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Domingo, 15 de agosto de 2010

La muerte sólo asusta a los vivos

A la manera del Diario de Ana Frank, la rumana Ana Novac forjó su testimonio sobre el nazismo, pero en su caso desde los campos de concentración en los que transcurrió su adolescencia. Un testimonio que alcanza altura literaria y que fue dado a conocer recientemente en castellano, pocos días antes de la muerte de la autora.

 Por Omar Ramos

El diario íntimo de la escritora rumana Ana Novac es el único que sobrevivió a Auschwitz y al campo de exterminio de Plaszow, situado en los arrabales de Cracovia. Se publicó por primera vez en 1966 en Hungría, en 1967 en Alemania, en 1968 en Francia y más tarde en Italia y los Estados Unidos. En la década del ‘90 se divulgó una versión revisada en francés, que es la que ahora se difunde en castellano. Apenas una semana después de la aparición en castellano de Aquellos hermosos días de mi juventud, Ana Novac murió a los 80 años, el 31 de marzo de este año.

El diario de Novac completa el mundialmente conocido de Ana Frank, donde se describe la situación de cautiverio de dos familias judías escondidas en la habitación de atrás de una oficina de Amsterdam, mientras que el de Novac fue escrito en las escabrosas literas de los campos de concentración nazis donde necesidades tan básicas como comer y dormir sin sobresaltos en las barracas se tornan vitales y forman parte de una vida a la que hay que adaptarse a pesar de “no ser nada, ni nadie, una sombra con una memoria inútil”. Como Ana Frank, con sus escasos trece años Novac describe con inflexibilidad y a la vez con sutileza a los seres que sobreviven en sus roles de víctimas y a los victimarios cuyo sadismo sobrepasa todo lo imaginable.

Aquellos hermosos días de mi juventud. Ana Novac Destino 190 páginas

El interés del diario no sólo está dado por las vejaciones que el hombre del siglo XX les propinó a sus semejantes sino porque, a pesar de ese infierno terrenal, las víctimas dan muestras de valentía y solidaridad, y su contracara, el egoísmo, como exteriorización ante el sufrimiento extremo que deben soportar todos los días. La ayuda que se prodigan los prisioneros es descripta cuando la narradora asiste a su amiga Sophie, quien se retuerce de dolor por haberse comido una piedra que estaba en el guiso. No obstante la inmediatez de la muerte, la narradora encuentra en su corazón un lugar para la pasión: “El hermano de una de mis compañeras, un chico alto y taciturno, me fascinaba”.

La autora refiere en su introducción que tenía catorce años cuando comenzó a escribir este diario y que desde que tiene recuerdos nunca se consideró una niña, una adulta, ni una vieja. Su alma era una entidad que oscilaba entre cinco y cien años.

El título del texto de Novac Aquellos hermosos días de mi juventud, al igual que el de la película La vida es bella, del italiano Roberto Benigni, donde la imaginación de un padre hará que su hijo de cinco años se salve del horror del Holocausto, es una muestra de la condición esperanzada del ser humano a pesar de la barbarie a la que puede ser sometido por sus congéneres.

La escritura es de una especial intensidad, fuerza trágica y observación psicológica, que adquiere desde el inicio una dimensión literaria que se plasma en inquietantes cuestionamientos existenciales y teológicos: “Me pregunto si existe en alguna parte un sitio como éste donde hay que estar haciéndole preguntas a Dios. Todo esto no puede ser obra de los hombres, queda el diablo”.

La condición humana inviste su peor rostro en las figuras de las víctimas de los nazis obligadas a convertirse en victimarios de sus compañeros judíos, descriptos por la autora: stubendienst, presa encargada del rancho y la limpieza, que pega fustazos a sus compañeras para convalidar su mando; kapos, prisioneros jefes del campo, usan el látigo como si fueran nazis; blockalteste, jefa de barracón; bergkapos, presos que vigilan el trabajo en la colina y dan órdenes. Por encima de ellos están los guardias, vigilantes, soldados con sus perros y la oficialidad alemana de las SS. El jefe supremo del campo de exterminio era el comandante.

Las situaciones extremas se multiplican a lo largo del diario, donde los protagonistas tocan un fondo que no tiene retorno: “He decidido robar y matar, quiero comer una vez, sólo una, hasta hartarme, aunque luego me ahorquen”, le confiesa Sophie a la narradora. En otras realidades, también acuciantes, una prisionera le relata a Ana lo que sintió al ver cómo mataban a la madre y a la hermana. “Ya no éramos capaces de sufrir, de temer ni de asombrarnos. La muerte sólo asusta a los vivos. Pero ya hacía mucho que no estábamos vivos”.

Como refiere la autora en la introducción a su diario, sesenta y cinco años después de la guerra, su testimonio no ha perdido actualidad. Una actualidad desconsoladora que es necesario mantener viva para que no se repita jamás. El diario de Novac reafirma el rol catártico de la literatura y sobrepasa lo meramente testimonial de la barbarie nazi, cuya difusión nunca debería cesar para que la memoria no derive en olvido, como intentan algunos con otros genocidios producidos en el siglo XX.

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