espiritual con Tomás de Aquino, es según Pynchon el campo donde el escritor labra sus imágenes y tramas, y que luego las convierte en dinero.

Entre los elogios a la holgazanería más célebres debería mencionarse a Bertrand Russell, para quien la técnica moderna ha hecho posible que el ocio, dentro de los límites, no sea la prerrogativa de clases privilegiadas poco numerosas sino un derecho equitativamente repartido en toda la comunidad. “La moral del trabajo es la moral de los esclavos, y el mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.” Russell sencilla y sensatamente recordaba que los métodos de producción modernos podrían asegurar paz y seguridad a todos, pero que por alguna extraña razón se ha elegido el exceso de trabajo para unos y el hambre para otros.

Aproximándose a conclusiones similares, Giorgio Agamben investiga la fuerza política que se mantiene cautiva en el concepto de acedia. En Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental, expone que la acedia no se opone al deseo, no lo ignora, sino que se opone a la satisfacción del deseo, al encuentro del sujeto con el objeto de su deseo. La psicología moderna ha vaciado de tal manera el término acedia de su significado original, haciendo de ella un pecado contra la ética capitalista del trabajo, que es difícil reconocer en la espectacular personificación medieval del demonio meridiano la inocente mescolanza de pereza y de desgano que estamos acostumbrados a asociar con la imagen del acidioso. Sin embargo, como sucede a menudo, el sobreentendido y la minimalización de un fenómeno, lejos de significar que éste nos es remoto y ajeno, son por el contrario un indicio de una proximidad tan intolerable que debe camuflarse y reprimirse.

Roland Barthes, en un texto que llamó Atrevámonos a ser perezosos, destaca el fracaso de la pereza ritualizada, del papel histórico del día libre, sea domingo, viernes o sábado. Porque es impuesto se convierte en un suplicio al que se le llama aburrimiento. Remata con la cita a Schopenhauer (“El aburrimiento tiene su representación social en el domingo”). En ese mismo texto rescata la escena del café parisino como un reducto de la pereza: espacio en el que se permite y se acude a “hacer nada”, pero que aun así no se trata de una verdadera pereza. A la verdadera habría que buscarla en la pereza de “no decidir, del estar allí”. Lo cual nos recuerda al primer héroe de la pereza, a quien Melville lo homenajeaba en la condena: “Oh, Bartleby. Oh, humanidad”.

Un par de años más tarde, Paul Lafargue publicó El derecho a la pereza y se sumaba a la celebración con un poco más de optimismo: “¡Oh pereza, madre de las artes y de las nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustias humanas!”.

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