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Domingo, 22 de agosto de 2010

Las intimidades del nazismo

La Resistencia testimonia la ocupación nazi en París, narrada por la voz de una mujer que al comenzar la guerra era una profesora de letras antifascista, que llega a convertirse en una experta combatiente.

 Por Martin Kasañetz

Si hay algo que está presente en todo este documento histórico sobre la ocupación nazi en París es la diferencia de idiosincrasia entre los resistentes parisienses y los soldados alemanes. La estructurada psiquis de los alemanes se ve embestida una y otra vez –aun en los peores momentos– por la ironía y el humor intelectual de los franceses que, con agudeza, reciben a los ocupantes indicándoles que ya no están en su tierra. Esta primera forma elemental de resistencia psicológica no oculta que detrás del horror, de la cárcel y de los fusilamientos, una ocupación de un país sobre otro es, también, un cruce cultural abrumador.

Agnès Humbert tenía cuarenta y tres años al comenzar la guerra, era divorciada y tenía dos hijos. Poseía una licenciatura en Letras, varios diplomas de posgrado en Filosofía y Etnografía. Su participación como pionera de la Resistencia Francesa fue una sorpresa inesperada en su vida, pero no puede decirse que fuera algo ajeno en ella dado que su compromiso político como militante antifacista había comenzado mucho antes. Desde muy joven impartía clases en la Universidad Obrera, colaboraba activamente –-con seudónimo– en la revista La Vie Ouvrière y tras un viaje a la URSS en el año 1939 se adhirió a la causa comunista.

En el texto de La Resistencia se ven representados, a través de las anotaciones en su diario, los hechos que ella fue viviendo, fechados casi en la totalidad de los días, desde el principio de la organización resistente y hasta los días finales en las diferentes cárceles. Existen, de aquella época, otros libros que registran este tema. Varios autores relataron diferentes hechos sobre la ocupación de París. La característica que hace que este diario sea incomparable a los demás y explique en detalle los mecanismos organizativos de la resistencia parisiense es únicamente la sana imprudencia de su autora. Este descuido, que parece deberse a la ingenuidad de los primeros pasos del movimiento resistente, permite un arriesgado nivel de descripciones en sus relatos. Ninguno de los personajes parece estar preparado para hacer lo que está haciendo.

La Resistencia. Agnès Humbert RBA 309 páginas

La resistencia parisiense no estaba constituida por un solo foco organizativo sino que existían múltiples manifestaciones espontáneas y en paralelo distribuidas por la ciudad. En su diario, Humbert señala el momento en que, a través de una emisión radial de la BBC del 18 de junio, en donde Charles De Gaulle hacía su llamamiento a resistir por una Francia libre, algo se sacudió dentro de su cuerpo: “Esta vez no miento y le digo que, antes de finales de junio de 1940, yo no había oído nunca hablar de él, pero que, después de la vergüenza de la debacle, después de haber visto lo que vi en las carreteras, una voz, una sola, me dio el valor de sobrevivir; esa voz era la del General De Gaulle”.

Su relación con los principales intelectuales que generaban las notas políticas la involucraban de una forma vital con el movimiento. “¡Qué extraña situación la nuestra! Henos aquí a todos, la mayoría con más de cuarenta años, corriendo como estudiantes, entusiastas y fervorosos detrás de un jefe del que no sabemos nada (...) Miles y miles de personas que siguen, guiados por una fe ciega, a un desconocido.”

La segunda parte del diario relata los años sucesivos a la detención de los integrantes del grupo resistente, entre ellos Agnès Humbert. Según sus informaciones, sabía que los nazis no fusilaban a las presas políticas. Esto le brindaba una especie de seguridad que la llevaba a manejarse con un arriesgado optimismo con las guardianas, pero también con cierta mesura, ya que temía que sus acciones tuvieran alguna repercusión con sus compañeros hombres detenidos. Este período, en el que Humbert fue cambiando de prisiones, primero dentro de Francia y luego en Alemania, parece ir absorbiendo su vitalidad poco a poco, haciéndola descender hasta el mismo infierno.

Al leer este diario el lector puede comprender que la personalidad de esta mujer se vio fortalecida al extremo –muchas veces atentando contra su propia vida– con las situaciones que tuvo que enfrentar en sus tareas con la Resistencia. Quedan muchas dudas respecto de cómo pudo esconder este diario de los controles alemanes así como también cómo logró, luego de la guerra, reproducir con una memoria extraordinaria los días en los que era imposible escribir. Es probable que documentar el horror haya sido para Humbert la manera de sobrevivirlo. Una especie de alquimia personal que pueda racionalizar el salvajismo. Intentar narrar, desde la intimidad del nazismo, para buscar –y quizá buscar para sí misma– una puerta de salida de la muerte.

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